13 abril 2026

'Mecanoscrito del segundo origen', de Martín Pardo (Planeta)

Manuel de Pedrolo quizá sea un nombre que al lector común le suene poco o de pasada, pero en la literatura catalana (y yo aun diría española, si atendemos al país y no a la lengua) la importancia de Pedrolo es capital. Se trata de uno de los (sino el principal) autores de género más brillantes que ha dado el siglo XX. Y a pesar de tener una ingente producción, que abarca poesía, teatro, cuento, novela o traducciones, su obra principal, la más conocida y versionada, la más influyente, que avanza ideas que luego se convertirían en lugares comunes de la ciencia ficción, es sin duda Mecanoscrito del segundo origen, novela publicada originalmente en 1974. Ahora tenemos la suerte de poder leer una fiel adaptación al cómic de manos de Martín Pardo.

Los que tenemos una cierta edad la conocemos muy bien. Yo creo que no hay persona del ámbito de la lengua catalana que tenga más de 30 años a la que no le hicieran leer Mecanoscrito en algún momento de la adolescencia. Somos muchos los que la leímos, y también los que vimos la adaptación que hizo Televisió de Catalunya en 1985. La novela tiene incluso una adaptación reciente (Segundo origen, Carles Porta) que se alejaba por momentos del material original y que pasó sin pena ni gloria por las salas de cine en 2015.

Pedrolo parte de una tropo clásico en la ficción científica, que se remonta de forma moderna a Wells, como es la invasión extraterrestre,. La Tierra es invadida y limpiada de humanos por una civilización que luego cambia de opinión y decide no colonizar el planeta (existencialismo contemporáneo: el creador ausente se convierte en el destructor ausente). Sólo los que en el momento de la fatal radiación estaban bajo el agua sobreviven al horrible destino de la humanidad. A partir de aquí la historia vira a otro tropo: el de la supervivencia posapocalíptica. La Tierra es un lienzo en blanco sobre el que recrear la civilización, de manos de los dos protagonistas, Alba y Dídac, los nuevos Adán y Eva del páramo desierto en que se ha convertido el planeta. Pedrolo insufla un espíritu humanista en los protagonistas (¿legado de Bradbury?), puesto que una de sus principales preocupaciones es reunir una biblioteca de saberes que poder conservar para poder utilizar en el futuro. Mecanoscrito es una novela riquísima en reflexiones. Incluso su final, en el que relaciona historia, religión y feminismo, se anticipa al modelo que eligió Margaret Atwood para el de El cuento de la criada, novela publicada una década después de la de Pedrolo.

Martín Pardo ha buscado una adaptación centrada en el poder de la imagen. Casi como si nos encontráramos delante de un storyboard cinematográfico, la adaptación busca narrar a través de lo visual, y el autor prescinde de cuadros para el narrador excepto para momentos muy puntuales que enlazan con el final y la explicación del elocuente título de la historia. Pardo se alinea con una línea clara muy realista: le interesan los grandes planos y que la historia respire, que exprese con los propios dibujos. Sabe situar al lector en el tiempo con sus transiciones, usando los colores, los detalles de las viñetas. A veces, incluso, parece jugar con los homenajes, como la splash-page de los protagonistas dirigiéndose hacia una Barcelona en ruinas, que remite al icónico plano de The Walking Dead con Atlanta de fondo.

Manuel de Pedrolo, a pesar de ser también un autor realista, con clara preferencia por el género negro, siguió cultivando la ciencia ficción. En su antología Trajecte final, por ejemplo, nos encontramos con un puñado de cuentos de género que anticipan muchas de las pesadillas contemporáneas relacionadas con la identidad corporal y la tecnología, con claves que se retomarían en productos actuales como Black Mirror. Su legado es extensísimo y creo que no se le ha hecho suficiente justicia a un autor que tuvo innumerables problemas con la censura franquista. Con todo, Mecanoscrito del segundo origen, ha permanecido, más de 50 años después, como su obra maestra y con esta adaptación podemos revisitarla de forma fresca y fiel. 

[Texto originalmente escrito para Fórum]

05 abril 2026

'La medusa', de Boum (La Cúpula)

La medusa nos cuenta la historia de Odette, una joven independiente, que trabaja en una librería y acaba de conocer a una chica que le gusta mucho. Sólo tiene una pequeña preocupación: una mancha en su visión a la que ella llama "una medusa" y que insiste en enturbiarle la vista cada vez más. 

Es difícil de hablar de La medusa sin hacer spoiler, porque, además, ese spoiler no es tanto de la trama como del original hallazgo narrativo que utiliza la autora para ilustrar la historia de Odette. Por tanto, me da mucha rabia, pero no comentaré lo que me parece sin duda lo mejor y más original de esta novela gráfica, aunque sí puedo decir que tiene todo el sentido y que hace que el lector pueda ponerse en el lugar de la protagonista casi literalmente. Pocas veces la empatía con el protagonista ha sido mejor usada que en este cómic.

Pero sí que podemos decir que es una historia que habla sobre los diferentes estados de una pérdida. Esa "medusa" de Odette representa el deterioro de su visión, pero también el duelo y el miedo a perder el control sobre su propia vida. 

Me gusta cómo el sencillo y claro dibujo acompaña el carácter íntimo y autobiográfico del relato. No me queda claro si la autora ha vivido una experiencia similar, en ella o en alguien cercano, a la que retrata en la obra, pero sin duda está narrada desde la autenticidad. Más que hablar de la historia sobre enfermedad, La medusa habla de sobre cómo ésta transforma las relaciones personales: el amor, la amistad o la familia se ven afectados por la dependencia y la vulnerabilidad, a veces para bien y muchas para mal. Esa dimensión tan íntimamente trágica si lo pensamos (la vida que sigue mientras todo se desmorona) es uno de los aspectos que más capturan de este cómic. No es de extrañar, pues, que esta obra haya sido galardonada con los premios Eisner Award, Doug Wright Award, Bédéis Causa Awards, Lynd Ward Graphic Novel Prize y el reconocimiento de las librerías y la crítica quebequesa. Si la leéis, entenderéis que encandiló a todos esos expertos.

03 abril 2026

'La barca de los cinco colores', de Yoko Kondo (Gallo Nero)

Me resulta muy intrigante encontrarme en La barca de los cinco colores con un manga gekiga (evidentemente, editado por Gallo Nero en español, la editorial que lleva la batuta de este género en castellano), pero de una autora contemporánea. Es decir: esta obra no es, como los Tsuge o Tatsumi, un gekiga de la época en la que este surge, sino que es una muestra de que el género sigue en buen estado de salud hoy en día. De Yoko Kondo ya leímos Una mujer y la guerra y en esa ocasión ya destacamos el lirismo y la delicadeza con la que la autora contribuía al relato original. Entonces la autora ya adaptaba un texto (dos relatos de Ango Sakaguchi); aquí hace lo propio con uno del tristemente fallecido Yasumi Tsuhara.

Ambientada en un Japón sumido en la guerra, la obra sigue a un grupo de artistas de feria —de los que hoy denominaríamos freaks, cuerpos considerados “anómalos”— que, lejos de ser tratados como simples símbolos de sufrimiento, se convierten en una familia profundamente humana. Recorren el país ofreciendo su espectáculo, pese a las estrecheces que pasan por culpa del conflicto bélico, pero las cosas cambiarán cuando se ven empujados a ir tras la pista de una criatura mítica (el kudan) que conoce el futuro y no puede mentir. 

La autora, Yoko Kondo (1957), transforma el relato original de Yasumi Tsuhara (1964-2022) en una delicada experiencia visual. Al mismo tiempo que su trazo, deudor del feísmo del género, lo supera y le da una apariencia más amable, la destreza de Kondo estriba, sobre todo, en el uso del espacio y de la composición sobre los propios diálogos. Como en Una mujer y la guerra, hay una tristeza suspendida en cada página, pero también una extraña serenidad, y ambas las consigue la autora con el dominio de los elocuentes silencios.  

Lo más interesante es cómo la obra desdibuja sus propios límites. En un gekiga no esperamos encontrar elementos fantásticos, y aquí la búsqueda de una criatura mágica (el kudan) por parte de la familia de freaks hace irrumpir un realismo mágico inesperado al lector, que se ve arrastrado a un terreno incierto donde lo posible y lo imposible conviven sin jerarquía. Pero ese elemento fantástico funciona, sobre todo, a nivel simbólico, como la barca del título, que deja de ser solo un escenario para convertirse en metáfora de un destino colectivo, de un Japón flotando entre versiones de sí mismo.  

El resultado es una historia que rehúye las respuestas fáciles. La propia autora se encontraba ante un gran reto a la hora de adaptar el texto de Tsuhara, el cual también manifestó sus dudas sobre cómo podría tener sentido un manga sobre su obra.  Si el gekiga es en el fondo un género que podría resumirse en "el ser humano, en busca de un sentido", La barca de los cinco colores podría ser su epítome. Porque, desde ese colectivo de freaks que se han reunido y formado una familia por encima de los lazos de sangre, pasando por las individualidades de esa familia -o del médico que les atiende y aconseja-, todos buscan su destino: el kudan es una forma de preguntarle a la pitia sobre ese destino, y los diferentes "mundos" que la criatura fantástica propone, las encrucijadas de la fortuna. Como ya hemos dicho, esa barca zozobrante, puede ser también un trasunto del país entero, imagen del mundo flotante (recuerden, el significado literal de "ukiyo-e"), perdido entre la tradición y la modernidad, traicionado por su clase gobernante.

Cuando uno se enfrenta a una obra de estas características ya sabe más o menos qué esperar o en qué mood nos va a disponer. En el caso de La barca de los cinco colores, considero que los autores introducen un factor nuevo -lo fantástico- que hace que el género respire un aire nuevo y revelador.  

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