Este año retomo este top por la cantidad de notables reediciones que he leído. No se trata de material nuevo, sino de material que ha vuelto en nueva edición, en algunas ocasiones con material extra, para celebrar la obra original. Para mí, estas han sido las mejores lecturas de material reeditado. Y recordad que esta lista se limita a lo que buenamente, como mortal, he podido leer este año.
Versus, de Luis Bustos (Astiberri). No me interesa en absoluto el boxeo, pero aquí Luis Bustos, uno de mis autores preferidos del cómic español (me ganó con su Endurance, epopeya helada por la que ambos compartimos devoción), realiza un soberbio ejercicio de estilo, adaptando además un texto de Jack London. La nueva edición es francamente demoledora. [Mi reseña completa aquí]
Astro City, de Kurt Busiek y Brent Anderson (Planeta) Metrobook Edition. Nuevamente una reedición de la obra maestra de Busiek (es la... ¿tercera o cuarta?). Pero esta, aunque no es tan bonita como la que sacó en su momento Norma en tapa dura y sobrecubiertas (que conservo también), sí parecer tener vocación de definitiva porque englobará toda la colección: desde los números clásicos de principios de siglo hasta su final, porque el problema de la de Norma fue que una vez finalizada su edición, la serie original continuó (en nuestro país, creo que editada en tomos por ECC). Si queréis una revisión del mundo de los superhéroes de la mano de uno de sus mayores conocedores, que reflexione sobre todas sus vertientes (la épica, la costumbrista, el sentido del mito, el juego con los estereotipos...), éste es vuestro cómic. [Mi reseña completa aquí]
Spiderman 2099, de Peter David y VVAA (Panini). Este año me he dedicado a recuperar mucho del material de Marvel 2099 en las cabeceras de Doom 2099, Ravage 2099, sobre todo a consecuencia de la reedición del Spiderman 2099 de Peter David. Una serie con sus claros y oscuros (tomo 1, bien; tomo 2, muy bien; tomo 3, bastante mal), fruto de una época. Me queda por recuperar X-Men 2099, Punisher 2099 y Ghost Rider 2099, a los que espero meter mano este 2026. [Mi reseña completa aquí - Tomo 1] [Tomo 2]
Dragon Ball (edición Legend), de Akira Toriyama (Planeta).Este año vino marcado en el apartado de reediciones de manga con la espectacular reedición de Dragon Ball/Bola de Drac en tres suntuosos cofres que compilan en unos 18 tomos todo el manga originalde Toriyama. Toda una elegía a la infancia de los que la vivimos en los 80/90. Hacía como 30 años que no releía Dragon Ball, y me permití el lujo de comprarme esta nueva edición (y la de grapas original se la he dejado a mis hijas para que la lean... Por la segunda relectura va ya mi hija pequeña). Y lo he disfrutado enormemente. Desde varios puntos de vista: el disfrute del trazo de los diferentes Toriyamas, la experiencia de sentirme de nuevo adolescente... En fin, una grata experiencia en una edición francamente fabulosaa. [Explico mi experiencia aquí]
Como es habitual en esta época, voy a hacer un balance completo de mis lecturas correspondientes a 2025. Este año he alcanzado unas 109 lecturas, muy cerca de las del año pasado (111), y mejorando la tendencia, ya que en 2023 había estado por debajo de 100.
Y como también es habitual en mí, me cuesta hacer una lista larga de los cómics más destacados del año. Cuando leo algo que me gusta, esa lectura tiene que pulsar muchas teclas en mí para que yo sepa que va a entrar en ese selecto grupo de elegidos del año. Y este 2025 es un poco así.
Hay que decir que también he releído mucho, que algunas cosas no se editaron en 2025, que he acompañado en la lectura a mi hija pequeña, repasando los álbums clásicos de Astérix o Els barrufets. También que aquí no se incluyen las reediciones, que van en este post aparte.
Paul en casa, de Michael Rabagliatti (Astiberri). Soy un gran fan de la serie Paul de Rabagliatti, gracias a mi librero de confianza, Jaume Albertí, de Gotham Comics Mallorca. Esta entrega, la más adulta y cercana a la realidad del autor, me ha parecido de las mejores, quizá porque conecta con mi momento vivencial. Un Paul ya en la cuarentena o cincuentena de su vida, con sus padres enfermos, con sus dudas y manías del trabajo, sus achaques físicos y sus ideas cíclicas. Qué bien narra Rabagliatti, y qué bien dibuja. Junto a Seth, me parece que es el rey del costumbrismo contemporáneo en cómic. [Mi reseña completa aquí]
Cómo los ricos destruyen el planeta, de Hervé Kempf y Juan Mendez (Garbuix Books). Un cómic-documental demoledor sobre la capacidad que tienen los grandes tenedores de saquear nuestro mundo y quedar impunes. Una llamada a la conciencia y a la lucha de clase. Este es el típico ensayo-documental de la bd francesa que te deja noqueado por la dosis de realidad. Un tipo de reflexión que es necesario hacer y no hacemos. Excepcional.[Mi reseña completa aquí]
Parker: la presa, de Stark, Kieran y Headline (Astiberri). Después de leer las adaptaciones que el malogrado Darwyn Cooke, se hacía difícil que alguien pudiera sustituirlo a la misma altura. Pero no: el nuevo tándem que prosigue las adaptaciones de las novelas del personaje de Stark consiguen superar con buena nota su prueba. Una nueva historia de Parker con el inconfundible sabor noir de la serie. Inmensamente disfrutable. [Mi reseña completa aquí]
Bruma, de Carina Sinder y Jerôme Pelissier (Astiberri). Bruma es un cómic LIJ delicioso. En él, encontramos a una niña cuyo pasado misterioso se une con su presente en la voluntad de querer ser una brujita. Dibujo adorabilísimo para esta serie que acaba de empezar a editarse y en Francia es un éxito. Hablando de Bruma, he ampliado la selección de cómics LIJ en mi colaboración anual conBebé a Mordor. [La puedes leer aquí]
No sé, pero... creo que moriré, de Lorenzo Montatore (Astiberri). Una de las últimas lecturas del año nos devuelve a uno de los mejores talentos jóvenes del cómic español: Lorenzo Montatore. En su última obra, una meditación sobre la muerte desde la perspectiva infantil, Montatore usa su particular estilo que funde el cómic Bruguera, los videojuegos de los 80, y ahora también experimenta con el collage y materiales más analógicos. Una gozada. [Mi reseña completa aquí]
Ahora que veo este top, parece que estoy a sueldo de Astiberri: os juro que no es así. Así han venido dadas durante el año, simplemente. Editoriales que leáis esto, si confiáis en mi criterio, y pensáis que el año que viene vuestros cómics podrían estar en mi selección, no tenéis más que escribirme. Soy un ser humano normal y tengo un límite de lecturas, tanto por tiempo como por dinero.
¿Qué es una Navidad sin cómics? Aquí os dejo una selección ampliada de la que hice previamente para Papel en Blanco, con una selección de tebeos, novelas gráficas, mangas, cómics, como queráis llamarlos, que os pueden inspirar un regalo:
Río Veneno, de Beto Hernandez (La Cúpula, 2025). La Cúpula sigue su planificación de traernos en magníficos tomos toda la obra de los hermanos Hernandez: Locas, Palomar… Y en este tomo, Beto sigue ampliando el universo de sus personajes de Palomar con un volumen dedicado a la poliédrica Luba. Este tomo aúna el melodrama y el noir de sangre caliente, que desembocará en la mayoría de edad de nuestra protagonista, cuando el destino la lleve a instalarse en un pueblo llamado Palomar. Una historia llena de sexo y áspero costumbrismo made in Hernandez Bros.
Historia de Jerusalén, de Vincent Lemire y Christophe Gaultier (Garbuix Books, 2024). En un momento en el que Israel está en los noticiarios de todo el planeta, quizá no es mala idea tener una perspectiva histórica de qué ha sido de Jerusalén durante sus casi 4000 años de historia. Esto es lo que pretenden Vincent Lemire y Christophe Gaultier, en esta titánica novela gráfica: aunar milenios de sucesos para narrarnos la historia de una ciudad entre el desierto y el Mediterráneo, donde se han sucedido invasiones, guerras y asedios. Nada es dejado al azar o inventado: escenas y diálogos prodecen de más de 200 fuentes publicadas y archivos inéditos, para dar cuerpo a esta narración coral que ha llevado seis años de trabajo a sus autores. Un trabajo titánico que, como plus, está firmado en los dibujos por el genio de Christophe Gaultier.
Bienvenido al mundo, de Miguel Brieva (Astiberri, 2025). Hay algo en las páginas de Brieva que fascina. Quizá es la conjunción de su dibujo, que hace hincapié en lo feísta, en la recreación general del territorio de la sinrazón, del exceso barroco de sus composiciones -con una cantidad exagerada de textos de apoyo, notas o profusos diálogos-, junto a la denuncia sistemática de la cara más oscura de la publicidad, el corporativismo, las religiones organizadas, el sistema político, la especulación inmobiliaria… No hay tema que Brieva no sacuda de forma crítica. En esta nueva edición aumentada de Bienvenido al mundo, una especie de versión acidísima del Diccionario del Diablo de Bierce, Brieva hace un cáustico resumen de nuestra sociedad ultratecnificada y, sobre todo, deshumanizada.
Astérix en Lusitania, de Fabcaro y Conrad (Salvat, 2025). Como ya comentamos en su reseña aquí,Astérix en Lusitania, el nuevo álbum del irreductible galo publicado este año, de manos del tándem de autores actual, Fabcaro y Didier Conrad, es un digno sucesor de las aventuras originales. En esta entrega, Astérix y Obélix viajan a Portugal para intentar librar a un inocente de una acusación por haber intentado envenenar a César. Divertidos anacronismos, una trama simpática, y un Conrad que es el mejor heredero de Uderzo que uno puede imaginar.
Historias de la guerra: Castillos en el cielo, de Garth Ennis y Matt Martin (Aleta, 2025). Si conocéis a Garth Ennis sabréis ya de su interés por contar historias bélicas. Alejado de su lado más gamberro, Ennis ha construido en su cabecera War Stories una serie de relatos (muchos de ellos basados en historias reales) que, más que apelar a la épica, buscan retratar el absurdo de la guerra y cómo el ser humano reacciona ante situaciones tan extremas como esa. En esta nueva serie perteneciente a Historias de la guerra, titulada Castillos en el cielo, Ennis deja a la infantería y nos lleva a las tensas e imprevisibles batallas aéreas en la II Guerra Mundial, con el testimonio de aguerridos pilotos manejando verdaderas fortalezas volantes, y nunca sabiendo si ese vuelo sería el último. Ennis en su faceta más interesante, sin duda.
Siempre hay una primera vez, de Dan Santat (Maeva Young, 2025). Una nueva incorporación al catálogo de cómic de Maeva Young de este año es la obra de Dan Santat Siempre hay una primera vez, ganadora del National Book Award de 2023 y candidata al Eisner 2024 en la categoría de Memoria Gráfica. Se trata de una tierna novela gráfica donde el autor vuelve sobre los recuerdos de su viaje de estudios siendo estudiante. Ese viaje a Europa para un muchachito como él representa una especie de coming of age, un viaje que no es sólo en el espacio, sino hacia el portal de hacerse un adulto, lo que incluye el primer amor, las primeras decepciones… En fin, que, como reza el título, siempre hay una primera vez, y a veces es buena, y otras es mala, y de ambas maneras está bien que así sea. Dibujo amable y sencillo, trama simpática… Uno de esos cómics con los que Maeva, como siempre, acierta.
Bruma: 1. El despertar del dragón, de Jerôme Pelissier y Carine Hinder (Astiberri, 2025). Bruma es una niña a la que encuentran en el bosque. Y su pequeña obsesión es convertirse en bruja. Pero, ¿y si realmente fuera una bruja? Esta nueva serie gala se ganará vuestros corazoncitos ya desde la portada, y es que el arte de Carine Hinder es espectacular: spooky-cute, halloweenesco y absolutamente arrollador. Y la historia es una de esas que tiene en los lectores más jóvenes su mejor público. Todo un descubrimiento y una serie que llega ya laureadísima desde el país vecino.
Mortadeluxe, de Francisco Ibáñez (Bruguera, 2023).
Penguin Random House en su sello Bruguera está reeditando con mucho
tino algunas de las obras maestras del cómic español clásico, y en Mortadeluxe tenemos un ejemplo de ello. Este tomo contiene algunas de las mejores historias del personaje de Mortadelo: El sulfato atómico, Valor y al toro! y Chapeau el esmirriau, álbumes que significaron un antes y un después en la obra de Ibáñez y en el cómic nacional.
Aquí donde estoy, de María Castro y Tyto Alba (Astiberri, 2025). "Aquí donde estoy" era lo que escribían en sus cartas los soldados de la guerra civil española que estaban en el frente para ocultar su posición. Gabriel León Honrubia (1920–2021) luchó con tan solo 18 años en la batalla del Ebro como parte de la llamada "quinta del biberón" del ejército republicano. Ésta es la historia que María Castro ha rescatado y que Tyto Alba, tan dado a realizar memorias gráficas de este tipo, ha ilustrado con su habitual estilo. Un pedacito de la memoria histórica rescatada con muy buen tino y muy buen pulso. Incluye documentación real de la historia del protagonista.
Shade, el hombre cambiante, de Peter Milligan y VVAA (Panini, 2025). Éste es uno que posiblemente me autorregale. Un clásico de la proto-línea Vértigo de DC está de vuelta gracias a la reedición en tomos de Panini. Una reinvención del personaje creado por Steve Ditko que ayudó a catapultar a su guionista, el aclamado más tarde Peter Milligan e ilustrada por el legendario y añorado Chris Bachalo.
Las montañas de la locura (dos tomos), de Gou Tanabe (Planeta, 2021). Gou Tanabe ha acabado siendo conocido por las adaptaciones de la obra de H.P. Lovecraft, y no es para menos: en él se funde el terror ominoso del autor de Providence con el trazo realista pero a la vez lisérgico del japonés. Este año hemos podido leer la adaptación de uno de los pocos textos largos de Lovecraft, su novela Las montañas de la locura, una continuación natural del libro Narración de Arthur Gordon Pym de Poe.
Locas (integral 1), de Jaime Hernandez (La Cúpula, 2025). Beto no es el único Hernandez representado en esta lista, porque su hermano Jaime también está de reedición en La Cúpula. Además del también destacable Dibujo del natural, donde encontramos a las protagonistas en el presente, Locas nos presenta el inicio de todo: la saga de cómics que mezclaba costumbrismo con ciencia-ficción descabellada, aventura y romance, y donde conocíamos a Maggie Chascarrillo, Hopey, Tonta y todas las mujeres esculpidas por Jaime Hernandez. Con un sorprendente sincretismo, Jaime a veces es un poco Crumb, un poco Frazzetta, un poco cómic de Archie... pero de esta amalgama emerge una obra muy personal y reconocible.
Max es un autor que nunca se ha conformado con permanecer en su espacio seguro. Todas y cada una de las obras que ha publicado han sido siempre un paso adelante en la consecución de una estética personal, trabajada con ahínco desde sus inicios en el underground, y dando cada vez más énfasis a la depuración de los elementos gráficos, casi como un Juan Ramón Jiménez comiquero. Hemos hablado ya aquí muchas veces de este proceso. Es Max, además, un autor que se ha prestado al intercambio entre otras disciplinas aledañas al cómic. Y no es de extrañar, luego, que se aliara con la compañía de artes Itinerània, que, desde 2006, reivindica en sus obras la calle como espacio de encuentro. De esta feliz simbiosos naceEl laberinto del Cuco una instalación, un cómic inmersivo, que originalmente se plantó en la calle (en Tàrrega, Catalunya) y que, en forma de laberinto, se convertía en una experiencia narrativa para el lector, que seguía los dibujos a través de los panales instalados en unos caminos que se bifurcaban.
El mallorquín de adopción ha sido siempre un enamorado del mito, y, consecuentemente, el concepto de laberinto resulta a Max muy grato. Cirlot decía que el laberinto "es una construcción arquitectónica, sin aparente finalidad, de
complicada estructura y de la cual una vez en su interior, es muy
difícil encontrar la salida". Su simbolismo plantea la necesidad de alcanzar un centro, un espacio de verdadera paz. Y esto es lo que en la instalación de Fira Tàrrega se planteaba. Mediante la urraca de Max, un personaje-tótem en algunas de sus últimas obras, vamos serpenteando por los caminos (y las alternativas narrativas) que el autor nos plantea. En ellas, aparecen todos los elementos habituales de la actual estética de Max: la simpleza pero energía de su trazo, la alondra, el desierto, el bosque ululante... Y, en el centro del laberinto, la paz, el sosiego, después de toda las abracadabrantes peripecias de nuestra protagonista.
Si la instalación en Tàrrega ya debió de constituir para Max un desafío a la hora de integrar el espacio físico con la narrativa en laberinto que quería contar, me imagino que el hecho de convertir esa experiencia peripatética del visitante en un libro debió de ser doblemente desafiante. Sobre todo, porque al tener que encerrar entre los pliegos de un cómic la sensación de laberinto, el autor justamente buscaba que en su centro -el centro físico del libro- también se albergara el corazón del laberinto. Para adoptarlo a sus páginas y su necesaria correlación de hojas, Max tiene que optar por un formato parecido al de los Elige tu propia aventura, saltando de página en página para simular los vericuetos del laberinto.
El laberinto del Cuco es un intercambio entre diferentes artes y un experimento muy del agrado del cronopio de Max, que implica al lector hasta un punto en que (originalmente) el cómic no puede: que entre, literalmente, dentro de la obra, que participe de ella con sus idas y venidas, que se vea envuelto en los lienzos, y, en suma, que interactúe con la narrativa secuenciada, el cómic, de una forma nueva. Por este tipo de iniciativas es por lo que Max es uno de nuestros activos más importantes en el cómic de nuestro país.
Lorenzo Montatore es sinónimo de fusión de tradición con vanguardia. Así, de primeras, se me ocurre que habría sido un genial miembro de la generación del 27, porque sabe recoger los elementos del cómic popular español, de esas lecturas que seguramente hizo de pequeño, y adapta su gramática y su estética a sus intenciones reflexivas. El resultado son siempre cómics brillantes, atrevidos, que buscan lidiar con los límites del noveno arte. Este mes, Astiberri presenta la nueva obra de este autor: No sé, pero... creo que moriré.
Montatore es un autor incómodo. No se conforma con investigar un estilo, sino que cada una de sus obras anteriores es diferente en el acabado. Y sin embargo, en todas encontramos un denominador común, que no sólo es estético, sino también temática. En No sé, pero... creo que moriré encontramos trazas de una de sus obras anteriores, Queridos difuntos, en la que la muerte desea saber qué es aquello que tiene la vida que hace tanto temer a los seres humanos su visita, por lo que baja a convivir con ellos y saber qué sienten. En la nueva obra, nos encontramos dos planos, dos personajes que funcionan como un espejo entre la vida y la muerte: un niño descubriendo la muerte y un fantasmita recordando la vida.
En una primera lectura podríamos no atender a la profundidad del tema y tan sólo apreciar las bondades de la técnica de collage que Montatore usa y que lleva su obra a un nuevo nivel, emparentándola con las técnicas de composición dadaísta. En esa primera lectura podríamos pensar que la anécdota, la trama es en sí misma anodina, pero nada más lejos de la realidad. A pesar de su apariencia naïf, el cómic lleva una carga filosófica y reflexiva de admirar. Por un lado tenemos a un niño, aficionado a dibujar, que se va encontrando en diversas ocasiones, con la muerte: en el entierro de la sardina, casi como un ensayo ficticio, y luego con el fallecimiento de personas cercanas, lo que le lleva inevitablemente a pensar en su propia muerte. Por otro, tenemos a un fantasmita, que revisita lugares desiertos (la isla de un náufrago, una ciudad sin habitantes) y en los que intuimos la soledad de los muertos. El ectoplasma parece recrear su vida pasada y contemplar la vida, seguir los pasos de su carnoso doble. Porque ambos son las dos caras de la misma moneda. E incluso el lector tiene un par de pistas para saber cómo uno se convirtió en el otro.
Qué solos se quedan los muertos, decía Bécquer. Y qué pequeños, qué aturullados nos quedamos los vivos cuando somos conscientes de nuestra finitud, de que algún día cruzaremos el umbral. Montatore, creo, es en No sé, pero... creo que morirémás autobiográfico que nunca, más onírico. En un riguroso blanco y negro encontramos aquí técnica salvajemente mixta: rotuladores, bolis, papeles recortados, fotografía, textos mecanografiados, escultura... Todo contribuye a darle cuerpo a esta reflexión inesperada. Montatore vuelve a superarse a sí mismo. Este nuevo cómic es su título más redondo y un firme candidato a uno de los cómics del año.
Retomo una costumbre que tenía anteriormente, y es ojear las
novedades de algunos boletines de editoriales y recomendar lo que yo
compraría. Vamos con las novedades propuestas por Panini, que engloban
tanto DC como Marvel, porque hay mucho material interesante este mes:
Para empezar, esta serie completa (14 números) de Night Force, con un tándem mítico: Marv Wolfman y Gene Colan. Esto tiene aroma clásico sin duda, y no tengo ni idea de qué es. Parece una serie de aventura con tintes de terror y sello muy old school.
Esto pensaba que era reedición, pero ahora no sé si es material nuevo: la serie deZatanna: Bring Down the House (Abajo la sala), y de nuevo el interés aquí está en qué hacen los dos autores con este personaje menor de DC: Mariko Tamaki (que ya ha trabajado en el mainstream con Harley Quinn, pero que es más conocida por sus novela gráficas más indies, Roaming la última de ellas) y el gran Javier Rodríguez (enorme en Daredevil). Y aquí tenemos a este personaje relacionado con la magia malgastando su talento en Las Vegas... hasta que empiezan los problemas.
Aquí, en cambio, me inclino no por los autores, sino por un personaje al que tengo debilidad: desde su etapa con Sienkiewicz, a la maravillosa de Warren Ellis, me fascina. ¿Qué tal probar con esta nueva serie de Caballero Luna: El puño de Khonshu, de Jed MacKay y Alessandro Cappuccio? Por lo que veo, esto es una nueva serie (¿limitada o abierta?) de los autores que actualmente están trabajando con el personaje de Marc Spector.
Una recuperación de material noventero que se reedita de forma independiente: Lobezno: fauces y garras (o viceversa), de Howard Mackie y Sam Kieth (The Maxx, Sandman). Sólo por el arte siempre hiperbólico de Kieth, esta rareza ya vale la pena, aparte de tener como protagonistas a dos de los personajes con más tirón de Marvel.
Y aquí viene otro tocho con muy buena pinta, si bien es cierto que de Jason Aaron, del que me encantó Scalped, apenas he leído nada en su amplio paso por el cómic de superhéroes. En este tomaco recopilatorio (23 números) une fuerzas con Steve Dillon, un autor que no es muy santo de mi devoción, pero bueno, también firma Roland Boschi (autor de la portada, imagino, porque ése no es Dillon).
Otra reedición interesante, y es que por fin aparece un Omnibus de Miracle Man, sin mencionar obviamente al "guionista original", al señor Alan Moore, que hace años que decidió distanciarse de obras como ésta.
Y finalmente, una nueva reedición de esta obra de género noir de Brubaker y Phillips, que ya conCriminal, Fate y el resto de sus obras han demostrado dominar totalmente. En este The Fade Out vuelven a unir fuerzas para contar una historia ambientada en la época dorada de Hollywood
Ésta es mi pequeña gran selección, pero si queréis consultar el resto de novedades de diciembre de Panini, las podéis ver aquí.
Astérix vuelve con una
nueva aventura, de la mano de Fabcaro y Didier Conrad, el actual
tándem que se encarga de los nuevos álbums de los irreductibles
galos (El lirio blanco), tras haber finalizado como guionista Jean-Yves Ferri (Astérix tras las huellas del grifo, Astérix y los pictos). En esta ocasión, Astérix y Obélix
son requeridos en Lusitania (Portugal) para intentar liberar al padre
de una joven que ha sido acusado falsamente de haber intentado
envenenar a César.
En Astérix en Lusitaniaencontraremos el mismo humor blanco de siempre, los
nombres graciosos, las ocasionales críticas a fenómenos
contemporáneos o a personajes de la vida real caricaturizados. Y
mención aparte hay que hacer para el entrañable y divertido retrato
del carácter portugués y lisboeta, la melancolía y la “alegre
tristeza” de la saudade, o sus tradiciones gastronómicas, que
tanto enervan a Obélix.
Fabcaro demuestra que ha aprendido bien la lección de
Goscinny, y el álbum respira el aroma clásico de las aventuras de
los dos personajes, en la línea de Astérix en Hispania, mientras que ya con muchos álbums a su espalda, Didier Conrad demuestra que es el heredero natural de Uderzo, y que con él el estilo de la serie está completamente preservado. Personalmente, me sorprende el tono agrio con que otras reseñas han escrito sobre este álbum. En Astérix en Lusitania no hay ni más ni menos que lo que esperamos encontrar en un álbum de Astérix. A mí me ha parecido divertida la parodia de las costumbres lusitanas (como siempre ha hecho la saga, incluso cuando nos retrataba a los hispanos), aunque sí es cierto que Conrad podría haber aprovechado para caricaturizar algún personaje de la vida real que fuera portugués (entiendo que el lector francés tendrá poco conocimiento de personalidades lusas, pero ni que fuera Cristiano Ronaldo), ya que el que sí encontramos satirizado es un émulo del presidente italiano Berlusconi.
Este nuevo aporte a la saga no decepcionará
en absoluto a ningún fan de la saga y confirma que los personajes
tienen mejor salud que nunca.
K. O'Neill lo ha vuelto a hacer. Desde que publicó en 2018 La sociedad de dragones de té (La Cúpula) he ido escribiendo sobre las obras que se han ido editando en castellano de este autore. Ya en aquella ocasiones, y en las siguientes partes de la saga remarqué que O'Neill tiene un estilo muy característico de contar historias. De forma sosegada, con la naturaleza como personaje importante en cada una de sus obras, y sin un "enemigo" al que enfrentarse, esto es, sin un personaje que se enfrente al protagonista.
Y esto es porque O'Neill ha aprendido muy bien la lección de Miyazaki. Siguiendo su estela, nos ha contado historias sosegadas, reflexivas, intimistas, en las que la adversidad viene dada por el conflicto interior de los personajes. Y este conflicto será resuelto con la ayuda de la comunidad que envuelve al personaje.
Esto es lo bonito de las obras de O'Neill: su esperanzador humanismo, su optimismo. Ambientadas todas sus obras en una época y en un tiempo mítico, esa naturaleza que reina en todo su esplendor, donde los seres humanos viven en armonía con su entorno, ofrece un punto de partida sobre el que empezar a construir de nuevo las relaciones entre los seres vivos. ¿Es escapismo quizá? ¿O sólo idealismo? No lo sé, pero tampoco es importante. En todas sus obras (Bahía Acuicornio, Érase una vez dos princesas) estos principios se mantienen como señas de identidad de le autore.
De esta manera, Una canción para dos se ambienta en un paraje que, supongo, comparte el universo fantástico de sus anteriores obras -al menos en espíritu- y donde conocemos a Rose, una joven que se prepara para las pruebas de guardabosques. Antes de obtener sus honores, es enviada a cuidar de un despreocupado pastor de ovejas, Leone. Éste parece más resuelto a tocar el violín para sí mismo que a cuidar de sus rebaños. Ambos tienen algo que les reconcome, y juntos, conociéndose, darán con la clave para solucionar ese malestar.
Una canción para dos, de nuevo, es un cómic que hace de la inclusión un estandarte invisible, un factor muy importante que es utilizado con naturalidad, sin ninguna estridencia, en este contexto que he mencionado antes que es como borrón y cuenta nueva para contar historias tiernas que hablan de la identidad: de quiénes somos, de cómo nos ven los demás, de qué piensan los demás de nosotros y cómo sentirnos a gusto con nosotros mismos.
Estilísticamente, Kay O'Neill no ha dejado de avanzar: su trazo (en esta ocasión con un pincel que simula el lápiz y un uso limitado pero muy inteligente del color -otro préstamo de Miyazaki) es delicado, lo que hoy llaman cozy o cute, y ha aprendido del manga la lección de la planificación de encuadres que subraya la importancia de la naturaleza en esos planos que anticipan la entrada de los personajes.
En suma: Una canción para dos. Una magnífica adición a la obra de le autore, una lección de sensibilidad y de buen pulso narrativo.
Hervé Kempf en Cómo los ricos saquean el planeta (y cómo impedírselo) hace fácil lo que es en apariencia muy complicado: traza un historia de la lucha de clases en apenas unas páginas y luego, con una serie de aportaciones documentales demoledoras, pasa a explicar el propio título del cómic. Y es que en un mundo en el que el capitalismo ha pisado el acelerador del agotamiento de los recursos limitados del planeta, esta obra, que pone en su lugar el importante papel de los que más tienen (y que no hacen nada para cambiar la deriva de los acontecimientos), debería ser lectura obligatoria para cualquier escolar al final de su etapa obligatoria. Juan Mendez pone dibujos a la tesis de Kempf: la ostentación, el despilfarro y la nula empatía de los que han sido corrompidos por la ultrarriqueza impide cualquier cambio en el statu quo y en la lucha por salvar el medioambiente. Esto no será así, añado yo, hasta que una gran parte de la población sea consciente de ello, deje de ser servil con los ultrarricos, y pida a sus políticos que pongan en cintura a esas grandes fortunas. Cómic muy valiente, didáctico, explicado de forma muy sencilla para llegar al máximo de lectores, y que se hace muy necesario hoy en día. Al mismo tiempo, muy incómodo: nos recuerda la importancia de la lucha de clases. No será bien visto por el sector antivacunas-terraplanista-sí a las IAs que piensa que el cambio climático es una chufa inventada por cuatro abrazaárboles. Si saben leer sin tener ese sesgo planeticida, no lo duden: de lo mejor de 2025.
Darryl Cunningham es una de las voces más incisivas del panorama contemporáneo del cómic británico. Autor e ilustrador con una fuerte vocación divulgativa, su obra transita con soltura por los territorios del ensayo gráfico y el periodismo ilustrado y la autobiografía, abordando cuestiones incómodas sobre nuestra sociedad o la política, desde una perspectiva crítica, racional y empática.
Cunningham inició su carrera con una fuerte impronta autobiográfica. Su primer gran reconocimiento llegó con Psychiatric Tales (2011), una colección de historias basada en su experiencia trabajando en una unidad psiquiátrica, así como en su propia lucha contra la depresión. Esta obra marcó muchas de las constantes temáticas y formales que caracterizan su producción: la preocupación por el conocimiento riguroso, la denuncia de los estigmas sociales, y un estilo gráfico deliberadamente sobrio, funcional, casi didáctico, que pone al servicio de la claridad narrativa por encima del virtuosismo estético.
Posteriormente, Cunningham se consolidó como un autor de cómic documental, con obras como Science Tales (2014), donde desmonta con rigor científico algunas de las teorías conspirativas más populares —desde el negacionismo del cambio climático hasta las pseudociencias—; más recientemente, ha abordado temas de geopolítica y autoritarismo en obras como La Rusia de Putin (2021), una escalofriante crónica del ascenso del autoritarismo en la Rusia contemporánea. En todos estos trabajos, su dibujo —esquemático, de líneas claras, a menudo monocromático con acentos de color simbólico— actúa como una interfaz visual que facilita la comprensión de ideas complejas sin renunciar a la carga emocional del relato.
Con Elon Musk: retrato de un oligarca, Cunningham selecciona a un personaje que podría definir perfectamente los vaivenes de los últimos años en las sociedades capitalistas modernas. Porque para hablar del presente y del futuro inmediato de EEUU y de todo Occidente es inevitable citar al hombre más rico del mundo, y quizá el más polémico y odiado.
Cunningham disecciona la bibliografía del billonario partiendo de su árbol genealógico: su abuelo fue un conocido tecnócrata, que más tarde apoyó fervientemente el apartheid cuando se mudó a Sudáfrica. Elon nació en el seno de una familia acomodada de Pretoria, lo que le brindó ventajas significativas a lo largo de su carrera. Gracias a su posición privilegiada, pudo estudiar en universidades de prestigio y mudarse joven a Canadá y luego a Estados Unidos. En 1995, junto a su hermano, fundó Zip2, una empresa que fue vendida por cientos de millones a Compaq apenas cuatro años después. Esa base económica le permitió impulsar una serie de proyectos de alto riesgo y capital intensivo: fundó X.com, que luego se transformó en PayPal; y, tras su venta a eBay, canalizó su creciente fortuna en iniciativas como SpaceX, Tesla, SolarCity, Neuralink, The Boring Company, y OpenAI. Las inversiones de organismos públicos y las ayudas provenientes de los impuestos americanos fueron clave para sus empresas, sin las limitaciones comunes a la mayoría de innovadores. En 2022, compró Twitter por 44.000 millones de dólares, y en 2021 se convirtió en la primera persona en alcanzar los 300.000 millones de dólares de fortuna personal.
Porque no es oro todo lo que reluce en Musk, y Cunningham indaga en su vida y milagros aportando una bibliografía extensísima en la que se apoya su trabajo. Aunque el propio autor le concede a Musk que haya tenido una visión de negocio amplia y haya sabido orientar al futuro sus negocios (los trabajos de su equipo han hecho evolucionar el modelo de coche eléctrico, por ejemplo), no es menos cierto que estamos hablando de una persona narcisista, ávida de reconocimiento, celosa, inestable, vengativa y con unas ideas obtusas sobre el bien y el mal.
Cunningham demuestra en Elon Musk: retrato de un oligarca que la carrera de Musk se ha cimentado en sus privilegios de salida, y en el dinero de los demás. Ha quemado ingentes cantidades de dinero a espuertas, y pudiendo ser recordado como un filántropo que hizo avanzar a la Humanidad, pasará a la historia por ser un ser humano mediocre y egocéntrico.
El tipo de cómics que Cunningham escribe podría definirse como un cruce entre el ensayo gráfico, la divulgación científica y la crónica crítica. En la línea de otros autores como Joe Sacco o Igort, pone el cómic al servicio del conocimiento. Su estilo, didáctico y sencillo pero nunca cómodo, sólo tiene una pega: para tender puentes entre disciplinas y lectores diversos, sacrifica el amplio potencial simbólico que tiene el cómic en su narrativa. Pero eso no hace que su obra brille menos, sino simplemente que su valor documental se enfoque en lo que cuenta, y no en cómo.
Siempre algo incómodo y necesario, Cunningham nos interpela desde su nueva obra a reflexionar en la sociedad en la que vivimos.
Si la novela negra tiene en Richard Stark uno de sus mejores exponentes, no es menos cierto que sus adaptaciones a cómic han brillado con luz propia, y han capturado la esencia noir del personaje de Parker. Ha habido diversas versiones en la gran pantalla de las novelas (desde la protagonizada por Lee Marvin -para mí, la mejor encarnación del personaje, hasta la todavía por estrenar Play Dirty con Mark Wahlberg), pero sin duda el cómic ha podido jugar con su gramática para extraer una esencia plenamente noir para Parker. Fue el caso de los dos integrales previos, que vimos reeditados por Astiberri hace pocos años, y que mostraban a un (tristemente fallecido) Darwyn Cooke en todo su esplendor. El resultado era un tono noir, sombrío, deudor de la época en la que se ambientan las novelas, magistral.
Esperaba con expectación esta nueva aportación a las adaptaciones de Stark con esta nueva entrega, La presa, en la que el tándem francés de Doug Headline (guiones) y Kieran (dibujo y color) tomaban el relevo de Cooke. Tenían una tarea complicada, sin duda: la manera de entender el noir de Cooke era prácticamente canon y se extendía más allá de las obras propiamente de género que había dibujado. Pero hete aquí que tanto a nivel de guion, como de dibujo, estos dos autores se saldan con una excelente nota y entregan un trabajo que se distancia lo suficiente del de de su predecesor para poder evitar odiosas comparaciones.
Kieran utiliza un dibujo muy estilizado por sus diversas influencias -me recuerda en ocasiones al afilado lápiz de Sean Murphy (Batman: Caballero Blanco)-, que beben tanto del cómic americano, como del europeo, e incluso yo diría que del manga en alguna línea, pero sin que ninguna sea evidente. Aún más: el mejor aporte del ilustrador, en mi opinión, es el uso del color -azul/gris aplicado en bitono- y de las tramas (¡con forma de huellas dactilares, qué gran decisión de diseño!), que le dan al dibujo un inequívoco sabor vintage, como de ilustración de los años 50. Efectivamente, hay viñetas a toda página que prácticamente podrían estar sacadas de un Selecciones del Reader's Digest. Y, en lo que respecta a la trama, la adaptación de la historia original The Sour Lemon Score del novelista Stark en manos de Headline contiene todos los ingredientes para armar una trama noir de venganza, en la que el protagonista pasa de ser traicionado cuando van a repartir el botín de un robo, a convertirse en perseguidor de aquel que ha querido eliminarlo.
Concluyendo: podemos estar tranquilos porque la serie (que continúa publicándose) de adaptaciones de las novelas de Richard Stark continúa en muy buenas manos con el nuevo equipo. La presa es un comicazo que os recomiendo.
Patrick Horvath es un productor, director y guionista de cine que se ha especializado en el género de terror. En 2024 dio el salto como autor completo de cómic con esta serie, Bajo los árboles, donde nadie te ve, que mereció una nominación al Eisner a la mejor serie nueva. La historia nos lleva a un idílico pueblo, habitado por unos adorables animales antropomórficos, donde conocemos a Sam, una afable osa que trabaja en una droguería. Pero toda esa fachada a lo El viento en los sauces se derrumba tras las primeras páginas, cuando Sam nos cuenta que es una asesina en serie... Muy cuidadosa y cívica, pero implacable. Horvath apela aquí a la disonancia entre una estética infantil y bonita (simpáticos animalitos, colores vívidos) y la narración de hechos explícitos y terribles. Lo que se ha dado en llamar creepy-cute, fenómeno nada nuevo (¿os acordáis de los Happy Tree Friends?), pero pasado de rosca, como en Stray Dogs (el autor de la cual, Tony Fellecs, encontramos elogiando esta obra).
Leyendo el cómic, uno tiene la impresión de que parece una versión animalizada de Dexter, sólo que en esta serie de tv (y libros), el protagonista-asesino intentaba dar una validación moral a la elección de sus víctimas, al estilo del Morbius marvelita. Aquí no la hay: el único problema de Sam es que alguien se mete en su parque de juegos y eso puede perjudicarla. Ignoro si el autor pensaba que estaba haciendo algo sumamente original, puesto que no es el caso, y, por lo demás, el cómic se lee por su capacidad de intentar epatar al lector y de darle una historia con la casquería justa para estas historias, que devanea entre el thriller y el gore. Me vais a perdonar, pero yo no puedo entrar en estas historias amorales. No es porque triunfe el mal: hay muchas historias de terror donde no hay un final feliz y está bien. Es más ese regodearse en el caos y la amoralidad pura, simple, gratuita, lo que me produce rechazo. Siempre me recuerdan a una historia breve que estaba incluida en el primer Batman: Blanco y Negro, creo que era de Brian Bolland, en la que un tipo anónimo nos cuenta cómo tiene todo preparado para pegarle un tiro a Batman cuando éste se despiste y cómo luego seguirá con su vida como si tal cosa. Hay que reconocerle el talento, eso sí, a Horvath, para ser tan multidisciplinar, porque como ilustrador y narrador lo hace bien. A mí, no obstante, no me ha conseguido como lector.
La guerra de Bosnia fue una guerra que, como otras de la época -la primera del Golfo Pérsico,- era algo que, para los jóvenes del momento, sucedía muy lejos y de lo que hablaba el telediario, y poco más. Pero cada guerra es terrible, y, como cita el cómic, “todas las guerras se libran dos veces, la primera en el campo de batalla, la segunda en el recuerdo”. Y esto es lo que construyen Sento y Elena Uriel enDías sin escuela: rememorar una guerra “de baja intensidad” (para nosotros, en absoluto de verdad así) en los recuerdos de quienes eran entonces un niño de seis años y una niña de cuatro, que vivieron el infierno de la guerra en los Balcanes y fueron acogidos por los autores, coprotagonista de la historia, en España. Tras la excelente Dr. Uriel, Sento vuelve a la temática bélica con esta historia en la que el presente convive con los recuerdos de aquellos días en los que, inocentemente, los niños disfrutaban porque no había colegio. Es curioso cómo, a ojos de los niños, lo que ocurría podía ser muy diferente de lo que veían los adultos, y aquellos niños que ahora son adultos rememoran los pequeños detalles. Efectivamente, la clave del cómic está en el tamiz de la memoria sobre
los hechos, un factor de resiliencia que ayuda a superar hechos como los
de aquella guerra, que por lo demás, también tuvo matanzas étnicas y
barbarie para los civiles. Los autores separan las dos líneas temporales con el uso del color, y es delicioso volver a disfrutar de la línea clara de Sento (¡y aún más cuando rompe la figuración para expresar lo terrible de la guerra!). Muy buen cómic para la memoria este Días sin escuela.
La serie de Paul de Michel Rabagliati me enamoró desde que, hace muchos años, mi librero de confianza, Jaume de Gotham Comics, me prestóPaul va a trabajar este verano (Fulgencio Pimentel, 2006). Con los años, a pesar de no leerlos en el orden en el que aparecieron, he ido completando los huecos de esta saga con creciente deleite. Después de Paul en los scouts(2014) yPaul en el norte (2016), ahora Astiberri edita Paul en casa.
En esta nueva entrega encontramos a un Paul más cercano al presente -y consecuentemente al Rabagliati original-, ya en la cincuentena, ubicado inmediatamente en el momento de la promoción del album Paul en los scouts. Paul está divorciado, a su madre le diagnostican una enfermedad terminal... y en ésas está. Sin perder un ápice de la habilidad narrativa que le caracteriza (la exquisita planificación de página, el metafórico árbol que abre cada capítulo de la historia), Rabagliati hace un giro en esta obra que me hace pensar en Peter Bagge. Su dibujo, siempre con ese estilo deudor de los cartoon de los años 50, algo emparentado con el de Seth, parece que se ha afilado (¿desquiciado?) con el tiempo, o quizá para este álbum, y el tratamiento de uno mismo, aunque no es tan despiadado como en el caso las obras del autor de Odio, se hace tragicómico en las miserias y las pequeñas alegrías de la vida.
La soledad, el sentido de la vida, la certeza de la finitud, el anquilosamiento de nuestro cerebro según nos vamos haciendo viejos... son algunos de los temas que Rabagliati inevitablemente toca en esta entrega. Porque, en esta ocasión, o al menos ésta es mi impresión respecto a las entregas anteriores, aquí la introspección parece cobrar importancia frente al mero desfile de recuerdos que habían sido los cómics anteriores (al fin y al cabo, éste es el cómic más cercano al presente que ha publicado, es lógico que tenga un carácter más intimista).
En definitiva, si las anteriores historias de Paul consistían en una evocación, más o menos ficcionalizada, de un recuerdo, aquí, pienso, el tema del retrato psicológico toma mayor relevancia y pone sobre la mesa una serie de cuestiones existenciales, no exentas de humor (y cierta esperanza). Cabe decir que, además, la cercanía personal de los hechos que cuenta Rabagliati con mi propia experiencia hacen que valore todavía más este Paul en casa. Si me preguntáis, en este momento de la vida diría que éste es mi volumen preferido de todos lo que han aparecido hasta ahora.
Sigo recuperando cómics que durante el invierno no he podido leer. Le ha tocado el turno a Por si desaparezco, de Mirion Malle. Admito también que el tema hizo que dejase para más adelante su lectura. Porque, efectivamente: Mirion Malle escribe aquí un cómic duro, de desahogo. Clara es un alter ego para hablar de temas muy complicados, como la depresión, y todo lo que conlleva en una persona. La protagonista es una joven que tiene un trabajo editorial en el que se siente presionado, está escribiendo un poemario en el que está bloqueada... Y es que algo más va mal en Clara. Las amistades no la satisfacen, es más, terminan siendo una obligación a evitar, y es como sin dentro de la cabeza "tuviera una nube negra" que a veces le hace pensar que, después de todo, dejar de existir no estaría tan mal.
A medida que avance la historia sabremos un poco de dónde viene esa profunda desazón que le impide sentirse viva, pero creo que el origen, aún siendo importante, no lo es tanto como mostrar esa oscura sima en la que alguien con una depresión está. La depresión es una enfermedad que muchas veces se confunde con la apatía o la infelicidad transitoria, y las soluciones fáciles siempre están ahí: "sal a respirar al bosque", "queda con tus amigas", "ponte contenta, ¿por qué no estás contenta si lo tienes todo?", etc. Aquí, Mirion Malle, con un trazo sencillo, muy contemporáneo, pone sobre la mesa todos estos temas, de una manera muy verosímil. No hay soluciones fáciles, y de la misma manera, el cómic no tiene una resolución fácil tampoco -pese a que da visos de esperanza. Creo que toda persona que haya pasado por una depresión reconocerá enseguida el malestar de Clara: el ser incapaz de sentir nada, el querer estar con alguien y solo al mismo tiempo, y, en general, la completa incapacidad de tener pensamientos claros o poder enfocar la mente en algo constructivo. Por si desaparezco es un cómic duro, espero que exorcizante para la autora, pero necesario de compartir para normalizar este mal que tan extendido está en nuestra sociedad, si quiera para tener un poco más de empatía con quienes lo padecen.
Raina Telgemeier es quizá una de las autoras más conocidos y exitosas del cómic como literatura juvenil. Obras como ¡Sonríe!, Hermanas, Coraje o Drama no solo han demostrado que sabe muy bien contar historias conectando con sus experiencias biográficas, sino que ha sabido conectar con un público joven que ahora puede disfrutar de un gran expositor de novelas gráficas para jóvenes adultos que Raina ha contribuido a disponer para el público.
¿Y qué ocurre si una autora de éxito reconocido se alía con uno de los divulgadores y más talentosos artistas de cómic? Que juntos firman El club de los dibujantes, una deliciosa novela gráfica que, además, sirve para adentrarnos en las particularidades de este tan amado por nosotros noveno arte.
El club de los dibujanteses, como reconocen los propios autores en las páginas finales, una versión de la obra maestra de Scott McCloud Entender el cómic, pero especialmente pensado para lectores jóvenes. En esa obra, McCloud disecciona los elementos del lenguaje del cómic para que tanto lectores como autores podamos hacer uso de ellos y comprenderlos mejor. Porque lo mejor del cómic es que no es literatura, ni tampoco es simplemente ilustración. El cómic es la mejor prueba de que a veces el todo es más que la suma de sus partes. De la unión de estos dos medios (palabra e imagen) nace uno nuevo, con su propia gramática y sus propias convenciones. McCloud nos mostraba en su obra esos entresijos. Aquí, en El club de los dibujantes, insertados en una historia amable de un grupo de chicos y chicas entusiastas del cómic, se encuentran esos mismos entresijos, contados de una forma sencilla, y me atrevería a decir que subrepticia. Porque apenas te dan cuenta de que Telgemeier y McCloud te están dando un tutorial, una serie de consejos para crear tus propios cómics, y eso incluye planificación de páginas, tipos de planos, materiales, ¡incluso la manera de doblar las hojas de un folio para conseguir tu propio primer minicómic! Todo, sin perder la sensibilidad de Telgemeier por las historias conmovedoras y la inclusión.
¿Cómo se han distribuido el trabajo estos dos autores? Raina se encarga del dibujo de la mayor parte de la obra, en su estilo habitual, y Scott de los ejemplos de cómics que aparecen. En cuanto al guion, no se explicita quién ha hecho qué, así que me figuro que está hecho un poco al alimón. La mayor virtud del cómic, insisto, es que de una forma muy amena y casi sin darse uno cuenta, los rudimentos de cómo hacer un cómic son explicados.
La sección final "Entre bastidores" resulta también muy interesante: con algunas preguntas a los autores, glosario, lista de recursos, proceso de cómo se hizo el cómic... Páginas de apoyo para quien quiera consultar algunos detalles más técnicos.
Concluyendo: El club de los dibujantes me parece un cómic estupendo para dárselo si tenéis a alguien joven que sienta el mínimo interés por dibujar o crear cómics. Incluso yo mismo, que ya peino canas, no he podido dejar de sentirme entusiasmado cuando lo he leído, y me han dado ganas de volver a crear cómics como, snif snif, hacía hace años. Recomendadísimo.
Siguiendo mis lecturas "libres" de este verano, después de darme el gusto con los Spiderman 2099 reseñados anteriormente, me he puesto con los Marvel Gold de Lobezno. Recientemente compré el 2, pero para ponerme a tono preferí releer el primer volumen antes de empezar con el segundo, así que aquí van cuatro pensamientos al hilo de ese tomo.
Lobezno
es uno de los héroes salidos de la factoría Marvel que más predicamento
ha tenido en las últimas décadas. Su aparición en las páginas de Hulk
en los años 70 pasó algo desapercibida, pero su adhesión a la
Patrulla-X, en su relanzamiento con los guiones del mítico Chris
Claremont, hicieron de él uno de los mutantes más carismáticos de la
editorial. Era cuestión de tiempo que consiguiera una serie para él
solo, y lo hizo a finales de los años 80, cuando aparece Wolverine, la primera serie regular dedicada exclusivamente a las aventuras del superhéroe canadiense.
La
serie dio inicio con un equipo de autores de auténtico lujo: a los
guiones se encontraba Chris Claremont, un antiguo conocido del
personaje, y el autor que había llevado a los mutantes a ser el éxito
más sonado de la editorial. En la parte gráfico, unía sus esfuerzos a
Claremont el reputado John Buscema, el dibujante que marcó el estilo
visual de Conan durante décadas. A su lado, el
entintador Klaus Janson, artista que ha compartido los lápices con
autores como Frank Miller o John Romita Jr, y cuyas tintas siempre
tienen un carácter muy personal, que complementa al del dibujante.
Al buscar un nuevo enfoque que diferenciase las aventuras de Lobezno de las de su colección madre, La Patrulla-X, Claremont aprovechó la aparente muerte del grupo de mutantes para darle otro aire a su creación. Los inicios de Lobezno
como colección regular tienen una orientación más centrada en la
aventura y la intriga. Con un Logan sin el lastre de su grupo de
hombres-X, es libre de establecerse en la ficticia ciudad de Madripur,
un lugar que, en un rincón desconocido del sureste asiático, constituye
una suerte de megalópolis en la que las diferencias sociales son
extremas: conviven las chabolas más miserables con los rascacielos más
espléndidos. En este ambiente, Claremont teje una historia donde Logan
asume una nueva identidad -Parche- y le esto le permite escribir otro
tipo de historias, donde los hampones, los clanes de mafias y la
corrupción son los enemigos que han sustituido a los supervillanos
enfundados en leotardos. De esta forma transcurren los primeros números
de la colección, sin que tan siquiera veamos habitualmente al héroe en
su ya clásico uniforme de la Patrulla-X. La portada del tomo, que
reproduce la del número uno de la serie, ya nos pone sobre aviso. En
esta colección, Logan buscará su auténtica identidad, sin las ataduras
que suponía su supergrupo. Su historia es todavía aquí un misterio para
el lector: no sabemos qué edad tiene a ciencia cierta ni de dónde le
provienen sus extraordinarios poderes, que le hacen virtualmente
invulnerable. A lo largo de la colección, Lobezno deberá lidiar con su
lado animal, el que le hace reaccionar de forma violenta y salvaje como
el animal que le da nombre (en el original inglés, wolverine hace
referencia a un pequeño mamífero llamado carcayú), pero también tendrá
ocasión de demostrar su valía como aventurero -al más puro estilo
Indiana Jones- o investigador.
Lobezno: Noches de Madripures
el tomo que Panini editó en febrero de 2023 en su línea Marvel Gold y
que recopila los primeros 16 números de su serie regular, así como la
miniserie en diez números que se publicó por primera vez bajo el
epígrafe Marvel Comics Presents. Se trata de unas historias que han
envejecido muy bien porque, al fin y al cabo, fueron creadas buscando el
cómic de aventuras clásico. Su factura tanto en guion como en dibujo y
entintando son admirables, y nos dan una visión poco acostumbrada del
Lobezno guaperas y héroe de acción que el cine nos ha dejado en los
últimos años.
Lobezno empezó siendo una serie que tenía la intención de ver a un Logan
diferente del que habíamos visto hasta el momento. Se trataba de
alejarlo de las misiones con otros mutantes, aprovechando que el mundo
pensaba que los X-Men habían muerto (en la saga “La caída de los mutantes”)
y descubrir una faceta más personal del personaje. Situándolo en
Madripur (lo que siempre he considerado un nombre que mezclaba Madrid y
Singapur), veíamos a otro Logan: uno que se manejaba en los bajos
fondos, en asuntos turbios, que bebía y peleaba, y que ocultaba su
verdadera personalidad tras el nombre de Parche. Ni siquiera llegábamos a
ver a Lobezno en uniforme de la Patrulla-X hasta el número 14 de la
colección.
Entre
los números 11 al 16, Claremont se tomó un descanso y su sustituto, un
Peter David que aún no había alcanzado la gran fama de su etapa en Hulk, llegó para contar El caso de la piedra Gehenna (The Gehenna Stone Afair), una historia en seis partes que contaría, además, con los las portadas de Kevin Nowlan (Tomorrow Stories), lápices de John Buscema y la tinta de Bill Sienkiewicz (Voodoo Child, Elektra Assassin, Straytoasters, etc). Un equipazo de lujo sin duda.
En El caso de la piedra Gehenna,
David plantea una historia de género para Lobezno, con todas sus
características. Para ello, ya tiene a Logan situado en una ciudad en la
que la distinción entre riqueza y pobreza es alarmante, un Logan
familiarizado con los bajos fondos y habituado a echar un cable a la
policía cuando el asunto le interesa. Así que plantea la historia: un
amigo pide ayuda a Logan porque una tía suya amenaza con reclamar la
fortuna heredada por su hermana alegando que éste está fuera de sus
cabales. Resulta que éste posee parte de una joya que, unida en todos
sus dispersos fragmentos, puede devolver sus poderes al hombre-demonio
Ba’al. Así que Logan se verá inmerso, junto a sus amigos Archie Corrigan
o Jessica Drew (ex Spiderwoman),
en una historia que empieza como una novela negra y termina como una
épica aventura a lo Indiana Jones (con diversos homenajes explícitos) de
implicaciones míticas para el personaje. David se muestra ágil en los
guiones, con unos diálogos ingeniosos y cortantes y una acción in crescendo.
Buscema está, como siempre, arrollador, y Sienkiewicz no hace más que
aumentar la calidad del dibujo de Buscema, afilando los rasgos,
proporcionándoles aún más fuerza indómita. Se trata de una saga poco
recordada en general, algo extraña para lo que es un personaje que en
principio no tiene nada que ver con las temáticas a las que Peter David
le lleva, pero que se revela como una saga, lejos de ser puro relleno,
ingeniosa y hasta importante para el continuo del personaje.
Concluyendo:
estamos de suerte con la reedición de este material clásico tan
interesante y necesario para entender la evolución de uno de los
personajes más carismáticos del universo mutante hoy en día. Una etapa
que brilla con luz propia gracias al buen hacer de su elenco creativo y
un volumen para atesorar. Próximamente, reseña del tomo 2: Vuelta a lo básico.
En este segundo tomo de Spiderman 2099 nos encontramos, para empezar, con el primer crossover que las series de la línea 2099: La caída del martillo. Se trata de cinco números, distribuidos entre las colección de Spiderman 2099, Ravage 2099, X-Men 2099, Punisher 2099 y Doom 2099. En este crossover aparecen en la Nueva York del futuro unos individuos superpoderosos que dicen ser los dioses nórdicos: Thor, Baldur, Heimdall... Y que parece que son la respuesta a las oraciones de muchos de los ciudadanos de la Infraciudad, que ha desarrollado el culto de los thoritas... Sin embargo, la oculta relación que tienen con la corporación Alchemax hará que los "héroes" tengan que unirse para desvelar sus secretos.
Me puedo imaginar el poco interés que David debía de tener en tener que acoger en su serie este cruce que, bueno, es interesante para ver a los personajes interactuar entre ellos, pero, más allá de los tintes épicos de su título y trama (¡recuerdo los anuncios del crossover en la publicidad interna de otros cómics Marvel de aquella época!), tampoco aporta gran cosa. Al contrario: Peter David empieza a brillar de verdad tras el crossover, a partir más o menos del número 18 de la serie. Llevamos ya año y medio de colección y es aquí donde el guionista de la mejor etapa de Hulk va a poner toda la carne en el asador con sus brillantes diálogos, atrevidas composiciones verticales de página, flashbacks (en los siguientes números dedicará una parte importante de las páginas a una historia paralela del joven Miguel O'Hara) y giros de guion que desembocará en un clímax glorioso al final del número 25, que en USA era double-size.
Muy bien construido por Peter David, intentando -como ya comenté en la reseña del anterior volumen- ir totalmente en la dirección opuesta de las decisiones tomadas con Peter Parker, este Spiderman es otra cosa. No te hace pensar que estás ante un remedo futurista del Trepamuros clásico. La ciudad de Nueva York y el mundo de 2099 han sido muy pensados como ambientación -los artículos de fondo del tomo explican que los guionistas involucrados estuvieron en una especie de encierro de fin des semana para escribir la "biblia" de ese mundo-, y el tono cyberpunk, pesimista, ultratecnológico y con una pequeña reivindicación ecologista (como dejaba entrever con antelación Cels Piñol en los correos de la época -esto lo he visto en la lectura de las grapas Fórum de Muerte 2099) está muy conseguido; pero al mismo tiempo, sin ser la misma, la responsabilidad y problemática familiar de Miguel O'Hara es también un ángulo que Peter David sabrá explotar muy bien.
En lo gráfico, Rick Leonardi a los lápices y Al Williamson a las tintas siguen marcando el estilo gráfico del cómic de manera maravillosa, y haciendo que los eches de menos en los pocos números en que no aparece, sustituidos por el para mí pasable Ron Lim, o el ya muchísimo mejor Tom Grindberg.
En resumen: si este segundo tomo lo compré un poco por inercia y completismo, ya que ya había empezado la colección, al tercero voy de cabeza porque me da la impresión de que la serie va ganando enteros a medida que avanza, y aunque posiblemente terminara siendo cancelada a pesar del gran trabajo de sus autores (esto último no lo sé, pero puedo suponerlo, al fin y al cabo, la línea 2099 tuvo una vida relativamente corta; lo comprobaremos en ese tercer volumen), estoy seguro de que el viaje habrá valido la pena.