¿Y qué encuentra un lector del siglo XXI, con ojos nuevo para esta Medusa de finales del XX conectada temáticamente con el XIX? Una historia que amalgama brujería con erotismo, colonialismo... y muchas ansias de tentar/escandalizar.
El marco que establecen los autores -el trópico a principios de siglo XX- es un marco exótico ideal para establecer una historia que parece estar hecha a propósito para enfrentar al lector con todas sus tentaciones, hasta las más reprobables. Eva Medusa puede leerse como un catálogo de esas tentaciones oscuras: estupro, transexualidad, homosexualidad*... El ambiente de ese Brasil finisecular, a medio camino entre una bacanal de Nueva Orleans y el misterio de las prácticas del candomblé, contribuye a ello dando a la historia una pátina onírica a esta historia hecha a mayor gloria del dibujo de Ana Miralles que, aún instaurada firmemente en la tradición de la línea clara, empieza a despuntar y pone toda la carne en el asador para una trama tan tórrida como el clima de la historia. El argumento en sí mismo es algo folletinesco: el espíritu de Eva Medusa, seductora -y destructora- de hombres, se encarna en doña Isabel, y luego, para desgracia de su padre, en María. Esa presencia cuasi-divina, será la perdición de cuantos hombres se crucen en su camino.
Ana Miralles está espectacular, no sólo por la sensualidad de su dibujo, que iría perfeccionando con los años, sino por el uso magistral del color, de los tonos fríos y calientes que contribuyen a complementar la narrativa. Y el poder recrearse en los lápices (que aportan las páginas nuevas de esta edición) no tiene precio.
Es una lástima, como comenta Miralles en el prólogo a esta nueva edición, que la serie tuviera un final truncado cuando Glénat Francia decidió cerrarla de forma imprevista. Antonio Segura se vio obligado a escribir un tercer álbum que sirviera como final a una historia que se había proyectado con más calma. En todo caso, un gran acierto por parte de Astiberri de recuperar esta obra, que es historia viva del cómic español.
* No quiero dar a entender que todo lo mencionado sean relaciones reprobables, evidentemente. Pero en la cabeza del lector de la época en que surgió seguramente las que hoy nos parecen normales sí que tuvieran cierto un aire de inmoral, oscuro o prohibido...











