27 febrero 2026
'Mis rollos de cuarentona', de Aude Picault (Garbuix Books)
20 febrero 2026
'Lorquiana', de Salva Rubio y Maria Badia (Planeta)
Como dramaturgo, Lorca exploró a fondo el teatro popular, y le apasionaban las obras de guiñol. Se cuenta que tenía una mente prodigiosa y que, en su época de la Residencia de Estudiantes, era capaz de recitar obras enteras interpretando a todos los personajes. Entre sus obras más destacadas, están Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Estas tres obras son las que Santi Rubio ha querido homenajear y amalgamar en Lorquiana, su nueva novela gráfica, junto a la joven ilustradora María Badía.
En Lorquiana, Rubio ha querido yuxtaponer estos tres dramas de Lorca y, por tanto los tres conflictos que estos plantean. En Bodas de sangre, la protagonista se encuentra en la encrucijada de un amor prohibido y trágico: a punto de casarse con un hombre al que no ama, y con un amante que le pide que se fugue con él. En la obra, Lorca busca captar toda la esencia de un pueblo que admiraba por su arrojo: el gitano.
En Yerma, el conflicto se traslada a la esfera íntima: Lorca explora de manera trágica la opresión del deseo y las normas sociales a través de la figura de la protagonista (en esta versión, Lorquiana, que ha hecho borrón y cuenta nueva desde lo ocurrido en Bodas), una mujer cuya identidad y destino parecen quedar reducidos a su incapacidad para concebir un hijo. Su anhelo estéril no es solo personal, sino también social y simbólico, pues la presión de la comunidad y las expectativas de su matrimonio la empujan hacia un encierro emocional que acaba destruyéndola. Esta tensión entre deseo íntimo y mandato colectivo enlaza profundamente con la temática general del teatro de Lorca, donde el choque entre la libertad interior y las fuerzas represoras —familia, tradición, moral, destino— marca el camino hacia lo inevitablemente trágico, como ocurrirá también en la tercera parte de este tríptico: La casa de Bernarda Alba.
Finalmente, la historia de Salva Rubio y realiza una tercera y última pirueta para convertir a una anciana Lorquiana en la matriarca por excelencia, Bernarda Alba, en La casa de Lorquiana. Aquí el conflicto es, efectivamente, el choque entre la realidad y el deseo, y, sobre todo, el mundo hipócrita del aparentar de las gentes del pueblo.
Una de las virtudes de esta novela gráfica es que al amalgamar esta trilogía dramática, uno puede ver con mucho más claridad y detalle cómo los temas de Lorca se desarrollan, se amplifican y se pulen en las tres obras, puesto que siempre están allí presentes.
Otra de las virtudes, esta la saco a relucir como profesor de literatura castellana en secundaria, es la absoluta fidelidad del guion sobre las palabras de Lorca. Rubio no ha adaptado las palabras. Lo sé porque conozco muy bien las obras (leo en clase La casa de Bernarda Alba desde hace quince años y me sé la obra prácticamente de memoria) y literalmente los personajes están recitando las palabras originales. Y eso para mí es un gran valor, porque al ser las palabras totalmente fieles al original, podemos disfrutar de la maravilla de las expresiones de Lorca, y además es un rasgo que cohesiona aún más este tríptico.
No puedo ser imparcial con el teatro de Lorca: vuela tan alto, conjuga tan bien la expresión de los conflictos personales con un uso tan rico del lenguaje, que siempre es un placer leerlo. Aquí la pericia de los autores ha sido notable, al ingeniar coherentemente una trabazón para las tres obras, tanto estética como literaria.
16 febrero 2026
'Violencia gratuita', de Patrick Hovarth (Astiberri)
Violencia gratuita es una miniserie publicada originalmente por Oni-Lion Forge que nos lleva a un presente-futuro utópico donde los ricos son obligados a donar la mitad de su fortuna o a luchar en un combate a muerte: una especie de vuelta de tuerca del Perseguido de Stephen King, aderezado con pizcas de Los juegos del hambre, Battle Royale y Black Mirror y en lo formal una estética incómoda a lo Miguel Brieva. No deja de ser una curiosidad, un divertimento con una lectura social, un desahogo a través de una fantasía de izquierdas y a la vez una denuncia de los excesos de una sociedad turbocapitalista como la que vivimos.
Lo digo porque, ¿qué podemos esperar de esta serie, que no sea lo ya dicho? Desde el primer momento sabemos qué va a ocurrir, y ni Hovarth es especialmente un buen narrador, ni tampoco destaca mucho en su dibujo. Su único aliciente parecen ser las escenas especialmente crudas, las gamberradas explícitas de piernas sajadas o cráneos reventados. Y, por encima de ello, y supongo que consciente y voluntariamente, los personajes amorales, en los que el autor se ceba: sólo son monigotes víctimas de sus propias bajas pasiones. Por eso empleaba "utópico" en el párrafo anterior, y no distópico, como podría parecer a priori: la sátira que propone no creo que sea crítica, sino sólo catártica, y maniquea si me apuráis, porque no hay por dónde empatizar con sus protagonistas. Es como si invitara al lector a sentarse, a disfrutar de la carnicería, y al final le pegara un codazo y le dijera "¿a que molaría, eh?".
En la entrevista final al autor, Russ Burlingame le dice "eres uno de los nombres más comentados del cómic". De verdad que no puedo entender todo el revuelo que está causando este autor; viene del sector audiovisual, y, aunque tiene madera para ser autor de cómic (no dibuja mal y narra con soltura), tiene dos obras que, a mi juicio, no tienen absolutamente nada de original, sólo esa aura de enfant terrible que parece flotar sobre lo que de momento ha hecho por su extrema crudeza (¿es porque lo ha hecho en pleno mainstream?). Por eso me cuesta creer que ganara un Harvey a obra del año y que fuera candidato al Eisner por el mejor dibujo con su anterior cómic.
Evidentemente, si el lector ha llegado hasta aquí, entenderá que este cómic no era para mí y que leo, o voy a leer, lo que publique este hombre con pinzas.
10 febrero 2026
'Elmer', de Gerry Alanguilan (La Cúpula)
Pero no es sólo una curiosidad este cómic por su procedencia. Su punto de partida es absurdamente original: ha ocurrido algo en el mundo de la obra por lo que los gallos y gallinas han alcanzado un raciocinio superior, similar al del ser humano. Primero titubeantes, y progresivamente más autoconscientes, esas aves alzan su voz para reivindicar su estatus. Los seres humanos tardan en reaccionar. Al principio no pueden verlos sino como meros animales de granjas: nada ha cambiado. Pero a medida que se prueba que son animales racionales, las relaciones entre hombres y gallos se va complicando. ¿Tenemos aún derecho a comérnoslos? ¿A esclavizarlos, a producirlos? ¿Qué son? ¿Puede haber amor entre ambas razas? Las preguntas de carácter moral y ético se disparan, pero la violencia sigue. Conocemos esta situación a través del protagonista, Jake Gallo, y, a su vez, éste va descubriendo la historia de su padre, Elmer, que vivió de primera mano los primeros días de odio contra sus congéneres, pero también encontró la amistad y el amor.
Elmer es una parábola durísima sobre la tolerancia y el racismo. Alanguilan utiliza un estilo realista, con unas tintas detalladas hasta el límite del grabado. No ahorra ningún tipo de detalle escabroso, porque estamos ante una historia muy dura, que nos enfrenta a lo peor del ser humano: la intolerancia, la incomprensión, la absoluta falta de empatía, las posiciones de superioridad moral fundamentadas en mitos. Elmer tiene la excusa de las gallinas haciéndose inteligentes (como aquel microrrelato de Cortázar, ¿lo recordáis? "Por escrito gallina una"), pero podría tratar de negros, de judíos, de gays, de cualquier colectivo marginado que haya sufrido el odio de una sociedad a la que no le gustan las diferencias. La alegoría es cristalina, pero precisamente porque la situación es absurda podemos reflexionar más profundamente sobre ella si la aplicamos interiormente a nuestra sociedad.
Alanguilan sabe jugar muy bien con el tono, y es que en Elmer cabe todo. Casi desde el humor inicial, con la viñeta del gallo en una oficina diciendo "¿Es porque soy un pollo, no?", cuando no tenemos apenas contexto, y eso nos hace reír porque es la típica situación humorística sobre una discriminación. Pero la cosa se complica aún más, y el autor sabe apelar al drama -hay sentimientos a flor de piel, y bien llevados, es más, ¿cómo se las ingenia para emocionarnos con una historia de amistad y amor... con gallos, gallinas y seres humanos?-, y hasta al terror, porque hay situaciones límites en los que la violencia que genera la intolerancia explota en la cara al lector.
En fin: toda una sorpresa este cómic. Aunque en el aspecto gráfico no me acaba de convencer el autor, la historia es tan potente, que sin duda la recomiendo. Una pena que hayamos perdido su talento. Esperamos que La Cúpula nos pueda descubrir el resto de su obra fuera del mainstream.
Puedes comprarlo aquí en la editorial o en Amazon.
05 febrero 2026
'Night Force', de Marv Wolfman y Gene Colan (Panini)
Marv Wolfman y Gene Colan venían de Tomb of Dracula en Marvel e iban a intentar hacer en Night Force un pastiche de influencias dispares: series de espías, acción, una sana dosis de satanic panic y ocultismo setentero.... Agitamos todo en la batidora, y he aquí Night Force, una serie que tiene como conductor a un misterioso hombre, el Barón Winters, que mediante su influencia y sus colaboradores, traza misteriosos planes (sí, y lo dejo así, porque todo es tan misterioso que uno no acaba de saber muy bien qué está ocurriendo. Este es también uno de los encantos de este cómic).
Marv Wolfman entrega un guion algo deslabazado: nunca acabamos de saber quién es el Barón Winters, ni qué poderes tiene, ni por qué no puede salir de su casa, o por qué su mansión tiene portales a otras épocas, o qué quiere de los "fichajes" que hace... ¿Es el bueno, es el malo? No lo sabemos, pero en cuanto al dibujo, ah, amigos, Gene Colan está en su salsa: demonios que surgen del fuego y las explosiones, figuras que corren atropelladas huyendo de no se sabe muy bien qué, mujeres que corretean alrededor de fuego desnudas (pero cumpliendo el Comics Code)...
Quizá el peor error de cálculo de Wolfman fue pensar que en una serie de estas características, unos arcos argumentales largos serían lo mejor para atraer al público. Desgraciadamente, esto no funciona así, y quizá la serie habría digerido mejor unas entregas autoconclusivas (o casi: dos, tres números encadenados). El primer arco, que ocupa ocho números, se centra en la figura de la nieta de Abraham Van Helsing, que resulta ser una extraña catalizadora de los poderes infraterrenales. A continuación viene la que, a mi juicio, es la mejor historia de la serie: La bestia, una entrega de cuatro números donde conocemos el caso de una extraña mansión habitada por unos personajes que no pueden salir de ella, y con un huésped alienígena. El tono irreal pero a la vez terrorífico de esta extraña propuesta a mí me pareció la más original y viva, y creo firmemente que Gaiman tuvo que inspirarse en ella en los números de Sandman donde Morfeo tiene que rescatar su ruby, la última prenda robada, de manos de John Dee, que causa una masacre en un bar de carretera (The Sandman #6, capítulo 24 horas - publicado en 1989, seis años que esta saga de Night Force. Por margen temporal sería posible). Cierra la colección (duraría 14 números, tras los que DC le daría carpetazo) otra marcianada en la que un misterioso grupo de aparecidos nazis estadounidenses usan el poder de las tinieblas para amenazar a los diferentes inquilinos de otra mansión.
Así pues, hay que leer Night Force (del que Panini ha hecho una tirada limitada a 1.500 ejemplares numerados) como un cómic de una época (¿o de unos autores?) que se niega a ser olvidada. Da la impresión de que funciona por la cabezonería de un Wolfman empeñado en hacer lo que quiere hacer, sin prestar atención a si el público lo entenderá. Y eso, en términos de autor, está bien, no nos equivoquemos. El autor no debe crear para satisfacer al público, sino sus propias necesidades creativas. Eso conlleva un riesgo. Y Night Force sufrió de este riesgo. A día de hoy puede seguir siendo el pasto de un lector muy concreto: ¿te gustan las pelis de serie z de los setenta? ¿La imaginería del occult rock, los discos de Coven? ¿Los desnudos gratuitos de los sacrificios a Satán? ¿La mezcla de espías soviéticos con cultos innombrables? ¿Tramas demenciales animadas por el notable de un titán como seguía siendo entonces Gene Colan? Entonces quizá pertenezcas al nicho que disfrute de la lectura de Night Force. Tenemos que agradecer que Panini haya recuperado este cómic en un integral que nos permite leerlo completo y en su contexto.
25 enero 2026
Retrorreseña: 'Alas de guerra sobre el Japón', de Seijo Takizawa (Planeta)
En el prólogo del tomo, Juanjo Sarto habla de los cómics bélicos y comenta que en países como Alemania o Japón, este género no tuvo mucho predicamento, precisamente por los resultados de la IIGM. Esto es en cierta forma cierto en el caso del manga. Japón no ha tenido -creo- una tradición de cómic bélico en la línea de las sobadas Hazañas bélicas españolas, pero eso no quiere decir que los autores no hablaran de la guerra y de sus consecuencias. Y vaya si lo hicieron, al menos en lo que a la esfera social se refiere: todo el gekiga es un género hijo de la profunda crisis económica, pero también de identidad, que Japón atravesó tras el final de la Segunda Guerra Mundial.
Pero Alas de guerra sobre el Japón no es una cosa ni la otra. Se trata de una recopilación de tres historias cortas que su autor, Seijo Takizawa, publicó en la revista de aeromodelismo Model Graphix, de la misma manera que hizo Hayao Miyazaki con su primera versión de Porco Rosso. Y en él, el tema de la guerra, a pesar de ser un cómic de ambiente bélico, pasa muy a segundo plano. Sí, hay patrullas nocturnas, y vuelos de escolta, pero no hay bombardeos, no hay -prácticamente- enemigos, no hay kamikazes ni doctrina aérea japonesa, no hay consideraciones sobre la guerra, las víctimas, los civiles. Todo, o casi todo, se mantiene en el margen abstracto de la aviación: la fascinación por las máquinas aéreas, su capacidad, la sensación de libertad de los pilotos. Una de las historias, por ejemplo, transcurre una vez terminada la guerra, cuando Estados Unidos exige probar un modelo experimental en el que todavía estaba trabajando la aviación japonesa. En ella, el enemigo ni siquiera es visto como tal, sino que se puede entender que, aunque antaño adversarios, ambos bandos comparten la misma pasión por las máquinas voladoras. Otra historia tiene un desconcertante final que parece sacado de La dimensión desconocida, que me dejó perplejo, porque en el resto del manga el tono es realista e histórico.
Alas de guerra sobre el Japón pone, como veis, el énfasis en la representación de los modelos aeronáuticos por razones obvias. No podemos descartar incluso que fuera un trabajo por encargo. Takizawa no es siquiera un autor muy dotado para los personajes: en un estilo muy noventero, su afán de realismo se queda un paso atrás, en un estadio en el que parece una caricatura inconsciente (personajes como jibarizados, posturas inertes...). Por todo ello, quizá el manga pueda decepcionar al lector: no tiene la fuerza que uno espera, ni en lo visual, ni en lo argumental. En todo caso, para ver esos modelos en el aire, el volumen se deja leer. Me gustaría saber si hubo más material, si Takizawa entregó más historias a Model Graphix, o si realmente existe la representación de la IIGM dentro del género bélico en el manga.
04 enero 2026
Lobezno y Veneno: Garras y fauces, de Howard Mackie y Sam Kieth (Panini, 2025)
Lobezno y Veneno: garras y fauces es una miniserie que originalmente se publicó en el Marvel Comics Presents 117-122, entre los años 1992 y 1993, justo en mi época más fanática como lector de cómics Marvel en Fórum. Este volumen me sonaba de haberlo visto en aquel momento, pero nunca llegué a leerlo, a pesar de que sus dos protagonistas son dos de mis favoritos de la época. Junto a esto, lo que me llamaba más atención del cómic son sus autores: Howard Mackie, el guionista, es un peso pesado en la Marvel de la época: responsable de la reencarnación del Motorista Fantasma como Danny Ketch, mítico encargado de la sección "tenebrosa" de la editorial, y escritor de miniseries como Gambito o Pícara. Por otro lado tenemos al dibujante, Sam Kieth. ¿Qué decir de él? Una auténtica rara avis en el panorama mainstream del cómic americano, alejado de la anatomía delirante de Rob Liefeld, y más interesado en la distorsión de las formas, la composición excéntrica de las páginas, conectando -de alguna forma inverosímil- con el sí, arte rupestre. Uno de los padres fundadores de la imaginería del Sandman de Gaiman, Kieth sería sobre todo recordado al mudarse a Image para crear su propia serie, The Maxx, con Messner-Loebs.
Pues aquí tenemos a estos dos aclamados titanes de la época (con el añadido del correcto color dado por Mike Thomas) en la clásica historia de enfrentamiento que se vuelve team up, en la que el mutante canadiense, acosado en sus sueños por Pesadilla, tiene sus toma y daca con el simbionte negro. La recuperación de este cómic, que originalmente estaba pensado para compartir páginas con otras historias, y que por tanto tiene un formato más breve de lo habitual en sus capítulos, es sobre todo para el lucimiento de Kieth. Desde las portadas en las que juega con romper los elementos típicos como la cabecera, o las cajetillas de precio y el Comics Code, pasando por las planificaciones de la página -no encontraremos dos iguales- o sus personajes grotescos, con larguísimos cuellos y abultados abdómenes, Kieth se muestra como un orfebre barroco en sus páginas, yuxtaponiendo pinups con cuerpos hiperbólicos, estiramientos imposibles, y llenando de tensión cada viñeta de cada página. La historia en sí misma no tiene mucho tiempo para desarrollarse -y aún menos para no finalizar casi en un deus ex machina-, pero el formato era el que era y los autores crean con lo que tienen un espectáculo de testosterona y sangre que era justo lo que se esperaba de este encuentro. (No en vano Sam Kieth realizaría, más adelante, algunos cómics de Lobo).
Vais a perdonarme que termine esta reseña apelando a mi espíritu adolescente, tal como indicaba al principio de ella: en definitiva, si la vibra de los 90 es tu rollo, si te gusta la visión radical del mainstream que plantea Sam Kieth en cada obra que entrega, o si te llama la atención el choque de dos personajes emblemáticos como Lobezno y Veneno, yo no me lo pensaría más, este cómic es para ti.
30 diciembre 2025
Los mejores cómics de 2025 de Iconotropía [REEDICIONES]
Versus, de Luis Bustos (Astiberri). No me interesa en absoluto el boxeo, pero aquí Luis Bustos, uno de mis autores preferidos del cómic español (me ganó con su Endurance, epopeya helada por la que ambos compartimos devoción), realiza un soberbio ejercicio de estilo, adaptando además un texto de Jack London. La nueva edición es francamente demoledora. [Mi reseña completa aquí]
Astro City, de Kurt Busiek y Brent Anderson (Planeta) Metrobook Edition. Nuevamente una reedición de la obra maestra de Busiek (es la... ¿tercera o cuarta?). Pero esta, aunque no es tan bonita como la que sacó en su momento Norma en tapa dura y sobrecubiertas (que conservo también), sí parecer tener vocación de definitiva porque englobará toda la colección: desde los números clásicos de principios de siglo hasta su final, porque el problema de la de Norma fue que una vez finalizada su edición, la serie original continuó (en nuestro país, creo que editada en tomos por ECC). Si queréis una revisión del mundo de los superhéroes de la mano de uno de sus mayores conocedores, que reflexione sobre todas sus vertientes (la épica, la costumbrista, el sentido del mito, el juego con los estereotipos...), éste es vuestro cómic. [Mi reseña completa aquí]
Spiderman 2099, de Peter David y VVAA (Panini). Este año me he dedicado a recuperar mucho del material de Marvel 2099 en las cabeceras de Doom 2099, Ravage 2099, sobre todo a consecuencia de la reedición del Spiderman 2099 de Peter David. Una serie con sus claros y oscuros (tomo 1, bien; tomo 2, muy bien; tomo 3, bastante mal), fruto de una época. Me queda por recuperar X-Men 2099, Punisher 2099 y Ghost Rider 2099, a los que espero meter mano este 2026. [Mi reseña completa aquí - Tomo 1] [Tomo 2]
Dragon Ball (edición Legend), de Akira Toriyama (Planeta). Este año vino marcado en el apartado de reediciones de manga con la espectacular reedición de Dragon Ball/Bola de Drac en tres suntuosos cofres que compilan en unos 18 tomos todo el manga originalde Toriyama. Toda una elegía a la infancia de los que la vivimos en los 80/90. Hacía como 30 años que no releía Dragon Ball, y me permití el lujo de comprarme esta nueva edición (y la de grapas original se la he dejado a mis hijas para que la lean... Por la segunda relectura va ya mi hija pequeña). Y lo he disfrutado enormemente. Desde varios puntos de vista: el disfrute del trazo de los diferentes Toriyamas, la experiencia de sentirme de nuevo adolescente... En fin, una grata experiencia en una edición francamente fabulosaa. [Explico mi experiencia aquí]
29 diciembre 2025
Los mejores cómics de 2025 de Iconotropía
Como es habitual en esta época, voy a hacer un balance completo de mis lecturas correspondientes a 2025. Este año he alcanzado unas 109 lecturas, muy cerca de las del año pasado (111), y mejorando la tendencia, ya que en 2023 había estado por debajo de 100.
Y como también es habitual en mí, me cuesta hacer una lista larga de los cómics más destacados del año. Cuando leo algo que me gusta, esa lectura tiene que pulsar muchas teclas en mí para que yo sepa que va a entrar en ese selecto grupo de elegidos del año. Y este 2025 es un poco así.
Hay que decir que también he releído mucho, que algunas cosas no se editaron en 2025, que he acompañado en la lectura a mi hija pequeña, repasando los álbums clásicos de Astérix o Els barrufets. También que aquí no se incluyen las reediciones, que van en este post aparte.
Magda, cocinera intergaláctica (3 volúmenes hasta el momento), de Mathilde Van Gheluwe y Nicolas Wouters (Astiberri). Me ha gustado mucho esta serie que en principio está destinada a un público más infantil-juvenil, pero que tiene una lectura adulta muy interesante: el precio de la política, las entretelas de la diplomacia, las agendas ocultas de las grandes potencias, todo disfrazado en una crítica a los shows de cocina de la televisión. Una grandísima serie, llena de originalidad. [Mi reseña completa aquí]
Paul en casa, de Michael Rabagliatti (Astiberri). Soy un gran fan de la serie Paul de Rabagliatti, gracias a mi librero de confianza, Jaume Albertí, de Gotham Comics Mallorca. Esta entrega, la más adulta y cercana a la realidad del autor, me ha parecido de las mejores, quizá porque conecta con mi momento vivencial. Un Paul ya en la cuarentena o cincuentena de su vida, con sus padres enfermos, con sus dudas y manías del trabajo, sus achaques físicos y sus ideas cíclicas. Qué bien narra Rabagliatti, y qué bien dibuja. Junto a Seth, me parece que es el rey del costumbrismo contemporáneo en cómic. [Mi reseña completa aquí]
Cómo los ricos destruyen el planeta, de Hervé Kempf y Juan Mendez (Garbuix Books). Un cómic-documental demoledor sobre la capacidad que tienen los grandes tenedores de saquear nuestro mundo y quedar impunes. Una llamada a la conciencia y a la lucha de clase. Este es el típico ensayo-documental de la bd francesa que te deja noqueado por la dosis de realidad. Un tipo de reflexión que es necesario hacer y no hacemos. Excepcional.[Mi reseña completa aquí]
Parker: la presa, de Stark, Kieran y Headline (Astiberri). Después de leer las adaptaciones que el malogrado Darwyn Cooke, se hacía difícil que alguien pudiera sustituirlo a la misma altura. Pero no: el nuevo tándem que prosigue las adaptaciones de las novelas del personaje de Stark consiguen superar con buena nota su prueba. Una nueva historia de Parker con el inconfundible sabor noir de la serie. Inmensamente disfrutable. [Mi reseña completa aquí]
Bruma, de Carina Sinder y Jerôme Pelissier (Astiberri). Bruma es un cómic LIJ delicioso. En él, encontramos a una niña cuyo pasado misterioso se une con su presente en la voluntad de querer ser una brujita. Dibujo adorabilísimo para esta serie que acaba de empezar a editarse y en Francia es un éxito. Hablando de Bruma, he ampliado la selección de cómics LIJ en mi colaboración anual con Bebé a Mordor. [La puedes leer aquí]
No sé, pero... creo que moriré, de Lorenzo Montatore (Astiberri). Una de las últimas lecturas del año nos devuelve a uno de los mejores talentos jóvenes del cómic español: Lorenzo Montatore. En su última obra, una meditación sobre la muerte desde la perspectiva infantil, Montatore usa su particular estilo que funde el cómic Bruguera, los videojuegos de los 80, y ahora también experimenta con el collage y materiales más analógicos. Una gozada. [Mi reseña completa aquí]
Ahora que veo este top, parece que estoy a sueldo de Astiberri: os juro que no es así. Así han venido dadas durante el año, simplemente. Editoriales que leáis esto, si confiáis en mi criterio, y pensáis que el año que viene vuestros cómics podrían estar en mi selección, no tenéis más que escribirme. Soy un ser humano normal y tengo un límite de lecturas, tanto por tiempo como por dinero.
17 diciembre 2025
12 cómics que regalar esta Navidad
¿Qué es una Navidad sin cómics? Aquí os dejo una selección ampliada de la que hice previamente para Papel en Blanco, con una selección de tebeos, novelas gráficas, mangas, cómics, como queráis llamarlos, que os pueden inspirar un regalo:
08 diciembre 2025
'El laberinto del Cuco', de Max (La Cúpula)
El mallorquín de adopción ha sido siempre un enamorado del mito, y, consecuentemente, el concepto de laberinto resulta a Max muy grato. Cirlot decía que el laberinto "es una construcción arquitectónica, sin aparente finalidad, de complicada estructura y de la cual una vez en su interior, es muy difícil encontrar la salida". Su simbolismo plantea la necesidad de alcanzar un centro, un espacio de verdadera paz. Y esto es lo que en la instalación de Fira Tàrrega se planteaba. Mediante la urraca de Max, un personaje-tótem en algunas de sus últimas obras, vamos serpenteando por los caminos (y las alternativas narrativas) que el autor nos plantea. En ellas, aparecen todos los elementos habituales de la actual estética de Max: la simpleza pero energía de su trazo, la alondra, el desierto, el bosque ululante... Y, en el centro del laberinto, la paz, el sosiego, después de toda las abracadabrantes peripecias de nuestra protagonista.
Si la instalación en Tàrrega ya debió de constituir para Max un desafío a la hora de integrar el espacio físico con la narrativa en laberinto que quería contar, me imagino que el hecho de convertir esa experiencia peripatética del visitante en un libro debió de ser doblemente desafiante. Sobre todo, porque al tener que encerrar entre los pliegos de un cómic la sensación de laberinto, el autor justamente buscaba que en su centro -el centro físico del libro- también se albergara el corazón del laberinto. Para adoptarlo a sus páginas y su necesaria correlación de hojas, Max tiene que optar por un formato parecido al de los Elige tu propia aventura, saltando de página en página para simular los vericuetos del laberinto.
El laberinto del Cuco es un intercambio entre diferentes artes y un experimento muy del agrado del cronopio de Max, que implica al lector hasta un punto en que (originalmente) el cómic no puede: que entre, literalmente, dentro de la obra, que participe de ella con sus idas y venidas, que se vea envuelto en los lienzos, y, en suma, que interactúe con la narrativa secuenciada, el cómic, de una forma nueva. Por este tipo de iniciativas es por lo que Max es uno de nuestros activos más importantes en el cómic de nuestro país.
06 diciembre 2025
'No sé, pero... creo que moriré', de Lorenzo Montatore (Astiberri)
Montatore es un autor incómodo. No se conforma con investigar un estilo, sino que cada una de sus obras anteriores es diferente en el acabado. Y sin embargo, en todas encontramos un denominador común, que no sólo es estético, sino también temática. En No sé, pero... creo que moriré encontramos trazas de una de sus obras anteriores, Queridos difuntos, en la que la muerte desea saber qué es aquello que tiene la vida que hace tanto temer a los seres humanos su visita, por lo que baja a convivir con ellos y saber qué sienten. En la nueva obra, nos encontramos dos planos, dos personajes que funcionan como un espejo entre la vida y la muerte: un niño descubriendo la muerte y un fantasmita recordando la vida.
En una primera lectura podríamos no atender a la profundidad del tema y tan sólo apreciar las bondades de la técnica de collage que Montatore usa y que lleva su obra a un nuevo nivel, emparentándola con las técnicas de composición dadaísta. En esa primera lectura podríamos pensar que la anécdota, la trama es en sí misma anodina, pero nada más lejos de la realidad. A pesar de su apariencia naïf, el cómic lleva una carga filosófica y reflexiva de admirar. Por un lado tenemos a un niño, aficionado a dibujar, que se va encontrando en diversas ocasiones, con la muerte: en el entierro de la sardina, casi como un ensayo ficticio, y luego con el fallecimiento de personas cercanas, lo que le lleva inevitablemente a pensar en su propia muerte. Por otro, tenemos a un fantasmita, que revisita lugares desiertos (la isla de un náufrago, una ciudad sin habitantes) y en los que intuimos la soledad de los muertos. El ectoplasma parece recrear su vida pasada y contemplar la vida, seguir los pasos de su carnoso doble. Porque ambos son las dos caras de la misma moneda. E incluso el lector tiene un par de pistas para saber cómo uno se convirtió en el otro.
Qué solos se quedan los muertos, decía Bécquer. Y qué pequeños, qué aturullados nos quedamos los vivos cuando somos conscientes de nuestra finitud, de que algún día cruzaremos el umbral. Montatore, creo, es en No sé, pero... creo que moriré más autobiográfico que nunca, más onírico. En un riguroso blanco y negro encontramos aquí técnica salvajemente mixta: rotuladores, bolis, papeles recortados, fotografía, textos mecanografiados, escultura... Todo contribuye a darle cuerpo a esta reflexión inesperada. Montatore vuelve a superarse a sí mismo. Este nuevo cómic es su título más redondo y un firme candidato a uno de los cómics del año.













