Hace ahora prácticamente un año que reseñé Goiter, el anterior cómic de Josh Pettinger, y ya entonces, reflexionaba sobre la dificultad para hacerlo. Ahora, con Tedward, me ocurre lo mismo. Pettinger teje en estas historias protagonizadas por Tedward, una especie de incel de peinado inverosímil, una especie de émulo de los perdedores de Daniel Clowes, en un extraño universo que apela a la estética de los años 50 con situaciones inverosímiles y extremas que nos recuerdan por qué estamos mezclando mainstream con underground.
Tedward, abandonado por su novia sin motivo, limpiador de semen en orgías de alto copete, asesino por accidente, recaudador de alquiler de televisiones, concursante de maquetas de papel maché... Es prescriptivo abandonar toda lógica y entrar en este universo que camina de puntillas por el surrealismo para entrar en sintonía con la obra de Josh Pettinger.
Tedward transita los mismos senderos de Goiter, con la lección bien aprendida de los maestros del mainstream: un cómic hecho para hacerte sentir incómodo con su humor y sus situaciones absurdas, que yuxtaponen elementos dispares tal como un vanguardista hubiera hecho poniendo un paraguas en una mesa de quirófano. El resultado es desconcertante: una línea clara que sin embargo oculta un contenido inquietante y chungo. Es extraño esto de Josh Pettinger. Sus cómics raros siempre ta dan ganas de más: "A ver qué mierda* se le ha ocurrido ahora".
El mejor día del año para Valentina es San Valentín (valga la redundancia). Desde pequeña ha celebrado con ilusión esta festividad, y ha felicitado a sus compañeros de colegio y a su padre con su manifiesta buena voluntad. Pero cuando llega la adolescencia algo pasa, y es que su abuela le advierte de que su familia está maldita en cuestión de amor: descubre que su madre les abandonó y que quizá esto del querer es más complicado de lo que ella pensaba. Por eso, su amigo invisible (una mezcla sacro-profana de Cupido y el San Valentín histórico) quiere hacer un trato con ello: tiene un año para encontrar el amor verdadero o entregarle su corazón, no querer más y por ende no sufrir. Y en todo ello, Valentina se cruza en el camino de Leslie. Y de Jae.
En Valentina y el amor verdadero (nombre con el que se publica la originalmente novela gráfica Lunar New Yor Love Story, título sin duda abigarrado para traducir), Gene Luen Yang y Leuyen Pham nos entregan una voluminosa novela gráfica coming-of-age en la que las dificultades del amor se ven tratadas desde el crisol de las diferentes emociones. Por una parte tenemos el amor y la pérdida, representados en el padre de Valentina, que oculta a su hija parte de su historia pasada; tenemos a Valentina entrando en la adolescencia y viviendo el amor de diferentes maneras, descubriendo sus emociones y también su correspondencia en la otra persona. Se habla de amor verdadero, amor "de usar y tirar", de amistad... Y en todo ello, el contexto de una comunidad asiático-americana (coreanos y vietnamitas), y el acierto de las autoras en usar las danzas del león del año nuevo lunar de su cultura, que finalmente se revela como una metáfora bastante acertada para el tema.
Gene Luen Yang (Superman contra el Klan, Chino americano) escribe este cómic que ilustra de forma primorosa LeUyen Pham. A esta última no hemos tenido el gusto de verla prodigarse mucho en nuestro país (ha ilustrado casi un centenar de libros infantiles), pero su estilo, que me recuerda en cierta forma a Jen Wang, mezcla de cartoon Disney y estilo vintage, se desarrolla con un lápiz sumamente expresivo: consigue con sólo unos gestos dotar a los personajes del matiz exacto que tienen que expresar. Ambos autores entregan una historia que podría ser muy de telefilme de sábado por la tarde, o de película de Pixar (de hecho, creo que sería muy adaptable, si no fuera porque no es exactamente para un público infantil), pero con decisiones narrativas y estéticas muy interesantes: todas los tocantes a la representación del fantasma de San Valentín, o la danza de los leones, o cuando la narración se hace más abstracta por un flashback.
Valentina y el amor verdaderoresulta una lectura muy agradable que nos habla de que amor y dolor van unidos, lo queramos o no, y que no hay soluciones fáciles en la vida.
En una extraña confluencia entre género negro europeo y manga japonés habíamos encontradoLos evaporados, de Isao Moutte, un autor franco-nipón que tomaba prestada la novela homónima de Thomas B. Reverdy para tejer un curioso cómic híbrido. Precisamente cuando leí El nirvana está aquí, de Mikael Ross (Astiberri, 2024) recordé esta curiosa combinación de elementos tan dispares que, sin embargo, funcionan tan bien.
Mikael Ross es un autor alemán con un trasfondo curioso. Se formó como diseñador de vestuario en la Ópera Estatal de Baviera y luego se especializó en la Escuela de Bellas Artes ESA Saint-Luc de Bruselaas. Es autor, por otro lado, de curiosidades como El joven Ludwig, donde recrea el estilo de la nueva ola francesa de bd y autores como Christophe Blain, y en El nirvana está aquí hace un viraje en su capacidad estilística y nos entrega un noir usando un depurado estilo manga. En la trama, una historia sobre el tráfico de personas donde dos adolescentes de ascendencia vietnamita que viven en un distrito popular de Berlín se encuentran a una joven que huye de algo o alguien y deciden ayudarla.
El dibujo amable y hasta cierto punto europeo parece que nos quiere llevar hacia un tipo de historia, pero no es así: El nirvana está aquí es una historia realista y cruda, llena de acción y problemas, y sin querer hacer spoilers, un final agridulce. Narrada con muy buen pulso y con temática social (la integración en un país extranjero, el tráfico de personas y las mafias de personas) de fondo, se trata de un cómic que puede haber pasado muy desapercibido y que nos descubre a un autor excelente.
Un cómic de género: de esos que le gustan a El Torres, donde lo importante es contar una buena historia que te atrape y te remueva. Esto es Cuando caiga mi venganza sobre ti, una obra de Gus Moreno y Jakub Rebelka que apareció en Boom! Comics en cinco grapas y que Astiberri ha editado en un tomo único.
Cuando caiga mi venganza sobre ti, un título de resonancias tarantinianas (la espúrea cita de Ezequiel de Pulp Fiction, que realmente no es tal), es un thriller de terror sobre dos miembros de la Iglesia Católica que combaten el mal desde las sombras. El padre Stygian es la última salvaguarda en cuestión de exorcismos reales, y el padre Manuel es enviado con él tras un desafortunado incidente que le retira de dar homilias. Juntos, en una de las islas más meridionales del planeta, se van a enfrentar a un horror con el que carga Stygian desde hace mucho tiempo, en el que se ven envueltas corporizaciones demoníacas y secretos inconfesables.
Estamos ante un cómic de terror, subgénero posesiones y exorcismos, que está magníficamente llevado a través de sus cinco capítulos. La acción, el horror y los giros que crea Moreno hacen que la trama sea vibrante y uno no pueda abandonarla. Y luego está el arte de Jakub Rebelka (Judas, Orígenes, Cyberpunk 2077: XOXO), un ilustrador polaco con un trabajo exquisito que destaca por su plasticidad, y que no ahorra al lector ni una pesadilla. Rebelka tiene el don de hacer casi físicos los horrores que le plantea Moreno.
Cuando uno lee Cuando caiga mi venganza sobre ti entiende por qué no puede haber secuela de esta historia, pero no hubiera estado mal que hubiéramos conocido más historias de Stygian, porque su carisma le precede. El ambiente único (latino-meridional), los personajes con gancho, el dibujo subyugador... Como tebeo de género -sin buscar tener un gran mensaje ni plantear sesudas reflexiones, sino simplemente plantear una historia terrorífica- creo que puede destacar entre los mejores del año. Los lectores de Hellboy y aficionados al terror en general van a leer este cómic con profunda delectación.
El tomo Marvel Limited Edition El Castigador recoge los primeros 20 números (o casi, porque se cuela un número de Daredevil) de la primera serie regular del entrañable Punisher. Y digo entrañable porque este personaje que apareció en las páginas de Spiderman, si no recuerdo mal, como una figura ambigua, más malo que bueno, y que siempre se ha enfrentado al Trepamuros y a Daredevil por sus métodos expeditivos, es fruto de una época muy particular, y en esta serie eso es precisamente lo que encontraremos. Frank Castle, alias Castigador, es fruto de una época conservadorista, de desconfianza en el estado, donde se ha perdido la fe en las instituciones y sólo queda la justicia privada, y qué mejor época mundial para ello que los 80. Es la época de las películas de Stallone, de Chuck Norris, de los vigilantes... Y efectivamente, esto es lo que vamos a encontrar aquí. Este Castigador es como ver una película de Charles Bronson, con todo lo bueno y lo malo.
Porque el Castigador es un retahíla de tópicos de los 80 (bueno, en ese momento quizá no eran tópicos, era lo que se respiraba): carteles de droga latinoamericanos, supremacistas, radicales islamistas, sectas religiosas, psicópatas... ¡incluso una referencia nada velada a los asesinatos de Charles Manson! En definitiva, un festival de testosterona y muertes que ponían a prueba el Comics Code, y una tendencia de Mike Baron -el guionista- de convertir en los secundarios en personajes desechables que hoy Marvel seguramente le prohibiría. Pero esa retahíla no impide que el cómic funcione, al contrario. Este Castigador, que incluye números publicados entre 1987 y 1989, se lee de forma muy agradable, sobre todo si te gusta el cómic de la época o sabes a lo que vas.
El plantel es de admirar ciertamente: Mike Baron (Nexus), Klaus Janson (entintador habitual de Miller y de Byrne, y aquí dibujante), Whilce Portacio, Scott Williams, Kevin Nowlan, Ann Nocenti y Romita Jr. (guionista y dibujante, respectivamente del número de Daredevil), Mark Texeira (aunque sólo un número e irreconocible). Una de las cosas que uno piensa mientras lee es la suma importancia que tienen los entintadores sobre el lápiz que entintan. Aquí, al ver el arte de Klaus Janson, uno no puede evitar pensar en Miller y en cierta forma en Byrne, y con Scott Williams, también entintador habitual de Jim Lee, sobre los dibujos de Portacio me pregunto ¿qué tomaron unos de los otros y viceversa). No es que Portacio, que toma los lápices a partir del número 8, sea muy santo de mi devoción, pero la nómina de por sí ya anima a tomar el libro. Uno de los puntos álgidos del tomo, por cierto, es una historia incluida en un Punisher Annual, en el que Microchip obtiene una historia como protagonista, y está realizada por dos autores desconocido. Y sin embargo, su soplo de aire fresco vale la pena.
En definitiva: muertes a cascoporro, sólo los crossover imprescindibles (en 20 números, Punisher sólo se había cruzado con Daredevil), incluso algo de sexo, y todos los enemigos de la América de los 80 representados y castigados por nuestro personaje. Poco más se puede pedir a este personaje. Otros guionistas (Garth Ennis, por ejemplo), ya se encargaría de darle más profundida y madurez, y de renovar su cabecera Pero en estas páginas es donde se encuentra la esencia del Castigador.
Y una última apreciación: me encanta que Panini (o Marvel) saque estas ediciones bien gordas, en tapa dura, con papel poroso y no satinado, que permiten disfrutar mucho más del color, que también es el original. No he visto errores peores en las ediciones de los últimos 15 o 20 años que el sustituir el color de la época por otro digital. Aquí, afortunadamente, tenemos el material tal como se publicó, en formato de calidad (aunque el encolado no me acaba de gusta), y con un buen puñado de extras. De seguro voy a caer con el tomo o tomos siguientes.
He demorado mucho la reseña de Cómic radical, la última propuesta de Antonio Hitos, porque me pareció que algunos divulgadores ya habían dicho todo lo que yo hubiera podido decir, y encima mejor. Intentaré hacerlo lo mejor posible. Ahí va:
Cómic radical no es un cómic fácil. O más bien: no es que no sea un cómic fácil, porque en su extrema sencillez, sí que lo es, sino que no es un cómic para todos los públicos. Es fruto de una reflexión sobre el medio, es una investigación, es, sobre todo un ejercicio de estilo.
Porque Antonio Hitos, que ha demostrado en sus obras anteriores (Inercia, Materia, etc.) dominar completamente la sintaxis del cómic, propone un ejercicio de lo que quizá habría llamado Juan Ramón Jiménez poesía pura, pero en cómic, o una exploración hacia los elementos más intrínsecos del cómic, buscando que su sencillo mecanismo emerja como la narrativa-per-se del cómic. En Cómic radical, el medio es el mensaje, como hubiera dicho McLuhan.
Porque, como hace notar el propio autor en el extenso epílogo de la obra (procedente de los textos que acompañaban a la exposición de la que Cómic radical es la base), "radical" viene de raíz. La obra, pues, constituye un viaje al mecanismo base de los tebeos, su propio milagro: que el tiempo se convierta en espacio.
Hitos diferencia entre cómic radical y experimental, aunque ambos en algunas ocasiones tiendan puentes. Si en el segundo caso, el autor busca forzar los límites del lenguaje del medio, en el primero lo que se hace es precisamente señalar los elementos más característicos para que, despojados de todo el resto de elementos que configura un cómic (temática, estilo), aparezcan estos como los principales protagonistas. Cómic radical es una metarreflexión sobre el medio (en ese sentido podría considerarse experimental). Por ello Hitos escoge formatos muy cerrados (cuatro viñetas), una figura sencilla (apenas esbozada, pero siempre consistente) como personaje principal para movilizar los elementos del cómic, y se pone a demostrar su idea de cómic "radical". Y elige cuatro viñetas, como podría haber elegido tres, o cinco, o siete, porque lo importante es mostrar ese movimiento en la zona del "cerrado" entre viñetas. No se trata pues de un grupo de cuatro viñetas con un remate final en forma de chiste, como en Calvin & Hobbes, Garfield o cualquier otra tira cómica. Porque aquí se está poniendo el énfasis en el propio proceso.
Por tanto, no espere el lector encontrar aquí una historia, una trama, unos personajes. Cómic radical es otra cosa. Por eso decía al principio que no es para todos los públicos. Es una investigación, y es contemplar cómo funciona la singularidad que hace que el cómic sea cómic. Sólo una persona con una vocación y las ideas tan claras como Antonio Hitos podía llegar a este estudio-cómic.
Debemos reconocer ya a Hayao Miyazaki como una de las grandes influencias que han tenido los autores de cómic en los últimos 30 años. Ya no hablamos sólo de manga: no sólo su estilo, sino su temática y sus enfoques, han impactado en la cultura popular hasta el punto de que podríamos casi crear un subgénero de cómics de estilo "ghibli" y muchos lectores podrían adivinar sus características: esto es, dibujo amable (hoy seguramente le llamarían cozy) colorido, predominio de escenarios en la naturaleza, temática ecologista, mensaje ético de fondo.
Estas son ciertamente las características que comparte Plantasia, de Vincent Dock, que publica en español La Cúpula en su colección Brúfalo. En Plantasia, encontramos a dos hermanas húerfanas que regentan una floristería, diríamos, mágica, aunque ella no son del todo conscientes. Cuando lleguen dos misteriosos ancianos, que se hacen pasar por reporteros, se darán cuenta de que su tienda alberga un secreto más grande de lo que podrían imaginar.
Plantasia tiene un poco de las exhuberantes islas adriáticas de Porco Rosso, con el ambiente cozy urbano de Kiki's Delivery Service, aderezado con el panteísmo habitual de Miyazaki y guiños ocasionales como los de algunos cuadros (imposible no ver 'La isla de los muertos' de Bocklin en una de las viñetas). El universo de la obra no es ciertamente el nuestro pero tiene nexos en común: hay referencias visuales de David Bowie, ET o Ramones. El dibujo de Vincent Dock es agradable y colorido, y sobre todo destaca su trabajo con las acuarelas de tonos pastel, que dotan al libro de una capa extra de fantasía y ensueño. Una historia que no necesita épica para funcionar porque el peso de la historia está en el zambullirse en el universo que el autor nos propone, disfrutar de la vívida naturaleza que retrata como marco de esta historia de descubrimientos, aventura ligera y amistad fraternal. Me ha faltado, personalmente, un tono de humor con el que retratar a los antagonistas, para que fuera más ghibli, pero en general, teniendo en cuenta al público al que se dirige (por eso La Cúpula lo edita en Brúfalo), es un cómic que hará volar la imaginación de sus lectores.
P.S: Por cierto, las hermanas protagonistas llaman a su tienda Plantasia en homenaje a un álbum de Mort Garson de 1976, un disco de uno de los pioneros de la música electrónica que contiene composiciones específicamente para ser escuchadas por plantas. Si no lo conocéis, es una experiencia muy interesante escucharlo de fondo mientras leéis el cómic.
Michel Rabagliati es conocido por su serie Paul en..., una serie semiautobiográfica que le ha permitido contar prácticamente toda su vida, desde los tiempos de sus primeros trabajos veraniegos y sus campamentos, a una crónica de madurez en la que un Paul ya cuarentón se enfrenta a la muerte de sus padres (Paul en casa). Rose en la isla es una continuación lógica de ese trabajo, con nuevas historias sobre su alter ego Paul, sólo que aquí el autor cambia ligeramente de técnica y de enfoque. Originalmente, Rose en la isla debía de ser otro cómic más en su carrera, al estilo de la serie Paul en..., pero por su temática -las vacaciones del protagonista con su hija, temporalmente ubicadas tras el último álbum publicado, Paul en casa-, el propio Rabagliati comenta que se dejó llevar y terminó usando el formato que el paisaje le transmitió como más adecuado. ¿Cuál es ese formato? Yo no sé si lo llamaría "novela ilustrada", como dice la editorial, pero lo cierto es que ya no es puramente un cómic, porque alterna el texto con viñetas y con ilustraciones. No es tanto novela ni cómic como un híbrido que aprovecha las posibilidades de ambos medios. El texto le permite al autor reflexionar o profundizar en algunos de los recuerdos, monólogos interiores o historias que quiere contar, centrándose en el propio texto; mientras que las ilustraciones buscan conectar al lector con esa sensación de naturaleza absoluta que debía envolver a los personajes en su estancia en la isla remota de sus vacaciones. Para ello, Rabagliati utiliza sólo el lápiz en sus ilustraciones, de manera que el conjunto resulta, además, vinculado con las típicas libretas de apuntes de viajes.
Y en cuanto al enfoque, el título nos lo deja ver (y es algo de lo que no me di cuenta hasta ponerme a escribir esto): si antes era Paul en..., aquí es Rose en la isla, lo que ya nos da una pista de que en este nuevo capítulo, el foco no es sólo Paul (que sigue siéndolo), sino que se añade su hija Rose, y así, si no están juntos, la narración a veces pertenecerá a ella (sus sensaciones en la isla, sus exploraciones, el conocer a un chico allí...). Con todo, creo que en el fondo la batuta la lleva Paul, y Rose es una invitada de excepción que proporciona al personaje nuevas fuentes de reflexión. Pero ahí está el Paul de siempre: pensando en su vida y en el paso del tiempo, en lo que ha perdido recientemente, en un flirteo que no lleva a ningún sitio... Todo con esa inmensidad de la naturaleza que le proporciona el escenario y que cataliza esas reflexiones.
Rose en la isla es una buena continuación de la saga de Paul en... Demuestra que su costumbrismo, lejos de agotarse, puede tomar nuevos caminos y seguir contando buenas historias.
Si ayer en Vida y obra de un titiritero encontrábamos a un músico metido a guionista de cómic, en La espera, tebeo editado por Garbuix Books, me alucina encontrar a Mario Trigo, que es traductor, y fue jefe de redacción de Altaïr Magazine (aunque hay que decir que también ha hecho trabajos de ilustración), dominando el medio que en esta ocasión le ocupa de forma tan bárbara. Y es que si me dais un par de párrafos os explicaré por qué creo que éste tiene que ser uno de los cómics de 2026.
Resulta que en 2015, Mario Trigo tuvo que cubrir un viaje a Riaño para documentar los avistamientos de lobos. Trigo, que de fotografía al parecer sabe un poquito menos que de dibujo, decidió documentar el encargo con ilustraciones, y ese fue el germen de esta obra, que se articula en torno a dos ideas: la primera, la del lobo. Con la excusa de ir a verlo, Trigo teje una fascinante historiografía de cómo hemos visto al lobo desde el punto de vista antropológico: animal totémico, temido, reverenciado, odiado... Protagonista de nuestra cultura popular desde el alba de las civilizaciones, cuando su primo hermano decidió acercarse a nosotros y hacerse su amigo. La segunda idea: la de la espera. Los avistamientos de lobos, como en general cualquier observación animal, requiere de una gran dosis de paciencia. Y Trigo se ve envuelto en una doble espera: la cuenta de los días hasta que avisten a los lobos (si lo consiguen), y la de la vuelta a casa, con su mujer a punto de dar a luz.
Entretanto, con esta excusa, puede jugar con un montón de elementos: los pueblos inundados por el pantano postfranquista de Riaño (tema relacionado con la identidad y la raigambre, además de con la lucha ecologista por el territorio), la polémica sobre la caza del lobo, la mitología nórdica, la poesía en prosa, los argumentos de autoridad... Y lo que parece que podría haber sido un tema anodino, Trigo lo convierte en una magnífica lección de cómic, jugando con la composición a su antojo, usando el lenguaje metafórico y disponiendo del texto como sólo alguien que domina perfectamente el medio (un Scott McCloud, un David Mazzuchelli) puede hacer.
De esta manera, Mario Trigo consigue en La espera un cómic que es algo así como un "documental de autor", donde las circunstancias y lo personal son tan importantes como el tema de fondo. Lo dicho, una maravilla, y para mí uno de los cómics del año.
Enric Montefusco, el músico y líder de la banda Standstill, ideó Vida y obra de un titiritero como un complemento al disco de reunión de su banda, trece años después de su último trabajo (disco que se publica en otoño de 2026). Montefusco, aparte de músico, ha escrito un libro de relatos, dirigido un documental y hasta comisariado una exposición, entre otras cosas.
El problema de este cómic no estriba en su apartado visual. Oriol García es un dibujante de una amplia trayectoria en el cómic histórico (Cavall Fort, Temps d'espases, Traç del Temps). García Quera hace seguramente lo que le mandan, en un dibujo del que destaca sobre todo la fuerza del lápiz y un color análogico y muy contenido en su paleta, y que contribuye a delimitar pasado, futuro y sueño.
Lo que ocurre es que Montefusco ha intentado poner en metáforas la historia de su banda, con unos inicios humildes, una entrada en la popularidad, la tentación de la industria, que pone en peligro tu propia identidad a cambio del éxito, y luego, a través del vínculo familiar y del amor, el redescubrimiento de por qué empezó todo. Esta historia, ambientada en un pasado medieval anacrónico, viene aliñada por unos textos que entiendo que son las letras de ese nuevo trabajo de la banda que se publicará en otoño y al que complementa el cómic (o me da la sensación, por el tipo de texto, su rima interna, etc.). El problema es que el conjunto chirría. Las letras -asumamos que lo son- van por un lado y las imágenes por otro, y para que ese recurso funcione tienes que ser muy bueno: los dos discursos, imagen y palabra, tienen que ser complementarios, no independientes. De hecho, en una segunda lectura en la que obvié todos los textos, la historia que parece contar el cómic me resultó más inteligible.
Lo dice el guionista en las primeras palabras de la primera página: "¿Cómo explico esto?". En general, me da la sensación de que Vida y obra de un titiritero es una obra muy personal, tanto, que las referencias (al menos, desde alguien que no conoce ni la trayectoria de su guionista, ni su grupo - ¿por qué el grupo de titiriteros borra un cartel de The Carpenters?) creo que quedan demasiado veladas (lo que la contraportada califica como "un universo simbólico íntimo") y algunas decisiones no llegan a entenderse. ¿Por qué hay personajes sin cara? ¿Quién es la mujer que el protagonista se encuentra en la cumbre, al final de la historia? ¿Qué representa el cordero sin las patas traseras de la portada? La pelota, al final, pasa al tejado del lector, y tal vez el lector sepa qué hacer con ella, o tal vez no. Quiero pensar que lo que realmente es Vida y obra de un titiritero es el storyboard de un videoclip para la vuelta de Standstill que hubiera resultado muy caro de realizar.
Étienne Davodeau tiene un especial talento para el cómic costumbrista, para la observación del ser humano, y eso hace que muchas veces sus obras transiten la frontera entre lo que es puramente narrativa de ficción y lo que es intencionalidad documental. Davodeau siempre se ha sentido cómodo en estos géneros, a la vez que los ha sabido explorar como nadie, por eso a veces da la impresión de ser el más cinematográfico de los autores de bd.
En su línea más documental tenemos obras como La mala gente, donde aborda el movimiento sindical en Francia; Rural, sobre las vicisitudes del sector agrario, o Los ignorantes, una de sus obras más conocidas y aclamadas, en la que hace un intercambio de conocimientos entre un ingenierio vitícola y él (el mundo editorial y artístico del cómic). En su última obra Allí donde vas, Davodeau combina de forma más íntima el aspecto personal con su vocación divulgadora, puesto que la inspiración para su argumento se lo da su pareja: ella, Françoise Roy, lleva muchos años atendiendo a personas afectadas por el alzhéimer. Asiste a sus allegados y acompaña a los afectados en su peor tránsito. Davodeau tenía en su propia casa un tema excelente, pero dudó durante años si volcarlo al cómic o no, debido a la especial sensibilidad a la que se presta el tema (recordemos que el tema del alzhéimer ya había aparecido en su obra en Caída de bici, quizá en ese momento ya le rondaba la idea de Allí donde vas). Pero finalmente Françoise accedió y Davodeau cumplió con las condiciones que ésta le pidió para poder realizar la novela gráfica. Así que aquí, a pesar de poner de su cuenta ya que es un experimentado narrador de cómic, Davodeau se planteó prácticamente levantar acta de lo que le fuera contando su mujer, siempre desde una perspectiva constructiva y asertiva.
Así pues, el autor nos cuenta cómo es el trabajo de Françoise, desde la perspectiva principal de respetar la dignidad de los afectados por el alzhéimer. Porque más allá de preservar la memoria de los afectados (trabajo que es casi como construir castillos de arena), lo que ella busca es crear vínculos humanos, relaciones de reconocimiento, y sobre todo, rutinas y pautas que puedan otorgar calidad a estos seres humanos a los que el olvido va engullendo lentamente.
El alzhéimer es una afección que va claramente relacionada con la identidad y la pérdida de ésta: no sólo por el que la padece, sino también -y sobre todo- por las personas que tiene alrededor el afectado. Es terrible ver cómo se vacía ese ser querido hasta llegar a un punto en que ya no es quien fue. Se ha ido. Ha quedado, como una impronta, su cuerpo, pero lo que amábamos de esa persona, ya no está ahí. Por eso no os voy a negar que ésta sea una novela gráfica dura, y que te agita por dentro si has vivido algún caso o ves que tienes en el horizonte alguno. Pero no es la intención de Davodeau, en absoluto. Su historia está precisamente marcando los aspectos positivos de esta tragedia. Que en este mar de confusión, sólo queda el amor, la ternura y la comprensión. Y, sobre todo, la empatía y el conocimiento. De eso se encarga precisamente este cómic. Se trata de un trabajo muy didáctico. La intención de Davodeau es mostrar cómo se trabaja con estas personas, lo duro que resulta para todos (¡incluso para los cuidadores externos!), el trabajo que hay por hacer aún, y cómo a veces, incluso el humor aflora en situaciones tan dramáticas.
Como siempre, Étienne Davodeau ejecuta un magnífico cómic. Su experiencia como narrador le permite que, hasta un tebeo dedicado a los cuidados del alzhéimer resulte interesante y conmovedor.
Garbuix Books recupera La vida toda, obra escrita por Ángel de la Calle, para la que el guionista tuvo en 2017 una beca de la Fundación Marguerite Yourcenar bajo el nombre Hoy que ya pasó la vida.
De la Calle entrega un guion intimista para contar una historia de pérdidas: Daniel, expatriado de Argentina en París, se entera, tras veinte años de ausencia en su país, de que tiene una hija… La vuelta a su tierra natal, que dejó sin mirar atrás un momento, el reencuentro con propios y extraños, marcan un argumento que habla del momento más oscuro de Argentina, de represión militar y de miedo, pero también de cómo construimos nuestra identidad, del perdón y la redención, del paso del tiempo, que no es ajeno a nada… De la Calle sabe un manejar de forma muy efectiva la retrospección para ir contando el pasado y el presente, uniendo ambos, mientras que Jordi Sempere ilustra en tonos apagados y grises (en su estilo de dibujo que a mí me recuerda mucho al de mi paisano Rafel Vaquer: ambos están relacionados por Saco Roto Ediciones... me pregunto si tienen algo más en común) esta dura historia. El volumen se completa con un largo artículo de Ramiro Manduca que nos pone en contexto sobre la historia reciente de Argentina para los que conocemos poco su devenir.
La historia de Marcie: punto de inflexión (Garbuix Books, 2026) actúa como un mcguffin, o como uno de esos episodios de Los Simpson que empieza de una forma que es prácticamente una excusa, para luego virar hacia otra cosa totalmente diferente. Caro (Marcie Caroline) es una mujer que está llegando a los cincuenta. Piensa que no lo puede ir peor... y resulta que pierde su empleo. Se siente invisible a todos los niveles: como mujer, como target comercial, como ser deseado... (Una historia que todas las mujeres de cierta edad tristemente reconocerán). Pero eso invisibilidad le da la excusa para lanzarse a una meta que no habría esperado: convertirse en detective privado, donde la clave está precisamente en pasar inadvertido en la gran ciudad.
A partir de aquí, este planteamiento que parece sacado de la última comedia francesa de moda, da un giro curioso cuando en una de sus rondas, Marcie, que se dedica sobre todo a la localización de perros perdidos o hurtados, se enfrenta a un caso mucho más importante.
Cati Baur ya nos deleitó con Aguachirri (que en español también publicó Garbuix y que comentamos aquí), que era como una de esas deliciosas comedias costumbristas francesas, llenas de guiños a la vida cotidiana. En Marcie, este planteamiento va un poco más allá y, por una parte, sirve como escaparate para hablar del tema de la mujer de mediana edad, invisibilizada en todos los aspectos de la vida, y por otra armar una trama de investigación de detective aficionada y torpe al estilo de Woody Allen (o del cozy mistery, que está tan de moda actualmente). El resultado es una obra muy completa, divertida y cercana, amable y entrañable. Marcie demuestra lo buena autora que es Cati Baur aún más que en su anterior obra.
El Doradofue la última obra que Alberto Breccia vio publicada en vida: editada originalmente en 1992, Breccia viviría tan sólo un año más. El autor de obras maestras como Mort Cinder, parte de El Eternauta, y otras grandes adaptaciones como las de los Mitos de Lovecraft o los cuentos de Poe, el uruguayo a lo largo de su trayectoria desarrolló un estilo sincrético, ecléctico pero totalmente reconocible por el magistral uso del color y, más adelante, del collage. Enfrentarnos con las páginas de Breccia nos da aquella sensación de ir "a hombros de gigantes", porque el dominio de la narrativa gráfica del autor es total.
En El Dorado, Breccia trabajó junto a Carlos Albiac (1928-2012) en un encargo con motivo del Quinto Centenario y que hasta hoy no se había reeditado en España. La novela gráfica cuenta la conocida historia de la traición de Lope de Aguirre, que alentó un motín en una expedición que buscaba El Dorado y finalmente una revuelta contra la corona. Una figura incómoda para el panteón de leyendas del Imperio Español, y que ha tenido diferentes aproximaciones desde el cómic y el cine.
Me llama la atención que una de las citas de autoridad que usa el cómic (Andrés Accorsi) dice de Breccia que es un autor "ya mayor que no se guarda absolutamente nada". Es la sensación que tuve yo. Breccia a estas alturas no tenía que demostrar nada, y menos en una obra de encargo. En El Dorado, opta por el uso de un color vibrante, chillón, con clara preferencia por una paleta que orbita alrededor del violeta. El dibujo se somete a las posibilidades del color: parece, casi, como si Breccia no hubiera dibujado, sino directamente configurado formas de color que hubieran ido tomando forma. Mucho más claro en su dibujo, pero al mismo tiempo más expresionista, el dibujante puede concentrarse en la historia bajo el prisma enloquecido de Aguirre, con Clavijo, el músico que convierte su triste devenir en un romance recitado.
De El Dorado apenas vemos nada, pues es sólo un espejismo provocado por la sed de poder y la violencia que éste conlleva. El libertador se ha convertido en tirano, pero otro tirano acaba con él. Esta es la triste historia, por cierto de Latinoamérica, lo que convierte El delirio de Lope de Aguirre en una especie de cuento universal.
Un objeto misterioso que se adueña de la voluntad de los que lo recogen para ponerse a salvo, unas gasolineras misteriosamente vinculadas a unas líneas de fuerza geománticas… En este tercer volumen de Carretera fantasma se cierra el primer arco argumental (¡pero ojo, que no termina!) de la serie de Lemire en la que el guionista se adentra en territorios que entrecruzan
Con el tiempo me he vuelto más y más escéptico con el trabajo de Lemire. Durante una época fue la niña de los ojos del cómic mainstream americano, produciendo series una tras otra, y la crítica deshaciéndose en halagos por su revisión de temáticas como la superheroica (Black Hammer), pero cuantas más obras suyas leo (y mira que he leído), menos me convence. Y no es que sea un mal guionista: es un tío muy capaz, muy válido y muy profesional, y entrega historias con gancho, bien pensadas y ejecutadas, pero a mí no me terminan de llenar, porque a cada serie nueva que leo suya, pienso "ah, sí, aquí ha mezclado X, Y y Z". Esto es básicamente lo que ha ido haciendo en sus últimas entregas, las referencias-homenajes en esta ocasión las he puesto en el párrafo anterior y son diáfanas. La cuestión es: ¿puede Lemire con estos mimbres tejer una historia que sea interesante al nivel de los referentes que toma? Yo cada vez soy más escéptico. En Carretera fantasma ha necesitado casi 300 páginas para llevar la serie a... ¿dónde? Lemire no busca resolver las preguntas que va planteando, y me da que a veces terminará marcándose un Perdidos. Me pregunto si será capaz de tragar lo que está masticando. En todo caso, tiene a G.H. Walta (Visión), que hace un muy buen trabajo a los lápices y que aporta el tono sombrío que la serie necesita.
José Luis Munuera continúa con su línea de adaptaciones de autores del siglo XIX, tras haber versionado a Melville (Bartleby, el escribiente), Dickens (Cuento de Navidad) o J.M. Barrie (Peter Pan de Kensington, la primera encarnación del inmortal personaje). En esta ocasión le llega el turno a H.G. Wells, el gran autor de ficción científica de la literatura inglesa. Para ello, Munuera elige un cuento menos conocido del autor británico, El hombre que podía hacer milagros, publicado por primera vez en 1898 y más tarde antologado en 1911. Todas estas adaptaciones han sido publicadas originalmente en francés y aquí traducidas por Astiberri.
El hombre que podía hacer milagros es una historia muy de su tiempo, en la que un hombre corriente recibe el extrañe e involuntario de hacer realidad todo aquello que desea. Empieza desde ahí su intento de explicar qué le está ocurriendo y para ello Munuera adapta el texto para darle más empaque a esta parte: consulta con médiums, psiquiatras, médicos hasta dar con el sacerdote -originalmente ya en Wells- que es quien por primera vez le cree y le orienta en el uso de su "poder", si bien se revela que éste también tiene intereses propios para hacerlo.
No quiero desvelar mucho más de la trama, porque estaría feo si no se conoce la historia. Baste saber que la trama va un poco en la línea del famoso relato -adaptado en Los Simpsons- de La pata de mono de W.W. Jacobs. En realidad, ni siquiera sabemos por qué a ese administrativo corriente y moliente le ha sido concedido tamaño poder. Lo que a Wells, y a Munuera le interesa, es hablar sobre el poder, la fe y las creencias, el determinismo y la libertad, y como diría Stan Lee, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Temas complejos y profundos que Munuera arropa con un humor resultón, sobre todo con su gran capacidad para la caricaturesca expresividad de sus rostros.
A nivel gráfico, como siempre Munuera está pletórico y nos otorga -con la ayuda del color de Sedyas, que mucho tiene que ver aquí- unas grandes viñetas de magnífica factura pictórica, sobre todo en las que retratan el campo o la ciudad a toda página.
En definitiva, una historia sobre el uso y el abuso del poder, que José Luis Munuera y Sedyas ilustran de una manera excepcional.
Taiyo Matsumoto es, al menos en lo visual, uno de los mangakas más atractivos del panorama nipón actual. En Tekkon Kinkreet (Glénat) daba rienda suelta a las aventuras urbanas de una pareja de chicos descastados, que hacían de la ciudad su pequeño imperio. Con El samurái que vendió su alma (EdT) llegaba su mejor obra hasta el momento, una historia ambientada en el periodo Edo de Japón en la que un peculiar ronin se ve mezclado en una investigación de asesinatos. Matsumoto, en ambas obras, hace gala de un eclecticismo apabullante. Sus referencias son diversas: desde el ukiyo-e tradicional hasta la obra del inglés Dave McKean.
En Sunny, Matsumoto se acerca de nuevo al mundo de los niños para ofrecer la historia de un grupo muy especial: chavales abandonados u obligados por las circunstancias a estar lejos de sus familias. Imaginativos, inquietos y gamberros, pero también nostálgicos e inevitablemente marcados por las circunstancias, aprovechan cada ocasión que se les presenta para jugar en el Sunny 1200 situado en el jardín del refugio, un viejo coche convertido en su pasatiempo preferido y del que la obra toma el título.
Avalada por nominaciones en el Festival Internacional de Angoulême y en los Premios Harvey, y ganadora del Cartoonist Studio Prize a la mejor novela gráfica, Sunny es una obra parcialmente autobiográfica (Matsumoto vivió de pequeño en un orfanato) que vuelve a dejar patente el talento de Taiyō Matsumoto y su capacidad para entregarnos obras que fusionan elementos costumbristas con pasajes poéticos, en esta ocasión para dar forma a un emotivo retrato de la infancia.
En Sunny nos encontramos a un pequeño grupo de niños que conviven en una casa de acogida regentada por un anciano de venerable pose monjil. No pueden ser más diferentes entre ellos (y eso incluye desde adolescentes hasta bebés, pasando por alguno con deficiencias mentales), pero tienen algo que les une, y es el tener que compartir ese espacio debido a alguna circunstancia trágica. Pese a lo dramático de la situación que viven, son al fin y al cabo niños, y así, el Sunny se convierte en un espacio de libertad donde soñar, evadirse o simplemente esconderse. Cada uno de ellos lo usará de forma distinta: uno se imaginará ser un miembro de la yakuza huyendo de la policía; otro será el chófer de algún otro niño; alguno lo usará para volver a casa imaginariamente… y otro simplemente para ver pornografía lejos de los adultos.
De esta manera se va tejiendo una historia que fluye tranquilamente, como un mediodía de verano. Somos testigos de las ilusiones, esperanzas y miedos de estos Niños de las Estrellas, esta comunidad de marginados que ha conseguido ser una nueva familia, como así lo vemos en el capítulo donde el más joven de ellos se pierde y hay que ir a buscarlo.
Dotada de una especial ternura, Sunny es una obra melancólica y sentimental, quizá la más realista de las que ha realizado. Una obra en la que realmente no pasa nada especial: todo lo consigue Matsumoto con la evocación sincera de una época que, aunque puede estar cuajada de dolor, sigue siendo el territorio de la libertad.
ECC ha publicado Sunny en tomos y en un volumen integral que ahora está descatalogado, a la espera de que otra editorial la retome.
Saquen sus muertoses la adaptación al cómic que Rayco Pulido ha realizado de la novela corta Verano de Juan “el Chino” (1971), del escritor canario Claudio de la Torre. Se trata de un autor injustamente olvidado en las Canarias y prácticamente desconocido en la península, a pesar de haber ganado dos premios nacionales de literatura.
La obra original de Claudio de la Torre es una novela costumbrista, de marcado carácter autobiográfico, existencial e intimista (y actualmente totalmente inencontrable). Ambientada en Las Palmas de Gran Canaria y otros municipios de la isla (aunque nunca mencionados los lugares - se habla de cierta "isla atlántica"), describe con crudeza la situación económica, social e insular tras un brote de cólera en el verano de 1851. Esta epidemia funciona como telón de fondo y catalizador de una poderosa historia de amor protagonizada por Néstor, que da sentido y vida a la trama en medio de circunstancias extremas.
La novela (y su adaptación, desde las guardas llenas de moscas) nos traslada a un tiempo y un entorno donde la muerte está omnipresente. Pulido la convierte en una obra sobria, luminosa, calcinada por el sol, y áspera al mismo tiempo, en la que la enfermedad, la exclusión social, el miedo y la desigualdad configuran el paisaje. Usa una línea clara, con apenas uso del color -de ahí esa sensación de terrible luz que transmite- que a veces parece falsamente caricaturesca y humorística para el terrible relato que presenta. Con todo, también hay espacio para el viaje, el amor y un atisbo de esperanza, aunque sea un mero espejismo.
Rayco Pulido explica que eligió este texto precisamente por su profunda reflexión sobre la condición humana, su atmósfera casi apocalíptica y, sobre todo, por su afilada crítica social, elementos que otorgan densidad a una historia que, en apariencia, podría parecer ligera. El autor, que ya venía con experiencia previa en adaptaciones literarias (como la Marianela del también canario Galdós, que refundió en Nela en 2021), realiza un trabajo fiel al contenido original, pero lo transforma en un lenguaje visual propio. El resultado en Saquen sus muertos es una obra independiente que adquiere un tono aún más sobrio y contundente que la novela gracias a la maestría narrativa del autor.
El tomo se complementa con unas notas sobre la novela, la epidemia sufrida en Canarias en 1851 (por cierto, ironías del destino, la pandemia global pilló a Rayco Pulido ocupado en esta obra), y el oscuro autor de la obra original, todas muy de agradecer para entender mejor el contexto de esta adaptación.
Fran es un escritor español que está de viaje de promoción por la Patagonia. La cancelación de un vuelo de regreso a España le dará unos días preciosos para reflexionar sobre el final de su relación de pareja, y sobre aquello que perdemos, cómo recordamos y qué nos gustaría haber dicho en aquel momento que podría haber determinado todo el devenir.
Paco Roca ha tenido siempre en su obra un tema recurrente: la memoria, y cómo la identidad se construye a través de esta. Ya fuera desde su primer gran aldabonazo con aquel Arrugas, sobre la enfermedad de alzheimer, la memoria familiar en Regreso al Edén o La casa, o la construcción de la memoria colectiva (o la deconstrucción y el olvido) en Los surcos del azar o El abismo del olvido, su trabajo sobre la identidad a través de los recuerdos siempre ha estado presente.
En El viaje, esta indagación en la memoria toma un carácter más íntimo, con la crónica del final de una historia del amor. Fran y Susana han acabado veinte años de convivencia, y las preguntas, los "¿y si...?, los reproches, hacen mella en lo que Fran entiende por su relación. Pero como éste reflexionará, desde el presente estamos constantemente forjando la idea de pasado. ¿La idea de relación que yo tengo es la que tenía ella? ¿Cuál es en realidad? (Spoiler: nunca podremos saberlo. Nadie sabe nada).
Con El viaje, Paco Roca vuelve a demostrar por qué es uno de los mejores autores de cómic de nuestro país. Lo que Fran vive, lo que está pensando, esos pasados que no fueron, que se solapan con la vida real... Jugando con la configuración del espacio y el color, Paco Roca sabe utilizar los medios propios del cómic para reflejar todo ello de forma magistral, de forma que ningún otro medio puede hacerlo. Así, aunque los saltos temporales y el narrador omnisciente que dirige la historia alteran constantemente el flujo cronológico de la historia, Roca hace que parezca sencillo de contar.
Es curioso, por lo demás, ver que Roca ha acabado adaptando el formato apaisado en sus últimas obras (La casa, El abismo del olvido y esta última obra). Me resulta intrigante esta decisión, aunque creo que puede que tenga que ver con que facilita que el autor pueda manipular el sentido de lectura, y por tanto el ritmo: a veces es totalmente horizontal, a veces es primero vertical y luego horizontal (depende del número de viñetas, y éstas, a su vez, dependen también de lo que se quiere contar).
En pocas palabras: no hay cómic malo de Paco Roca. Éste es de carácter más intimista (ignoro si tiene matices autobiográficos) que todos los anteriores, pero como siempre, el autor valenciano domina tan magistralmente la sintaxis del cómic, que puede contarte cualquier historia y salir con un sobresaliente. Esta es una de ellas. Queda como uno de los cómics del año.
Los que me leáis habitualmente habréis comprobado que soy lector habitual de manga, pero aunque puedo decir que fue el tipo de cómic que me enganchó definitivamente a la lectura cuando Dragon Ball provocó el boom del manga a principios de los 90, con el tiempo he ido seleccionando cada vez más mis lecturas. Y es que a los 40 y muchos para que un manga me interese le pido algo, alguna cosita, extraordinaria: o un dibujo fuera de lo común, o un planteamiento original, o un tema poco visto. Acepto, sobre todo, las obras más seinen, porque suelen encajar más en mis patrones de señor mayor. Y es por eso que quise leer Los artesanos del barrio, de Akihito Sakaue, un manga que Panini empezó a publicar este pasado mayo, casi de tapadillo, con apenas información disponible sobre él (ahora que me he puesto a buscarla, he encontrado una nota de prensa, pero el lector apenas va a tener información en la librería -y pensemos que el mercado del manga en la librería especializada está sobresaturado y es ultracompetitivo: la información es vital para que se pueda vender una obra).
Los artesanos del barrio es un cómic de puro costumbrismo: en su primer tomo, se nos cuentan cinco historias de otros tantos oficios tradicionales (el último de ellos, ocupa más: tres capítulos) del período Edo, en el barrio tokiota de Kanda. Sin más ni menos nos vemos inmersos en la rutina diaria de toneleros, herreros, tintoreros, tapiceros y enlucidores (algo así como un enyesador): los problemas diarios a los que se enfrentan, el mimo con el que trabajan, la puesta en valor de lo artesano, casi como insultante contraste con la deriva asquerosa que estamos viviendo poniéndonos de rodillas ante la IA. Algunos oficios tienen más épica que otros (la maestra herrera, que experimenta la fundición sin núcleo para una katana), pero el resultado final se salda con historias en las que poco pasa. Eso es muy japonés, en el fondo, porque a lo que asistimos es al ejercicio de la paciencia, al peso de la personalidad del artesano sobre su trabajo, la explicación de oficios perdidos que demandaban tiempo y reflexión. En definitiva: los misterios de la artesanía.
Por cierto, ojo: no sé si es histórico o no, pero de esos cinco oficios, el representante que conocemos en cuatro casos es una mujer. Ese detalle me ha gustado y me hubiera gustado saber más sobre el tema de la representación de géneros y su realidad en la época. Y aquí viene mi pero a este manga: creo que el autor, centrado en destacar la importancia de esos procesos artesanos, olvida la pedagogía que muchas veces el manga aprovecha para hacer en obras como ésta. No hubiera estado de más que, al final de los capítulos, se nos diera un poco más de contexto sobre cada oficio, su tipo de trabajo, los materiales, las técnicas... Porque en el propio manga, eso tampoco aparece. Quiero decir, el cómic no es divulgativo en sí mismo. No está hecho con esa función. Lo podría ser y mi demanda va por ahí: algunos artículos de apoyo, o un texto al final del tomo hablando un poco desde la divulgación histórica a mí me hubiera gustado mucho. En cambio, el autor prefiere encuadrar la obra de otra manera. En Los artesanos del barrio, lo importante es el día a día, el trabajo que sale, las preocupaciones del maestro artesano. No es un manga para que aprendamos cosas históricas. En sí mismo es muy zen. Por eso me parece arriesgado, y mucho más aún su publicación en español. Pero es curioso, cuando menos, que este enfoque haya tenido su reconocimiento: el Premio
Cultural Osamu Tezuka a mejor autor debutante, la nominación al famoso
galardón Manga Taishô o el tercer puesto de la prestigiosa lista Kono manga ga sugoi! en la categoría de lectores masculinos, todo en 2024. No está nada mal. Le deseo todo lo mejor a este manga, porque no lo va a tener nada fácil en el mercado.