03 abril 2026

'La barca de los cinco colores', de Yoko Kondo (Gallo Nero)

Me resulta muy intrigante encontrarme en La barca de los cinco colores con un manga gekiga (evidentemente, editado por Gallo Nero en español, la editorial que lleva la batuta de este género en castellano), pero de una autora contemporánea. Es decir: esta obra no es, como los Tsuge o Tatsumi, un gekiga de la época en la que este surge, sino que es una muestra de que el género sigue en buen estado de salud hoy en día. De Yoko Kondo ya leímos Una mujer y la guerra y en esa ocasión ya destacamos el lirismo y la delicadeza con la que la autora contribuía al relato original. Entonces la autora ya adaptaba un texto (dos relatos de Ango Sakaguchi); aquí hace lo propio con uno del tristemente fallecido Yasumi Tsuhara.

Ambientada en un Japón sumido en la guerra, la obra sigue a un grupo de artistas de feria —de los que hoy denominaríamos freaks, cuerpos considerados “anómalos”— que, lejos de ser tratados como simples símbolos de sufrimiento, se convierten en una familia profundamente humana. Recorren el país ofreciendo su espectáculo, pese a las estrecheces que pasan por culpa del conflicto bélico, pero las cosas cambiarán cuando se ven empujados a ir tras la pista de una criatura mítica (el kudan) que conoce el futuro y no puede mentir. 

La autora, Yoko Kondo (1957), transforma el relato original de Yasumi Tsuhara (1964-2022) en una delicada experiencia visual. Al mismo tiempo que su trazo, deudor del feísmo del género, lo supera y le da una apariencia más amable, la destreza de Kondo estriba, sobre todo, en el uso del espacio y de la composición sobre los propios diálogos. Como en Una mujer y la guerra, hay una tristeza suspendida en cada página, pero también una extraña serenidad, y ambas las consigue la autora con el dominio de los elocuentes silencios.  

Lo más interesante es cómo la obra desdibuja sus propios límites. En un gekiga no esperamos encontrar elementos fantásticos, y aquí la búsqueda de una criatura mágica (el kudan) por parte de la familia de freaks hace irrumpir un realismo mágico inesperado al lector, que se ve arrastrado a un terreno incierto donde lo posible y lo imposible conviven sin jerarquía. Pero ese elemento fantástico funciona, sobre todo, a nivel simbólico, como la barca del título, que deja de ser solo un escenario para convertirse en metáfora de un destino colectivo, de un Japón flotando entre versiones de sí mismo.  

El resultado es una historia que rehúye las respuestas fáciles. La propia autora se encontraba ante un gran reto a la hora de adaptar el texto de Tsuhara, el cual también manifestó sus dudas sobre cómo podría tener sentido un manga sobre su obra.  Si el gekiga es en el fondo un género que podría resumirse en "el ser humano, en busca de un sentido", La barca de los cinco colores podría ser su epítome. Porque, desde ese colectivo de freaks que se han reunido y formado una familia por encima de los lazos de sangre, pasando por las individualidades de esa familia -o del médico que les atiende y aconseja-, todos buscan su destino: el kudan es una forma de preguntarle a la pitia sobre ese destino, y los diferentes "mundos" que la criatura fantástica propone, las encrucijadas de la fortuna. Como ya hemos dicho, esa barca zozobrante, puede ser también un trasunto del país entero, imagen del mundo flotante (recuerden, el significado literal de "ukiyo-e"), perdido entre la tradición y la modernidad, traicionado por su clase gobernante.

Cuando uno se enfrenta a una obra de estas características ya sabe más o menos qué esperar o en qué mood nos va a disponer. En el caso de La barca de los cinco colores, considero que los autores introducen un factor nuevo -lo fantástico- que hace que el género respire un aire nuevo y revelador.  

31 marzo 2026

'Eva Medusa', de Ana Miralles y Antonio Segura (Astiberri)

Por azares de la vida, nunca había llegado a la lectura de Eva Medusa, de Ana Miralles y Antonio Segura, pero sus portadas siempre me llamaron poderosamente la atención por su vocación (completamente intencionada) de mesmerizantes. Ahora Astiberri nos lo pone fácil porque con el 30 aniversario de la obra, ha publicado un integral de toda la obra, con material extra: más de treinta páginas de esbozos, ideas, primeras versiones de las páginas, estudios de los personajes... y demás material que cualquier fan de la obra agradecerá mucho.

¿Y qué encuentra un lector del siglo XXI, con ojos nuevo para esta Medusa de finales del XX conectada temáticamente con el XIX? Una historia que amalgama brujería con erotismo, colonialismo... y muchas ansias de tentar/escandalizar.

El marco que establecen los autores -el trópico a principios de siglo XX- es un marco exótico ideal para establecer una historia que parece estar hecha a propósito para enfrentar al lector con todas sus tentaciones, hasta las más reprobables. Eva Medusa puede leerse como un catálogo de esas tentaciones oscuras:  estupro, transexualidad, homosexualidad*... El ambiente de ese Brasil finisecular, a medio camino entre una bacanal de Nueva Orleans y el misterio de las prácticas del candomblé, contribuye a ello dando a la historia una pátina onírica a esta historia hecha a mayor gloria del dibujo de Ana Miralles que, aún instaurada firmemente en la tradición de la línea clara, empieza a despuntar y pone toda la carne en el asador para una trama tan tórrida como el clima de la historia. El argumento en sí mismo es algo folletinesco: el espíritu de Eva Medusa, seductora -y destructora- de hombres, se encarna en doña Isabel, y luego, para desgracia de su padre, en María. Esa presencia cuasi-divina, será la perdición de cuantos hombres se crucen en su camino.

Ana Miralles está espectacular, no sólo por la sensualidad de su dibujo, que iría perfeccionando con los años, sino por el uso magistral del color, de los tonos fríos y calientes que contribuyen a complementar la narrativa. Y el poder recrearse en los lápices (que aportan las páginas nuevas de esta edición) no tiene precio.

Es una lástima, como comenta Miralles en el prólogo a esta nueva edición, que la serie tuviera un final truncado cuando Glénat Francia decidió cerrarla de forma imprevista. Antonio Segura se vio obligado a escribir un tercer álbum que sirviera como final a una historia que se había proyectado con más calma. En todo caso, un gran acierto por parte de Astiberri de recuperar esta obra, que es historia viva del cómic español.

* No quiero dar a entender que todo lo mencionado sean relaciones reprobables, evidentemente. Pero en la cabeza del lector de la época en que surgió seguramente las que hoy nos parecen normales sí que tuvieran cierto un aire de inmoral, oscuro o prohibido...

30 marzo 2026

Breves: 'Fortaleza Volante', de Miguel Vila (La Cúpula)

 

Es incomprensible que haya tardado tanto en leer Fortaleza Volante. Este cómic sorprende por su planteamiento inicial: la caída de un ovni en medio de una Italia alternativa abrazada al fascio en 1933. Una historia con pinta de ciencia ficción acaba siendo una reflexión sobre los totalitarismos, al represión y la resistencia individual. Una de las cosas que más podemos destacar de la obra es el dibujo de Miguel Vila (Padualand, Dulce de leche). Reconozco que es difícil de entrar en él (o al menos, a mí): feísta, incómodo, pero sobre todo interesante al no ligarse a la tradicional página y viñeta. Vila juega con la composición de página de forma parecida a la de Chris Ware o Seth, jugando con la ubicación de las viñetas, su tamaño o forma. De esta manera la composición de la página se integra en la narrativa. Hay que ser muy hábil para que esto funcione, y Vila lo consigue. De esta manera, ambos autores consiguen una obra que va bamboleándose temáticamente (¿fascismo, ufología, drama?) pero que de forma sorprendente funciona muy bien.

20 marzo 2026

'El séptimo hombre y otros cuentos', las adaptaciones de Haruki Murakami (Planeta)

Murakami, el eterno candidato al Nobel de Literatura. Un premio que le ha sido evasivo a pesar del gran éxito entre crítica y público que el japonés ha cosechado. Y es que algo tiene de evasivo el propio Murakami cuando, delante del papel en blanco, se hace difícil escribir sobre lo que significa leer a este autor. Voy a intentarlo.

En sus novelas, HarukiMurakami suele explorar personajes sujetos solitarios y desajustados que, empujados por el azar, atraviesan fisuras de la realidad hacia espacios simbólicos a caballo entre lo real y lo fantástico (he aquí la afinidad del autor con esa etiqueta del realismo mágico). Sus textos articulan desapariciones, desdoblamientos, viajes interiores y mundos paralelos como metáforas del inconsciente, el trauma o la búsqueda de identidad. Frente a sus novelas, creo que el principal valor de Murakami en sus cuentos es que subvierte todos los conceptos que podamos tener como preceptivos en un género complejo como es la narrativa breve. El séptimo hombre y otros cuentos, la adaptación de JC Deveney y PMGL sobre algunos relatos de Murakami, es un buen ejemplo de ello.

En Rana salva Tokyo, un sarariman gris y anónimo se ve involucrado, casi arrastrado por un oleaje fatídico, en una misión absurda: ayudar a una gigante rana parlante a salvar Tokio de un terremoto. En este relato ya podemos ver cómo ese realismo mágico del que hace gala Murakami se despliega con intensidad. En Nuevo ataque a la panadería, en un tono y estilo más caricaturesco, un hombre explica a su pareja que atracó una panadería y le pidieron escuchar un disco de Wagner (aquí salta otra de las características de Murakami: la casi omnipresencia de la música como personaje en sus historias. Por lo visto, antes de dedicarse de lleno a la escritura, el autor regentó una tienda de discos de jazz en Tokio. Esta melomanía se refleja muchas veces en sus historias). En Sherezade, el dibujante usa un registro más dinámico y expresionista para esta transposición de las Mil y Una Noches: un hombre vive recluido y recibe la visita periódica de una mujer que le cuenta historias íntimas y fragmentarias, y con la que acaba teniendo una relación de dependencia emotivo-sexual. Otra transposición: en Samsa enamorado, la criatura de la Metamorfosis de Kafka se convierte en humano y se enfrenta a otro tipo de desconcertantes realidades, principalmente emotivas y sexuales (de nuevo), un cuento más amable de lo que el autor japonés nos tiene desacostumbrados. Mi preferido, pero quizá el más extraño de todos: En cualquier lugar que parezca que esto puede hallarse, donde un detective aficionado se encarga de un caso en el que un hombre ha desaparecido entre dos pisos de un edificio. Murakami subvierte el género noir desproveyéndolo de lo que le es más genuino. ¿Genialidad o estupidez? En El séptimo hombre, relato que pone título a la antología, el narrador recuerda el trauma infantil provocado por un maremoto y la desaparición de su mejor amigo, episodio que marcó su vida con culpa y miedo. Años después, el relato se convierte en un intento de reconciliación con el pasado, donde la memoria y el terror natural funcionan como fuerzas persistentes e inexplicables. En Tailandia, una mujer va de vacaciones a Tailandia y allí reflexiona sobre su vida, sobre un aborto y sobre el peso en la conciencia que lleva tras ello. Y así podría pasar lista a todas las adaptaciones, pero sólo os he mencionado aquí algunas ellas para que tengáis el placer de descubrirlas cuando leáis el volumen.

Una de las bases de las historias de Murakami son los vacíos que contienen. ¿Por qué está encerrado el coprotagonista de Sherezade? ¿Es la rana del primer relato un elemento simbólico o real? ¿Qué ocurre tras el final abrupto de Sueño? ¿Cuál es el deseo que pide la chica del cumpleaños en el relato homónimo?

El dibujo de PMGL es aquí uno de los grandes protagonistas de la adaptación, ya que si bien los guiones de Deveney son extremadamente literales respecto a la materia prima de Murakami, aquí la originalidad la pone el artista, cuyo estilo oscila entre lo crudo y lo hiperbólico, un dibujo con garra, con tendencia a una expresividad caricaturesca, que quizá os recuerde a una mezcla entre Dean Ormston (Hellboy), Tony Sandoval (Epidemia de melancolía) o Jerry Frisen (Luchadores Five).

En resumen, tanto si has leído a Murakami como si no, vas a encontrar en El séptimo hombre una colección de relatos desconcertantes hechos con muy buena mano y muy fieles al espíritu del escritor japonés.

27 febrero 2026

'Mis rollos de cuarentona', de Aude Picault (Garbuix Books)

Todo lo que he leído de Aude Picault a lo largo de los años (Papá, Travesía, Diosa, Ideal estandarizado...) me ha gustado. Además, la autora y yo somos de la misma quinta, y es inevitable para mí sentir cierta conexión con ella. Me encanta su dibujo paródico, sencillo, deudor del manga cuando busca ser humorístico y expresivo en su faceta más chibi. Picault tiene (siempre digo lo mismo) una insultante facilidad para que sus personajes se expresen con apenas unas pocas líneas. En esta nueva obra que Garbuix Books nos trae de la autora francesa, Mis rollos de cuarentona (guiño a un título anterior: Mis rollos), explora de nuevo el territorio que había avanzado ya en Ideal estandarizado. En esta ocasión, el retrato es de ella misma, puesto que aparece como protagonista, junto a su compañero Mathieu y a su Zélie, y las historias que encontramos son pequeñas cápsulas, de una o dos páginas, que retratan un momento cotidiano de la vida familiar que todo adulto reconocerá, pero, sobre todo, toda mujer cercana a la edad de Aude. En esas páginas, el estrés del trabajo fuera de casa, las tareas domésticas, la crianza, la carga mental dibujan un terrible panorama femenino. Yo soy hombre, y me veo horriblemente reflejado en Mathieu, porque pese a que no deseo para mi compañera la terrible losa que es vivir jugando a los platos chinos constantemente, e intento llevar con ella los deberes domésticos, no sé si es machismo atávico o pura incompetencia lo que me hace sentirme mal por lo que Picault cuenta. Pero, y que conste, Aude lo ve desde una perspectiva no del todo pesimista. Cabe la luz, la esperanza, y cabe el reírse de sí misma pese a todos los "rollos de cuarentona". Porque la autora hace una crítica amable y tierna, en el fondo, de una situación que es, creo, la más común para las mujeres de su edad. Una mujer que reinvidica su propio espacio (y tiempo), que constantemente busca su identidad entre profesional, madre y compañera, y tiene la valentía, encima de sonsacarnos una sonrisa con ello. Niñas que no se peinan, maridos que roncan  o piden sexo a quien no tiene tiempo ni de pensar en ello, y, en definitiva, mujeres que son heroínas cotidianas. Todo ello, con el trazo delicioso de siempre de Aude Picault. Me encantan sus viñetas sueltas, abiertas, su expresividad con cuatro líneas, su parco pero tan bien aplicado color... En definitiva, siempre me encanta volver a leer a esta autora y en esta ocasión, con un tema que me toca tan de cerca -aunque me produzca cierta vergüenza- aún más. 

20 febrero 2026

'Lorquiana', de Salva Rubio y Maria Badia (Planeta)

Federico García Lorca: palabras mayores en la literatura española. Una de nuestras grandes figuras nacionales, poeta internacional que supo aunar la tradición de la lírica popular que tanto amaba con la rabiosa modernidad de la vanguardia. Pero Lorca no fue solamente el excelente autor de poemarios inmortales como Cante jondo o Poeta en Nueva York, sino que su universo particular se expande a otras ramas artísticas.

Como dramaturgo, Lorca exploró a fondo el teatro popular, y le apasionaban las obras de guiñol. Se cuenta que tenía una mente prodigiosa y que, en su época de la Residencia de Estudiantes, era capaz de recitar obras enteras interpretando a todos los personajes. Entre sus obras más destacadas, están Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Estas tres obras son las que Santi Rubio ha querido homenajear y amalgamar en Lorquiana, su nueva novela gráfica, junto a la joven ilustradora María Badía.

En Lorquiana, Rubio ha querido yuxtaponer estos tres dramas de Lorca y, por tanto los tres conflictos que estos plantean. En Bodas de sangre, la protagonista se encuentra en la encrucijada de un amor prohibido y trágico: a punto de casarse con un hombre al que no ama, y con un amante que le pide que se fugue con él. En la obra, Lorca busca captar toda la esencia de un pueblo que admiraba por su arrojo: el gitano.

En Yerma, el conflicto se traslada a la esfera íntima: Lorca explora de manera trágica la opresión del deseo y las normas sociales a través de la figura de la protagonista (en esta versión, Lorquiana, que ha hecho borrón y cuenta nueva desde lo ocurrido en Bodas), una mujer cuya identidad y destino parecen quedar reducidos a su incapacidad para concebir un hijo. Su anhelo estéril no es solo personal, sino también social y simbólico, pues la presión de la comunidad y las expectativas de su matrimonio la empujan hacia un encierro emocional que acaba destruyéndola. Esta tensión entre deseo íntimo y mandato colectivo enlaza profundamente con la temática general del teatro de Lorca, donde el choque entre la libertad interior y las fuerzas represoras —familia, tradición, moral, destino— marca el camino hacia lo inevitablemente trágico, como ocurrirá también en la tercera parte de este tríptico: La casa de Bernarda Alba.

Finalmente, la historia de Salva Rubio y realiza una tercera y última pirueta para convertir a una anciana Lorquiana en la matriarca por excelencia, Bernarda Alba, en La casa de Lorquiana. Aquí el conflicto es, efectivamente, el choque entre la realidad y el deseo, y, sobre todo, el mundo hipócrita del aparentar de las gentes del pueblo.

Una de las virtudes de esta novela gráfica es que al amalgamar esta trilogía dramática, uno puede ver con mucho más claridad y detalle cómo los temas de Lorca se desarrollan, se amplifican y se pulen en las tres obras, puesto que siempre están allí presentes.

Otra de las virtudes, esta la saco a relucir como profesor de literatura castellana en secundaria, es la absoluta fidelidad del guion sobre las palabras de Lorca. Rubio no ha adaptado las palabras. Lo sé porque conozco muy bien las obras (leo en clase La casa de Bernarda Alba desde hace quince años y me sé la obra prácticamente de memoria) y literalmente los personajes están recitando las palabras originales. Y eso para mí es un gran valor, porque al ser las palabras totalmente fieles al original, podemos disfrutar de la maravilla de las expresiones de Lorca, y además es un rasgo que cohesiona aún más este tríptico.

No puedo ser imparcial con el teatro de Lorca: vuela tan alto, conjuga tan bien la expresión de los conflictos personales con un uso tan rico del lenguaje, que siempre es un placer leerlo. Aquí la pericia de los autores ha sido notable, al ingeniar coherentemente una trabazón para las tres obras, tanto estética como literaria.

16 febrero 2026

'Violencia gratuita', de Patrick Hovarth (Astiberri)

Cuando se publicó el anterior trabajo de Patrick Hovarth (Bajo los árboles, donde nadie te ve, que reseñé aquí), ya comenté que no me había impresionado en absoluto su supuesta originalidad combinando el aspecto de una fábula infantil protagonizada por peluchitos con un contenido totalmente pasado de rosca y adulto. Y con la siguiente obra que Astiberri ha editado de este autor, Violencia gratuita, pasa tres cuartos de lo mismo, sólo que el autor quiere epatarnos ya desde la portada con una cabeza diseccionada, y es que el título de la novela gráfica da lo promete.

Violencia gratuita es una miniserie publicada originalmente por Oni-Lion Forge que nos lleva a un presente-futuro utópico donde los ricos son obligados a donar la mitad de su fortuna o a luchar en un combate a muerte: una especie de vuelta de tuerca del Perseguido de Stephen King, aderezado con pizcas de Los juegos del hambre, Battle Royale y Black Mirror y en lo formal una estética incómoda a lo Miguel Brieva. No deja de ser una curiosidad, un divertimento con una lectura social, un desahogo a través de una fantasía de izquierdas y a la vez una denuncia de los excesos de una sociedad turbocapitalista como la que vivimos.  

Lo digo porque, ¿qué podemos esperar de esta serie, que no sea lo ya dicho? Desde el primer momento sabemos qué va a ocurrir, y ni Hovarth es especialmente un buen narrador, ni tampoco destaca mucho en su dibujo. Su único aliciente parecen ser las escenas especialmente crudas, las gamberradas explícitas de piernas sajadas o cráneos reventados. Y, por encima de ello, y supongo que consciente y voluntariamente, los personajes amorales, en los que el autor se ceba: sólo son monigotes víctimas de sus propias bajas pasiones. Por eso empleaba "utópico" en el párrafo anterior, y no distópico, como podría parecer a priori: la sátira que propone no creo que sea crítica, sino sólo catártica, y maniquea si me apuráis, porque no hay por dónde empatizar con sus protagonistas. Es como si invitara al lector a sentarse, a disfrutar de la carnicería, y al final le pegara un codazo y le dijera "¿a que molaría, eh?".

En la entrevista final al autor, Russ Burlingame le dice "eres uno de los nombres más comentados del cómic". De verdad que no puedo entender todo el revuelo que está causando este autor; viene del sector audiovisual, y, aunque tiene madera para ser autor de cómic (no dibuja mal y narra con soltura), tiene dos obras que, a mi juicio, no tienen absolutamente nada de original, sólo esa aura de enfant terrible que parece flotar sobre lo que de momento ha hecho por su extrema crudeza (¿es porque lo ha hecho en pleno mainstream?). Por eso me cuesta creer que ganara un Harvey a obra del año y que fuera candidato al Eisner por el mejor dibujo con su anterior cómic. 

Evidentemente, si el lector ha llegado hasta aquí, entenderá que este cómic no era para mí y que leo, o voy a leer, lo que publique este hombre con pinzas.

10 febrero 2026

'Elmer', de Gerry Alanguilan (La Cúpula)

Haciendo un juego de palabras con su personaje principal y la trama, Elmer es una rara avis. Una muestra del cómic filipino, de un autor que desempeñó parte de su carrera en las grandes editoriales norteamericanas, pero también produjo trabajos más personales, como el cómic que tenemos delante. Alanguilan falleció en 2019, y en 2025, La Cúpula recuperó este cómic que se publicó originalmente en 2010.

Pero no es sólo una curiosidad este cómic por su procedencia. Su punto de partida es absurdamente original: ha ocurrido algo en el mundo de la obra por lo que los gallos y gallinas han alcanzado un raciocinio superior, similar al del ser humano. Primero titubeantes, y progresivamente más autoconscientes, esas aves alzan su voz para reivindicar su estatus. Los seres humanos tardan en reaccionar. Al principio no pueden verlos sino como meros animales de granjas: nada ha cambiado. Pero a medida que se prueba que son animales racionales, las relaciones entre hombres y gallos se va complicando. ¿Tenemos aún derecho a comérnoslos? ¿A esclavizarlos, a producirlos? ¿Qué son? ¿Puede haber amor entre ambas razas? Las preguntas de carácter moral y ético se disparan, pero la violencia sigue. Conocemos esta situación a través del protagonista, Jake Gallo, y, a su vez, éste va descubriendo la historia de su padre, Elmer, que vivió de primera mano los primeros días de odio contra sus congéneres, pero también encontró la amistad y el amor.

Elmer es una parábola durísima sobre la tolerancia y el racismo. Alanguilan utiliza un estilo realista, con unas tintas detalladas hasta el límite del grabado. No ahorra ningún tipo de detalle escabroso, porque estamos ante una historia muy dura, que nos enfrenta a lo peor del ser humano: la intolerancia, la incomprensión, la absoluta falta de empatía, las posiciones de superioridad moral fundamentadas en mitos. Elmer tiene la excusa de las gallinas haciéndose inteligentes (como aquel microrrelato de Cortázar, ¿lo recordáis? "Por escrito gallina una"), pero podría tratar de negros, de judíos, de gays, de cualquier colectivo marginado que haya sufrido el odio de una sociedad a la que no le gustan las diferencias. La alegoría es cristalina, pero precisamente porque la situación es absurda podemos reflexionar más profundamente sobre ella si la aplicamos interiormente a nuestra sociedad.

Alanguilan sabe jugar muy bien con el tono, y es que en Elmer cabe todo. Casi desde el humor inicial, con la viñeta del gallo en una oficina diciendo "¿Es porque soy un pollo, no?", cuando no tenemos apenas contexto, y eso nos hace reír porque es la típica situación humorística sobre una discriminación. Pero la cosa se complica aún más, y el autor sabe apelar al drama -hay sentimientos a flor de piel, y bien llevados, es más, ¿cómo se las ingenia para emocionarnos con una historia de amistad y amor... con gallos, gallinas y seres humanos?-, y hasta al terror, porque hay situaciones límites en los que la violencia que genera la intolerancia explota en la cara al lector.

En fin: toda una sorpresa este cómic. Aunque en el aspecto gráfico no me acaba de convencer el autor, la historia es tan potente, que sin duda la recomiendo. Una pena que hayamos perdido su talento. Esperamos que La Cúpula nos pueda descubrir el resto de su obra fuera del mainstream.

Puedes comprarlo aquí en la editorial o en Amazon

05 febrero 2026

'Night Force', de Marv Wolfman y Gene Colan (Panini)

Cuando apareció Night Force entre las novedades de Panini de diciembre (ver aquí), me llamó poderosamente la atención. Tanto su equipo creativo (Wolfman y Colan, viejos conocidos del cómic de terror), como su propuesta, y la edición de Panini eran una suculenta invitación a la lectura. No me pude resistir. ¿Y qué es este cómic? Night Force es una serie muy marciana. Hija del cómic de terror y misterio que en los 70 tenía tirada, su aparición en DC me da la sensación de que es como un cisne negro.

Marv Wolfman y Gene Colan venían de Tomb of Dracula en Marvel e iban a intentar hacer en Night Force un pastiche de influencias dispares: series de espías, acción, una sana dosis de satanic panic y ocultismo setentero.... Agitamos todo en la batidora, y he aquí Night Force, una serie que tiene como conductor a un misterioso hombre, el Barón Winters, que mediante su influencia y sus colaboradores, traza misteriosos planes (sí, y lo dejo así, porque todo es tan misterioso que uno no acaba de saber muy bien qué está ocurriendo. Este es también uno de los encantos de este cómic).

Marv Wolfman entrega un guion algo deslabazado: nunca acabamos de saber quién es el Barón Winters, ni qué poderes tiene, ni por qué no puede salir de su casa, o por qué su mansión tiene portales a otras épocas, o qué quiere de los "fichajes" que hace... ¿Es el bueno, es el malo? No lo sabemos, pero en cuanto al dibujo, ah, amigos, Gene Colan está en su salsa: demonios que surgen del fuego y las explosiones, figuras que corren atropelladas huyendo de no se sabe muy bien qué, mujeres que corretean alrededor de fuego desnudas (pero cumpliendo el Comics Code)...

Quizá el peor error de cálculo de Wolfman fue pensar que en una serie de estas características, unos arcos argumentales largos serían lo mejor para atraer al público. Desgraciadamente, esto no funciona así, y quizá la serie habría digerido mejor unas entregas autoconclusivas (o casi: dos, tres números encadenados). El primer arco, que ocupa ocho números, se centra en la figura de la nieta de Abraham Van Helsing, que resulta ser una extraña catalizadora de los poderes infraterrenales. A continuación viene la que, a mi juicio, es la mejor historia de la serie: La bestia, una entrega de cuatro números donde conocemos el caso de una extraña mansión habitada por unos personajes que no pueden salir de ella, y con un huésped alienígena. El tono irreal pero a la vez terrorífico de esta extraña propuesta a mí me pareció la más original y viva, y creo firmemente que Gaiman tuvo que inspirarse en ella en los números de Sandman donde Morfeo tiene que rescatar su ruby, la última prenda robada, de manos de John Dee, que causa una masacre en un bar de carretera (The Sandman #6, capítulo 24 horas - publicado en 1989, seis años que esta saga de Night Force. Por margen temporal sería posible). Cierra la colección (duraría 14 números, tras los que DC le daría carpetazo) otra marcianada en la que un misterioso grupo de aparecidos nazis estadounidenses usan el poder de las tinieblas para amenazar a los diferentes inquilinos de otra mansión.

Clásicos DC: Night Force de Marv Wolfman y Gene Colan - BRAINSTOMPING 

Así pues, hay que leer Night Force (del que Panini ha hecho una tirada limitada a 1.500 ejemplares numerados) como un cómic de una época (¿o de unos autores?) que se niega a ser olvidada. Da la impresión de que funciona por la cabezonería de un Wolfman empeñado en hacer lo que quiere hacer, sin prestar atención a si el público lo entenderá. Y eso, en términos de autor, está bien, no nos equivoquemos. El autor no debe crear para satisfacer al público, sino sus propias necesidades creativas. Eso conlleva un riesgo. Y Night Force sufrió de este riesgo. A día de hoy puede seguir siendo el pasto de un lector muy concreto: ¿te gustan las pelis de serie z de los setenta? ¿La imaginería del occult rock, los discos de Coven? ¿Los desnudos gratuitos de los sacrificios a Satán? ¿La mezcla de espías soviéticos con cultos innombrables? ¿Tramas demenciales animadas por el notable de un titán como seguía siendo entonces Gene Colan? Entonces quizá pertenezcas al nicho que disfrute de la lectura de Night Force. Tenemos que agradecer que Panini haya recuperado este cómic en un integral que nos permite leerlo completo y en su contexto. 

25 enero 2026

Retrorreseña: 'Alas de guerra sobre el Japón', de Seijo Takizawa (Planeta)

Mi hija anda leyendo la Serie Blanca y Roja de Dragon Ball (ya sabéis, la primera edición de Fórum) y en algunos de esos cuadernitos vi la publicidad de este tomo que publicó Planeta. Como quiera que en aquel momento no me interesó, rebuscando en internet (¡oh maravilla, Iber Libro!) lo encontré a un precio razonable, me hice con él tras treinta años de su edición.

En el prólogo del tomo, Juanjo Sarto habla de los cómics bélicos y comenta que en países como Alemania o Japón, este género no tuvo mucho predicamento, precisamente por los resultados de la IIGM. Esto es en cierta forma cierto en el caso del manga. Japón no ha tenido -creo- una tradición de cómic bélico en la línea de las sobadas Hazañas bélicas españolas, pero eso no quiere decir que los autores no hablaran de la guerra y de sus consecuencias. Y vaya si lo hicieron, al menos en lo que a la esfera social se refiere: todo el gekiga es un género hijo de la profunda crisis económica, pero también de identidad, que Japón atravesó tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Pero Alas de guerra sobre el Japón no es una cosa ni la otra. Se trata de una recopilación de tres historias cortas que su autor, Seijo Takizawa, publicó en la revista de aeromodelismo Model Graphix, de la misma manera que hizo Hayao Miyazaki con su primera versión de Porco Rosso. Y en él, el tema de la guerra, a pesar de ser un cómic de ambiente bélico, pasa muy a segundo plano. Sí, hay patrullas nocturnas, y vuelos de escolta, pero no hay bombardeos, no hay -prácticamente- enemigos, no hay kamikazes ni doctrina aérea japonesa, no hay consideraciones sobre la guerra, las víctimas, los civiles. Todo, o casi todo, se mantiene en el margen abstracto de la aviación: la fascinación por las máquinas aéreas, su capacidad, la sensación de libertad de los pilotos. Una de las historias, por ejemplo, transcurre una vez terminada la guerra, cuando Estados Unidos exige probar un modelo experimental en el que todavía estaba trabajando la aviación japonesa. En ella, el enemigo ni siquiera es visto como tal, sino que se puede entender que, aunque antaño adversarios, ambos bandos comparten la misma pasión por las máquinas voladoras. Otra historia tiene un desconcertante final que parece sacado de La dimensión desconocida, que me dejó perplejo, porque en el resto del manga el tono es realista e histórico.

Alas de guerra sobre el Japón pone, como veis, el énfasis en la representación de los modelos aeronáuticos por razones obvias. No podemos descartar incluso que fuera un trabajo por encargo. Takizawa no es siquiera un autor muy dotado para los personajes: en un estilo muy noventero, su afán de realismo se queda un paso atrás, en un estadio en el que parece una caricatura inconsciente (personajes como jibarizados, posturas inertes...). Por todo ello, quizá el manga pueda decepcionar al lector: no tiene la fuerza que uno espera, ni en lo visual, ni en lo argumental. En todo caso, para ver esos modelos en el aire, el volumen se deja leer. Me gustaría saber si hubo más material, si Takizawa entregó más historias a Model Graphix, o si realmente existe la representación de la IIGM dentro del género bélico en el manga.

04 enero 2026

Lobezno y Veneno: Garras y fauces, de Howard Mackie y Sam Kieth (Panini, 2025)

Esto es un hecho: a medida que voy haciéndome viejo revisito con más fruición los cómics de los 90 que me forjaron como lector de Marvel. En 2025 fui recuperando los títulos y las cabeceras cuyos autores más me fascinaron de aquella época, que quizá no fue la mejor de Marvel objetivamente, pero para mí forma parte de mi educación sentimental. Así que cuando vi en las novedades de Panini la reedición de Lobezno y Veneno: garras y fauces, de Howard Mackie y Sam Kieth no me lo pensé.

Lobezno y Veneno: garras y fauces es una miniserie que originalmente se publicó en el Marvel Comics Presents 117-122, entre los años 1992 y 1993, justo en mi época más fanática como lector de cómics Marvel en Fórum. Este volumen me sonaba de haberlo visto en aquel momento, pero nunca llegué a leerlo, a pesar de que sus dos protagonistas son dos de mis favoritos de la época. Junto a esto, lo que me llamaba más atención del cómic son sus autores: Howard Mackie, el guionista, es un peso pesado en la Marvel de la época: responsable de la reencarnación del Motorista Fantasma como Danny Ketch, mítico encargado de la sección "tenebrosa" de la editorial, y escritor de miniseries como Gambito o Pícara. Por otro lado tenemos al dibujante, Sam Kieth. ¿Qué decir de él? Una auténtica rara avis en el panorama mainstream del cómic americano, alejado de la anatomía delirante de Rob Liefeld, y más interesado en la distorsión de las formas, la composición excéntrica de las páginas, conectando -de alguna forma inverosímil- con el sí, arte rupestre. Uno de los padres fundadores de la imaginería del Sandman de Gaiman, Kieth sería sobre todo recordado al mudarse a Image para crear su propia serie, The Maxx, con Messner-Loebs.

Pues aquí tenemos a estos dos aclamados titanes de la época (con el añadido del correcto color dado por Mike Thomas) en la clásica historia de enfrentamiento que se vuelve team up, en la que el mutante canadiense, acosado en sus sueños por Pesadilla, tiene sus toma y daca con el simbionte negro. La recuperación de este cómic, que originalmente estaba pensado para compartir páginas con otras historias, y que por tanto tiene un formato más breve de lo habitual en sus capítulos, es sobre todo para el lucimiento de Kieth. Desde las portadas en las que juega con romper los elementos típicos como la cabecera, o las cajetillas de precio y el Comics Code, pasando por las planificaciones de la página -no encontraremos dos iguales- o sus personajes grotescos, con larguísimos cuellos y abultados abdómenes, Kieth se muestra como un orfebre barroco en sus páginas, yuxtaponiendo pinups con cuerpos hiperbólicos, estiramientos imposibles, y llenando de tensión cada viñeta de cada página. La historia en sí misma no tiene mucho tiempo para desarrollarse -y aún menos para no finalizar casi en un deus ex machina-, pero el formato era el que era y los autores crean con lo que tienen un espectáculo de testosterona y sangre que era justo lo que se esperaba de este encuentro. (No en vano Sam Kieth realizaría, más adelante, algunos cómics de Lobo).


Vais a perdonarme que termine esta reseña apelando a mi espíritu adolescente, tal como indicaba al principio de ella: en definitiva, si la vibra de los 90 es tu rollo, si te gusta la visión radical del mainstream que plantea Sam Kieth en cada obra que entrega, o si te llama la atención el choque de dos personajes emblemáticos como Lobezno y Veneno, yo no me lo pensaría más, este cómic es para ti. 

30 diciembre 2025

Los mejores cómics de 2025 de Iconotropía [REEDICIONES]

Este año retomo este top por la cantidad de notables reediciones que he leído. No se trata de material nuevo, sino de material que ha vuelto en nueva edición, en algunas ocasiones con material extra, para celebrar la obra original. Para mí, estas han sido las mejores lecturas de material reeditado. Y recordad que esta lista se limita a lo que buenamente, como mortal, he podido leer este año. 

Versus, de Luis Bustos (Astiberri). No me interesa en absoluto el boxeo, pero aquí Luis Bustos, uno de mis autores preferidos del cómic español (me ganó con su Endurance, epopeya helada por la que ambos compartimos devoción), realiza un soberbio ejercicio de estilo, adaptando además un texto de Jack London. La nueva edición es francamente demoledora. [Mi reseña completa aquí]

Astro City, de Kurt Busiek y Brent Anderson (Planeta) Metrobook Edition. Nuevamente una reedición de la obra maestra de Busiek (es la... ¿tercera o cuarta?). Pero esta, aunque no es tan bonita como la que sacó en su momento Norma en tapa dura y sobrecubiertas (que conservo también), sí parecer tener vocación de definitiva porque englobará toda la colección: desde los números clásicos de principios de siglo hasta su final, porque el problema de la de Norma fue que una vez finalizada su edición, la serie original continuó (en nuestro país, creo que editada en tomos por ECC). Si queréis una revisión del mundo de los superhéroes de la mano de uno de sus mayores conocedores, que reflexione sobre todas sus vertientes (la épica, la costumbrista, el sentido del mito, el juego con los estereotipos...), éste es vuestro cómic. [Mi reseña completa aquí]

Spiderman 2099, de Peter David y VVAA (Panini). Este año me he dedicado a recuperar mucho del material de Marvel 2099 en las cabeceras de Doom 2099, Ravage 2099, sobre todo a consecuencia de la reedición del Spiderman 2099 de Peter David. Una serie con sus claros y oscuros (tomo 1, bien; tomo 2, muy bien; tomo 3, bastante mal), fruto de una época. Me queda por recuperar X-Men 2099, Punisher 2099 y Ghost Rider 2099, a los que espero meter mano este 2026. [Mi reseña completa aquí - Tomo 1] [Tomo 2]

Dragon Ball (edición Legend), de Akira Toriyama (Planeta). Este año vino marcado en el apartado de reediciones de manga con la espectacular reedición de Dragon Ball/Bola de Drac en tres suntuosos cofres que compilan en unos 18 tomos todo el manga originalde Toriyama. Toda una elegía a la infancia de los que la vivimos en los 80/90. Hacía como 30 años que no releía Dragon Ball, y me permití el lujo de comprarme esta nueva edición (y la de grapas original se la he dejado a mis hijas para que la lean... Por la segunda relectura va ya mi hija pequeña). Y lo he disfrutado enormemente. Desde varios puntos de vista: el disfrute del trazo de los diferentes Toriyamas, la experiencia de sentirme de nuevo adolescente... En fin, una grata experiencia en una edición francamente fabulosaa. [Explico mi experiencia aquí]

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