Meseta nos lleva a un road trip cañí. En medio de la noche y en un país en situación excepcional, tres desconocidos, cada uno con una intención diferente, se reúnen para compartir una especie de cabify que cruce la Península... El primer problema será evitar los controles policiales de las autovías... Pero eso será sólo el principio de una noche infernal.
Luis Bustos, que ha colaborado frecuentemente con guionistas como David Muñoz (Rayos y centellas, Residuos) o la pentalogía llevada a la gran pantalla ¡García! (con Santiago García). Pero como autor completo tiene auténticas joyas: sin ir más lejos, Endurance, su versión de la historia de la expedición de Shackleton (reseña aquí), o Versus, sobre un texto de Jack London (reseña aquí). Y ahora se añade este Meseta, este road cómic que es a la vez cómic de acción, película de terror setentera y alegoría de una sociedad donde actualmente la extrema derecha avanza sin freno.
Aquí encontraremos al Bustos más Bustos, y sin embargo, podemos apreciar en su dibujo desbocado su amor por Kirby, por Ditko, pero también por el manga (¿apocalipsis final al estilo Otomo? ¡compro!). El autor se ha puesto a prueba, al igual que sus protagonistas en este tour de force completamente oscuro, trazando los visos de una España en toque de queda, la España mesetaria de los locales de alterne de carretera, los olivares vacíos y las ruinas de iglesias ocupadas por algo mucho peor que los temidos okupas. Una aventura vibrante, que se lee de una tacada y que se disfruta de principio a fin.
Garbuix Books está armando un catálogo de cómics realmente maravilloso, que alterna novela gráfica costumbrista o reinvidicativa, con multitud de cómic-ensayo o cómic divulgativo de clara vocación pedagógica sin olvidar que estamos ante un medio fundamentalmente de entretenimiento. En este sentido, ediciones como La espera, de Mario Trigo (aquí reseñada), La mujer como lo humano, de Ulli Lust, Historia del arte femeninio, o Cómo los ricos saquean el planeta(aquí) se revelan como título muy necesarios para la sociedad de hoy.
Otro acierto más de Garbuix Books, así pues:Cuestión de suerte, de Cécily de Villepoix. Un cómic dedicado no sólo a los descubrimientos científicos, sino también a la historia que llevó a ellos o las trabas que encontraron por el camino.
He de empezar con una pequeña crítica constructiva: el título, Cuestión de suerte (matiz presente ya en el original Au petit bonheur la science, "la ciencia de manera improvisada"), parece incidir en la serendipia que llevó a algunos de los grandes descubrimientos de la ciencia. No nos quedemos en la anécdota: si en la ciencia moderna se llegó a los resultados a que se llegaron, fue porque los científicos estaban trabajando en esa dirección y un suceso inesperado consiguió encajar las piezas. En absoluto debemos tener el pensamiento simplista de que, por ejemlpo, Edison estaba durmiendo debajo de un árbol, le cayó una manzana en la cabeza, y ¡eureka!, he aquí la teoría de la gravedad.
En Cuestión de suerte, encontramos una primera sección de casualidades en el camino de la ciencia (el descubrimiento de la anestesia, la radioactividad), pero precisamente la autora se ocupa de darnos contexto suficiente para que entendamos los precedentes (¿no se había hecho ciencia hasta el siglo XVIII? ¡falso! Lo que no tenían era método científico), y sobre todo, los obstáculos, reticencias, incluso luchas personales por los que muchos descubrimientos pasaron.
Pero el título tampoco hace justicia al resto de secciones del cómic, porque nos encontramos otros tres capítulos, agrupados por temas: la ética y la moral relacionados con la ciencia (el descubrimiento del LSD, la bomba atómica...), la importancia de los sesgos machistas en la medicina (el avance de la ginecología, la historai de los tests de embarazos...) y finalmente la práctica de disciplinas pseudocientíficas y su historia (hipnosis, homeopatía, pensamiento positivo). Especialmente interesante me parece este último capítulo, dedicado a desmontar falacias y chiringuitos que a día de hoy tienen en las redes sociales campos más que abonados para que piquen los tontos. Personalmente no había leído nada más contextualizado y razonado que "La formula mágica", cuando la autora se dedica a desmontar el cuento de la atracción del pensamiento positivo, El secreto y otras supercherías de ese tipo.
De Villepoix (ayudada por otros escritores en tres de las doce historias del volumen) sabe utilizar muy bien los resortes del cómic para hacer de esta una lectura didáctica pero amena. El dibujo es funcional y poco vistoso. Cierto que a veces abusa un poco del texto (en el género documental, es algo que es difícil de rehuir), y que en algunos conceptos más complejos se hace más difícil de entender -cuando explica la estructura del átomo, por ejemplo-, pero con todo el balance final es más que positivo. Es más, considero que por su tono, tipo de lenguaje y estilo divulgativo, sería una lectura óptima en cualquier asignatura de ciencias en la ESO o Bachillerato.
Sigue adelante el proyecto más personal (según él mismo), de Jeff Lemire, Arcanos menores, en esta historia de provincias en la que la hija de una tarotista vuelve a su pueblo natal para comprobar que los poderes sensoriales de la familia son más ciertos de lo que pensaba. Y en todo ello, muchos secretos ocultos por los habitantes de Limberlost. ¿Qué es ese hotel con el que sueña frecuentemente Theresa y al que se psicotransporta un poco al estilo La zona muerta? En esta nueva entrega la trama avanza para descubrirnos una extraña conspiración que se cierne sobre el pueblo de Theresa.
Pero sin duda, lo más destacado de este segundo volumen de Arcanos menores es la incorporación al dibujo de Letizia Cadonici, que se ocupa del miniarco La rueda de la fortuna (tres números de cinco en el tomo). La ilustradora romana le insufla al cómic nueva vida: reconozcámoslo, Lemire es funcional como dibujante, pero limitado. Cadonici (y el color de Patricio Delpeche) es, en cambio, la verdadera protagonista de este tomo. Me recuerda un poco a Sean Murphy: le pasa la mano por la cara a Lemire en cada una de las viñetas. Tiene mucho más estilo y merece todo el espacio que le pueda ceder el creador de la serie. Por lo demás, baste dejar aquí lo que ya comenté de mis impresiones sobre Lemire. [Ver minirreseña del primer tomo en PeB]
Hace ahora prácticamente un año que reseñé Goiter, el anterior cómic de Josh Pettinger, y ya entonces, reflexionaba sobre la dificultad para hacerlo. Ahora, con Tedward, me ocurre lo mismo. Pettinger teje en estas historias protagonizadas por Tedward, una especie de incel de peinado inverosímil, una especie de émulo de los perdedores de Daniel Clowes, en un extraño universo que apela a la estética de los años 50 con situaciones inverosímiles y extremas que nos recuerdan por qué estamos mezclando mainstream con underground.
Tedward, abandonado por su novia sin motivo, limpiador de semen en orgías de alto copete, asesino por accidente, recaudador de alquiler de televisiones, concursante de maquetas de papel maché... Es prescriptivo abandonar toda lógica y entrar en este universo que camina de puntillas por el surrealismo para entrar en sintonía con la obra de Josh Pettinger.
Tedward transita los mismos senderos de Goiter, con la lección bien aprendida de los maestros del mainstream: un cómic hecho para hacerte sentir incómodo con su humor y sus situaciones absurdas, que yuxtaponen elementos dispares tal como un vanguardista hubiera hecho poniendo un paraguas en una mesa de quirófano. El resultado es desconcertante: una línea clara que sin embargo oculta un contenido inquietante y chungo. Es extraño esto de Josh Pettinger. Sus cómics raros siempre ta dan ganas de más: "A ver qué mierda* se le ha ocurrido ahora".
El mejor día del año para Valentina es San Valentín (valga la redundancia). Desde pequeña ha celebrado con ilusión esta festividad, y ha felicitado a sus compañeros de colegio y a su padre con su manifiesta buena voluntad. Pero cuando llega la adolescencia algo pasa, y es que su abuela le advierte de que su familia está maldita en cuestión de amor: descubre que su madre les abandonó y que quizá esto del querer es más complicado de lo que ella pensaba. Por eso, su amigo invisible (una mezcla sacro-profana de Cupido y el San Valentín histórico) quiere hacer un trato con ello: tiene un año para encontrar el amor verdadero o entregarle su corazón, no querer más y por ende no sufrir. Y en todo ello, Valentina se cruza en el camino de Leslie. Y de Jae.
En Valentina y el amor verdadero (nombre con el que se publica la originalmente novela gráfica Lunar New Yor Love Story, título sin duda abigarrado para traducir), Gene Luen Yang y Leuyen Pham nos entregan una voluminosa novela gráfica coming-of-age en la que las dificultades del amor se ven tratadas desde el crisol de las diferentes emociones. Por una parte tenemos el amor y la pérdida, representados en el padre de Valentina, que oculta a su hija parte de su historia pasada; tenemos a Valentina entrando en la adolescencia y viviendo el amor de diferentes maneras, descubriendo sus emociones y también su correspondencia en la otra persona. Se habla de amor verdadero, amor "de usar y tirar", de amistad... Y en todo ello, el contexto de una comunidad asiático-americana (coreanos y vietnamitas), y el acierto de las autoras en usar las danzas del león del año nuevo lunar de su cultura, que finalmente se revela como una metáfora bastante acertada para el tema.
Gene Luen Yang (Superman contra el Klan, Chino americano) escribe este cómic que ilustra de forma primorosa LeUyen Pham. A esta última no hemos tenido el gusto de verla prodigarse mucho en nuestro país (ha ilustrado casi un centenar de libros infantiles), pero su estilo, que me recuerda en cierta forma a Jen Wang, mezcla de cartoon Disney y estilo vintage, se desarrolla con un lápiz sumamente expresivo: consigue con sólo unos gestos dotar a los personajes del matiz exacto que tienen que expresar. Ambos autores entregan una historia que podría ser muy de telefilme de sábado por la tarde, o de película de Pixar (de hecho, creo que sería muy adaptable, si no fuera porque no es exactamente para un público infantil), pero con decisiones narrativas y estéticas muy interesantes: todas los tocantes a la representación del fantasma de San Valentín, o la danza de los leones, o cuando la narración se hace más abstracta por un flashback.
Valentina y el amor verdaderoresulta una lectura muy agradable que nos habla de que amor y dolor van unidos, lo queramos o no, y que no hay soluciones fáciles en la vida.
En una extraña confluencia entre género negro europeo y manga japonés habíamos encontradoLos evaporados, de Isao Moutte, un autor franco-nipón que tomaba prestada la novela homónima de Thomas B. Reverdy para tejer un curioso cómic híbrido. Precisamente cuando leí El nirvana está aquí, de Mikael Ross (Astiberri, 2024) recordé esta curiosa combinación de elementos tan dispares que, sin embargo, funcionan tan bien.
Mikael Ross es un autor alemán con un trasfondo curioso. Se formó como diseñador de vestuario en la Ópera Estatal de Baviera y luego se especializó en la Escuela de Bellas Artes ESA Saint-Luc de Bruselaas. Es autor, por otro lado, de curiosidades como El joven Ludwig, donde recrea el estilo de la nueva ola francesa de bd y autores como Christophe Blain, y en El nirvana está aquí hace un viraje en su capacidad estilística y nos entrega un noir usando un depurado estilo manga. En la trama, una historia sobre el tráfico de personas donde dos adolescentes de ascendencia vietnamita que viven en un distrito popular de Berlín se encuentran a una joven que huye de algo o alguien y deciden ayudarla.
El dibujo amable y hasta cierto punto europeo parece que nos quiere llevar hacia un tipo de historia, pero no es así: El nirvana está aquí es una historia realista y cruda, llena de acción y problemas, y sin querer hacer spoilers, un final agridulce. Narrada con muy buen pulso y con temática social (la integración en un país extranjero, el tráfico de personas y las mafias de personas) de fondo, se trata de un cómic que puede haber pasado muy desapercibido y que nos descubre a un autor excelente.
Un cómic de género: de esos que le gustan a El Torres, donde lo importante es contar una buena historia que te atrape y te remueva. Esto es Cuando caiga mi venganza sobre ti, una obra de Gus Moreno y Jakub Rebelka que apareció en Boom! Comics en cinco grapas y que Astiberri ha editado en un tomo único.
Cuando caiga mi venganza sobre ti, un título de resonancias tarantinianas (la espúrea cita de Ezequiel de Pulp Fiction, que realmente no es tal), es un thriller de terror sobre dos miembros de la Iglesia Católica que combaten el mal desde las sombras. El padre Stygian es la última salvaguarda en cuestión de exorcismos reales, y el padre Manuel es enviado con él tras un desafortunado incidente que le retira de dar homilias. Juntos, en una de las islas más meridionales del planeta, se van a enfrentar a un horror con el que carga Stygian desde hace mucho tiempo, en el que se ven envueltas corporizaciones demoníacas y secretos inconfesables.
Estamos ante un cómic de terror, subgénero posesiones y exorcismos, que está magníficamente llevado a través de sus cinco capítulos. La acción, el horror y los giros que crea Moreno hacen que la trama sea vibrante y uno no pueda abandonarla. Y luego está el arte de Jakub Rebelka (Judas, Orígenes, Cyberpunk 2077: XOXO), un ilustrador polaco con un trabajo exquisito que destaca por su plasticidad, y que no ahorra al lector ni una pesadilla. Rebelka tiene el don de hacer casi físicos los horrores que le plantea Moreno.
Cuando uno lee Cuando caiga mi venganza sobre ti entiende por qué no puede haber secuela de esta historia, pero no hubiera estado mal que hubiéramos conocido más historias de Stygian, porque su carisma le precede. El ambiente único (latino-meridional), los personajes con gancho, el dibujo subyugador... Como tebeo de género -sin buscar tener un gran mensaje ni plantear sesudas reflexiones, sino simplemente plantear una historia terrorífica- creo que puede destacar entre los mejores del año. Los lectores de Hellboy y aficionados al terror en general van a leer este cómic con profunda delectación.
El tomo Marvel Limited Edition El Castigador recoge los primeros 20 números (o casi, porque se cuela un número de Daredevil) de la primera serie regular del entrañable Punisher. Y digo entrañable porque este personaje que apareció en las páginas de Spiderman, si no recuerdo mal, como una figura ambigua, más malo que bueno, y que siempre se ha enfrentado al Trepamuros y a Daredevil por sus métodos expeditivos, es fruto de una época muy particular, y en esta serie eso es precisamente lo que encontraremos. Frank Castle, alias Castigador, es fruto de una época conservadorista, de desconfianza en el estado, donde se ha perdido la fe en las instituciones y sólo queda la justicia privada, y qué mejor época mundial para ello que los 80. Es la época de las películas de Stallone, de Chuck Norris, de los vigilantes... Y efectivamente, esto es lo que vamos a encontrar aquí. Este Castigador es como ver una película de Charles Bronson, con todo lo bueno y lo malo.
Porque el Castigador es un retahíla de tópicos de los 80 (bueno, en ese momento quizá no eran tópicos, era lo que se respiraba): carteles de droga latinoamericanos, supremacistas, radicales islamistas, sectas religiosas, psicópatas... ¡incluso una referencia nada velada a los asesinatos de Charles Manson! En definitiva, un festival de testosterona y muertes que ponían a prueba el Comics Code, y una tendencia de Mike Baron -el guionista- de convertir en los secundarios en personajes desechables que hoy Marvel seguramente le prohibiría. Pero esa retahíla no impide que el cómic funcione, al contrario. Este Castigador, que incluye números publicados entre 1987 y 1989, se lee de forma muy agradable, sobre todo si te gusta el cómic de la época o sabes a lo que vas.
El plantel es de admirar ciertamente: Mike Baron (Nexus), Klaus Janson (entintador habitual de Miller y de Byrne, y aquí dibujante), Whilce Portacio, Scott Williams, Kevin Nowlan, Ann Nocenti y Romita Jr. (guionista y dibujante, respectivamente del número de Daredevil), Mark Texeira (aunque sólo un número e irreconocible). Una de las cosas que uno piensa mientras lee es la suma importancia que tienen los entintadores sobre el lápiz que entintan. Aquí, al ver el arte de Klaus Janson, uno no puede evitar pensar en Miller y en cierta forma en Byrne, y con Scott Williams, también entintador habitual de Jim Lee, sobre los dibujos de Portacio me pregunto ¿qué tomaron unos de los otros y viceversa). No es que Portacio, que toma los lápices a partir del número 8, sea muy santo de mi devoción, pero la nómina de por sí ya anima a tomar el libro. Uno de los puntos álgidos del tomo, por cierto, es una historia incluida en un Punisher Annual, en el que Microchip obtiene una historia como protagonista, y está realizada por dos autores desconocido. Y sin embargo, su soplo de aire fresco vale la pena.
En definitiva: muertes a cascoporro, sólo los crossover imprescindibles (en 20 números, Punisher sólo se había cruzado con Daredevil), incluso algo de sexo, y todos los enemigos de la América de los 80 representados y castigados por nuestro personaje. Poco más se puede pedir a este personaje. Otros guionistas (Garth Ennis, por ejemplo), ya se encargaría de darle más profundida y madurez, y de renovar su cabecera Pero en estas páginas es donde se encuentra la esencia del Castigador.
Y una última apreciación: me encanta que Panini (o Marvel) saque estas ediciones bien gordas, en tapa dura, con papel poroso y no satinado, que permiten disfrutar mucho más del color, que también es el original. No he visto errores peores en las ediciones de los últimos 15 o 20 años que el sustituir el color de la época por otro digital. Aquí, afortunadamente, tenemos el material tal como se publicó, en formato de calidad (aunque el encolado no me acaba de gusta), y con un buen puñado de extras. De seguro voy a caer con el tomo o tomos siguientes.
He demorado mucho la reseña de Cómic radical, la última propuesta de Antonio Hitos, porque me pareció que algunos divulgadores ya habían dicho todo lo que yo hubiera podido decir, y encima mejor. Intentaré hacerlo lo mejor posible. Ahí va:
Cómic radical no es un cómic fácil. O más bien: no es que no sea un cómic fácil, porque en su extrema sencillez, sí que lo es, sino que no es un cómic para todos los públicos. Es fruto de una reflexión sobre el medio, es una investigación, es, sobre todo un ejercicio de estilo.
Porque Antonio Hitos, que ha demostrado en sus obras anteriores (Inercia, Materia, etc.) dominar completamente la sintaxis del cómic, propone un ejercicio de lo que quizá habría llamado Juan Ramón Jiménez poesía pura, pero en cómic, o una exploración hacia los elementos más intrínsecos del cómic, buscando que su sencillo mecanismo emerja como la narrativa-per-se del cómic. En Cómic radical, el medio es el mensaje, como hubiera dicho McLuhan.
Porque, como hace notar el propio autor en el extenso epílogo de la obra (procedente de los textos que acompañaban a la exposición de la que Cómic radical es la base), "radical" viene de raíz. La obra, pues, constituye un viaje al mecanismo base de los tebeos, su propio milagro: que el tiempo se convierta en espacio.
Hitos diferencia entre cómic radical y experimental, aunque ambos en algunas ocasiones tiendan puentes. Si en el segundo caso, el autor busca forzar los límites del lenguaje del medio, en el primero lo que se hace es precisamente señalar los elementos más característicos para que, despojados de todo el resto de elementos que configura un cómic (temática, estilo), aparezcan estos como los principales protagonistas. Cómic radical es una metarreflexión sobre el medio (en ese sentido podría considerarse experimental). Por ello Hitos escoge formatos muy cerrados (cuatro viñetas), una figura sencilla (apenas esbozada, pero siempre consistente) como personaje principal para movilizar los elementos del cómic, y se pone a demostrar su idea de cómic "radical". Y elige cuatro viñetas, como podría haber elegido tres, o cinco, o siete, porque lo importante es mostrar ese movimiento en la zona del "cerrado" entre viñetas. No se trata pues de un grupo de cuatro viñetas con un remate final en forma de chiste, como en Calvin & Hobbes, Garfield o cualquier otra tira cómica. Porque aquí se está poniendo el énfasis en el propio proceso.
Por tanto, no espere el lector encontrar aquí una historia, una trama, unos personajes. Cómic radical es otra cosa. Por eso decía al principio que no es para todos los públicos. Es una investigación, y es contemplar cómo funciona la singularidad que hace que el cómic sea cómic. Sólo una persona con una vocación y las ideas tan claras como Antonio Hitos podía llegar a este estudio-cómic.
Debemos reconocer ya a Hayao Miyazaki como una de las grandes influencias que han tenido los autores de cómic en los últimos 30 años. Ya no hablamos sólo de manga: no sólo su estilo, sino su temática y sus enfoques, han impactado en la cultura popular hasta el punto de que podríamos casi crear un subgénero de cómics de estilo "ghibli" y muchos lectores podrían adivinar sus características: esto es, dibujo amable (hoy seguramente le llamarían cozy) colorido, predominio de escenarios en la naturaleza, temática ecologista, mensaje ético de fondo.
Estas son ciertamente las características que comparte Plantasia, de Vincent Dock, que publica en español La Cúpula en su colección Brúfalo. En Plantasia, encontramos a dos hermanas húerfanas que regentan una floristería, diríamos, mágica, aunque ella no son del todo conscientes. Cuando lleguen dos misteriosos ancianos, que se hacen pasar por reporteros, se darán cuenta de que su tienda alberga un secreto más grande de lo que podrían imaginar.
Plantasia tiene un poco de las exhuberantes islas adriáticas de Porco Rosso, con el ambiente cozy urbano de Kiki's Delivery Service, aderezado con el panteísmo habitual de Miyazaki y guiños ocasionales como los de algunos cuadros (imposible no ver 'La isla de los muertos' de Bocklin en una de las viñetas). El universo de la obra no es ciertamente el nuestro pero tiene nexos en común: hay referencias visuales de David Bowie, ET o Ramones. El dibujo de Vincent Dock es agradable y colorido, y sobre todo destaca su trabajo con las acuarelas de tonos pastel, que dotan al libro de una capa extra de fantasía y ensueño. Una historia que no necesita épica para funcionar porque el peso de la historia está en el zambullirse en el universo que el autor nos propone, disfrutar de la vívida naturaleza que retrata como marco de esta historia de descubrimientos, aventura ligera y amistad fraternal. Me ha faltado, personalmente, un tono de humor con el que retratar a los antagonistas, para que fuera más ghibli, pero en general, teniendo en cuenta al público al que se dirige (por eso La Cúpula lo edita en Brúfalo), es un cómic que hará volar la imaginación de sus lectores.
P.S: Por cierto, las hermanas protagonistas llaman a su tienda Plantasia en homenaje a un álbum de Mort Garson de 1976, un disco de uno de los pioneros de la música electrónica que contiene composiciones específicamente para ser escuchadas por plantas. Si no lo conocéis, es una experiencia muy interesante escucharlo de fondo mientras leéis el cómic.
Michel Rabagliati es conocido por su serie Paul en..., una serie semiautobiográfica que le ha permitido contar prácticamente toda su vida, desde los tiempos de sus primeros trabajos veraniegos y sus campamentos, a una crónica de madurez en la que un Paul ya cuarentón se enfrenta a la muerte de sus padres (Paul en casa). Rose en la isla es una continuación lógica de ese trabajo, con nuevas historias sobre su alter ego Paul, sólo que aquí el autor cambia ligeramente de técnica y de enfoque. Originalmente, Rose en la isla debía de ser otro cómic más en su carrera, al estilo de la serie Paul en..., pero por su temática -las vacaciones del protagonista con su hija, temporalmente ubicadas tras el último álbum publicado, Paul en casa-, el propio Rabagliati comenta que se dejó llevar y terminó usando el formato que el paisaje le transmitió como más adecuado. ¿Cuál es ese formato? Yo no sé si lo llamaría "novela ilustrada", como dice la editorial, pero lo cierto es que ya no es puramente un cómic, porque alterna el texto con viñetas y con ilustraciones. No es tanto novela ni cómic como un híbrido que aprovecha las posibilidades de ambos medios. El texto le permite al autor reflexionar o profundizar en algunos de los recuerdos, monólogos interiores o historias que quiere contar, centrándose en el propio texto; mientras que las ilustraciones buscan conectar al lector con esa sensación de naturaleza absoluta que debía envolver a los personajes en su estancia en la isla remota de sus vacaciones. Para ello, Rabagliati utiliza sólo el lápiz en sus ilustraciones, de manera que el conjunto resulta, además, vinculado con las típicas libretas de apuntes de viajes.
Y en cuanto al enfoque, el título nos lo deja ver (y es algo de lo que no me di cuenta hasta ponerme a escribir esto): si antes era Paul en..., aquí es Rose en la isla, lo que ya nos da una pista de que en este nuevo capítulo, el foco no es sólo Paul (que sigue siéndolo), sino que se añade su hija Rose, y así, si no están juntos, la narración a veces pertenecerá a ella (sus sensaciones en la isla, sus exploraciones, el conocer a un chico allí...). Con todo, creo que en el fondo la batuta la lleva Paul, y Rose es una invitada de excepción que proporciona al personaje nuevas fuentes de reflexión. Pero ahí está el Paul de siempre: pensando en su vida y en el paso del tiempo, en lo que ha perdido recientemente, en un flirteo que no lleva a ningún sitio... Todo con esa inmensidad de la naturaleza que le proporciona el escenario y que cataliza esas reflexiones.
Rose en la isla es una buena continuación de la saga de Paul en... Demuestra que su costumbrismo, lejos de agotarse, puede tomar nuevos caminos y seguir contando buenas historias.