Porque ya no es que en este segundo volumen se salga con la suya, es que [spoiler] Samantha organiza una matanza de inocentes que escala de forma geométrica con cero consencuencias. Sólo el pequeño viso de que Lewis, el hijo de una de las víctimas de la protagonista, pueda consumar una venganza en un tercer volumen me da la mínima luz para seguir leyendo esto. [fin del spoiler]
Si ése es el quid de la cuestión (retratar el mal por el mal, y darle carta de naturaleza como si cualquier otra cosa se tratara), o si hay en el planteamiento de Hovarth algo de denuncia o crítica, o si lo que quiere es que como lector sienta una mezcla de indignación e impotencia por dar voz al mal y que siga leyendo para ver si, el algún momento, la protagonista recibirá su merecido, es algo que se me escapa. Lo siento, no puedo con este juego. Ni con el de las portadas alternativas que homenajean películas o carteles conocidos, todos con un ingrediente común: una violencia explícita y gratuita que nadie ha pedido y que me resulta repulsiva. Debo de estar haciéndome viejo.

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