Los que tenemos una cierta edad la conocemos muy bien. Yo creo que no hay persona del ámbito de la lengua catalana que tenga más de 30 años a la que no le hicieran leer Mecanoscrito en algún momento de la adolescencia. Somos muchos los que la leímos, y también los que vimos la adaptación que hizo Televisió de Catalunya en 1985. La novela tiene incluso una adaptación reciente (Segundo origen, Carles Porta) que se alejaba por momentos del material original y que pasó sin pena ni gloria por las salas de cine en 2015.
Pedrolo parte de una tropo clásico en la ficción científica, que se remonta de forma moderna a Wells, como es la invasión extraterrestre,. La Tierra es invadida y limpiada de humanos por una civilización que luego cambia de opinión y decide no colonizar el planeta (existencialismo contemporáneo: el creador ausente se convierte en el destructor ausente). Sólo los que en el momento de la fatal radiación estaban bajo el agua sobreviven al horrible destino de la humanidad. A partir de aquí la historia vira a otro tropo: el de la supervivencia posapocalíptica. La Tierra es un lienzo en blanco sobre el que recrear la civilización, de manos de los dos protagonistas, Alba y Dídac, los nuevos Adán y Eva del páramo desierto en que se ha convertido el planeta. Pedrolo insufla un espíritu humanista en los protagonistas (¿legado de Bradbury?), puesto que una de sus principales preocupaciones es reunir una biblioteca de saberes que poder conservar para poder utilizar en el futuro. Mecanoscrito es una novela riquísima en reflexiones. Incluso su final, en el que relaciona historia, religión y feminismo, se anticipa al modelo que eligió Margaret Atwood para el de El cuento de la criada, novela publicada una década después de la de Pedrolo.
Martín Pardo ha buscado una adaptación centrada en el poder de la imagen. Casi como si nos encontráramos delante de un storyboard cinematográfico, la adaptación busca narrar a través de lo visual, y el autor prescinde de cuadros para el narrador excepto para momentos muy puntuales que enlazan con el final y la explicación del elocuente título de la historia. Pardo se alinea con una línea clara muy realista: le interesan los grandes planos y que la historia respire, que exprese con los propios dibujos. Sabe situar al lector en el tiempo con sus transiciones, usando los colores, los detalles de las viñetas. A veces, incluso, parece jugar con los homenajes, como la splash-page de los protagonistas dirigiéndose hacia una Barcelona en ruinas, que remite al icónico plano de The Walking Dead con Atlanta de fondo.
Manuel de Pedrolo, a pesar de ser también un autor realista, con clara preferencia por el género negro, siguió cultivando la ciencia ficción. En su antología Trajecte final, por ejemplo, nos encontramos con un puñado de cuentos de género que anticipan muchas de las pesadillas contemporáneas relacionadas con la identidad corporal y la tecnología, con claves que se retomarían en productos actuales como Black Mirror. Su legado es extensísimo y creo que no se le ha hecho suficiente justicia a un autor que tuvo innumerables problemas con la censura franquista. Con todo, Mecanoscrito del segundo origen, ha permanecido, más de 50 años después, como su obra maestra y con esta adaptación podemos revisitarla de forma fresca y fiel.
[Texto originalmente escrito para Fórum]

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