14 septiembre 2026

'Los gatos del Louvre', de Taiyo Matsumoto (Planeta)

 

En lo más recóndito de las buhardillas del Louvre vive una colonia de gatos. Desde que se tiene memoria, cuando el museo era un castillo, los gatos han habitado el lugar y convivido con los humanos. Entre ellos está Copo de Nieve, un pequeño gatito que parece haber quedado hechizado por la magia pictórica del museo: ha dejado de crecer y puede internarse a placer dentro de los cuadros de la galería. Y junto a esta colonia secreta de felinos, conoceremos a Cecile, una de las guías del museo, a Patrick, uno de los guardias, y a Marcel, el misterioso bedel que ha trabajado desde siempre en el museo, que custodia un extraño secreto.

Planeta recupera este mes Los gatos del Louvre, que antaño publicara en su momento ECC. ¿Conocéis a este autor? Porque el arte de Taiyō Matsumoto es simplemente espectacular. Ciertamente, Matsumoto es el menos mangaka de los mangakas que conozco. Lo descubrí en El samurái que vendió su alma (2006-2010) y me hechizó. Más tarde localicé algunas de sus primeras obras publicadas en español, Tekkonkinkreet (2008) y Sunny (publicada con posteridad en 2015, un manga que se inspiraba en su experiencia de niño acogido en un orfanato), y, aunque no me llamaron la atención en lo temático, estilísticamente ya apuntaban las maneras experimentales del autor. El samurái que vendió su alma ya era un manga que no parecía un manga, y en Los gatos del Louvre, encontramos al Matsumoto más europeo, nunca mejor dicho.

En 1986, cuando tenía 18 años, Matsumoto realizó un viaje a Francia que le resultaría de gran importancia en su carrera. Treinta años después, veía la luz este manga, una obra producida en colaboración con Musée du Louvre Éditions. Matsumoto nunca ha olvidado su influencia europea y esa visita parisina. Se nota, sobre todo, en el detalle de cómo reproduce los cuadros del Louvre, en cómo pone toda su atención en la arquitectura del museo (el autor hace un minucioso esfuerzo por recrear los alrededores y el contenido del Louvre). Pero, además, entre sus influencias declaradas se encuentran artistas europeos como Miguelanxo Prado, Moebius o Enki Bilal. Y efectivamente, en Los gatos del Louvre, creo que se pueden adivinar las líneas de Picasso, ¡las figuras estilizadas del Greco!, o las composiciones de mangakas clásicos como Shotaro Ishinomori, especialmente cuando Matsumoto retrata la cuadrilla de gatos del Louvre, que tienen la virtud de verse antropomorfizados cuando no hay seres humanos a su alrededor. Esta última característica debería ponernos sobre aviso de la manera que tiene encarar el mangaka la obra: la realidad se diluye en la ficción (el arte), especialmente con el planteamiento dual que hace Matsumoto entre el Louvre de día (el espacio de Cécile y el resto de seres humanos) y el de noche (posesión de los gatos, pero también de las obras de arte que habitan el museo). Y eso nos lleva a lo que el autor quiere contarnos.

Con Los gatos del Louvre, Matsumoto ganó su segundo Eisner. Y no es de extrañar para una historia de impecable y personalísima factura gráfica cuyo concepto gira, sobre todo, en torno a la mortalidad. La banda de gatos parecen habitar el museo desde tiempos inmemoriales: ellos mismos trascienden el tiempo, han estado ahí siempre. Pero es que, además, el propio Louvre actúa como ese testimonio de la inmortalidad del ser humano a través del arte: como esos gatos, el arte es eterno. Y aún más cuando Matsumoto explora el recuerdo, la infancia y la mortalidad en el personaje de Arrieta, la hermana perdida de Marcel. Ese recordatorio de la mortalidad, como tema (“el” tema) del arte, impregna todo el libro, desde el cuadro inicial que vemos (El cortejo fúnebre del Amor, de Antoine Charon) y un reloj detenido, a las pistas que nos van dando los personajes, como Copo de Nieve, eternamente joven como Arrieta, por su capacidad de introducirse en los cuadros, o ese fascinante y reflexivo personaje secundario de la araña que dialoga frecuentemente con el joven gato protagonista. Sabemos que los japoneses son muy fans de los mangas sobre gatos. Pero éste es diferente. No debería pasar desapercibido: Matsumoto eleva la propuesta a algo que trasciende un género aparentemente kawaii.

[Texto escrito para la revista Fórum] 

09 septiembre 2026

'Cello Song', de Jason (Astiberri)

Siempre que se edita una nueva obra de Jason ardo en deseos de ver qué ha armado. Pocos autores de cómic consiguen combinar de una forma tan particular la melancolía con la ironía y una apariencia gráfica sencilla con una enorme intensidad emocional como John Arne Sæterøy, conocido artísticamente como Jason. Nacido en Noruega en 1965, este autor ha construido a lo largo de su trayectoria un universo propio, reconocible a primera vista tanto por su particular estilo de dibujo como por su peculiar forma de contar historias.  

Una de las principales señas de identidad de su obra es su apartado gráfico. Sus protagonistas son animales antropomórficos representados mediante trazos precisos y depurados, deudores de la línea clara franco-belga, aunque eliminando cualquier elemento ornamental innecesario. Los rostros apenas muestran emociones, las figuras mantienen una actitud rígida y el color, cuando aparece, suele emplearse con gran moderación. Todo ello crea una apariencia distante y contenida que, de manera paradójica, consigue potenciar el impacto sentimental de sus historias. Jason utiliza esta simplicidad visual como una herramienta narrativa: detrás de unas imágenes aparentemente frías se esconden personajes y situaciones cargados de sentimientos.

En cuanto a los temas, la obra de Jason recorre territorios muy diversos, aunque existen determinadas preocupaciones que aparecen una y otra vez. La pérdida amorosa, el aislamiento, la fugacidad del tiempo, la muerte, el sinsentido de la vida y la añoranza por aquello que ya quedó atrás forman parte habitual de sus relatos. Esto puede comprobarse en su última obra, Cello Song, una novela gráfica que aborda la vida del músico Nick Drake. 

Nick Drake fue sin duda un tipo extraño. Hoy seguramente habría sido diagnosticado con algún tipo de trastorno del espectro autista, porque no pueden explicarse algunos de sus comportamientos de otra forma. Músico excepcionalmente dotado, publicó en vida tres largos maravillosos antes de dejarse morir con 26 años. No ayudó su actitud ante el márqueting de su propia música (no quería entrevistas, no sabía cómo interactuar con el público, tenía muy claras sus ideas respecto a cómo quería grabar sus canciones). Todo ellos hizo que su éxito en vida fuera nulo. Como un John Kennedy Toole, salvando las distancias, Drake fue retirándose del mundo, un mundo que de todas maneras no parecía interesarle. Años después de su muerte vendría el reconocimiento y el estatus de músico de culto. Siempre demasiado tarde.

Todo esto (el descubrimiento del músico, su firma con una discográfica, la lucha constante entre su visión de autor y la necesidad de vender, su deriva mental, su amargo final) es lo que Jason cuenta en Cello Song, ajustándose bastante a lo que sabemos de la biografía del músico. Su estilo, que antes esbozábamos, es ideal para contar esta historia de aislamiento, con soluciones gráficas muy bien halladas por parte de Jason para mostrar esa desconexión entre Drake y el mundo. 

Confieso que no había escuchado con atención la música de Nick Drake hasta el momento. Me sonaba su nombre, pero me faltaba contexto. Este cómic me ha descubierto la música de este ser tan especial. He de decir que seguramente si no hubiera tenido cierto bagaje en la música folk, neofolk, Leonard Cohen, etc., su música no me hubiera impactado de la manera que lo ha hecho. Pero debo a Jason el haberme enamorado de Five Leaves Left y de Pink Moon, dos álbums descarnados, de instrumentación íntima, donde aparece el Nick Drake más auténtico. Muy buena lectura.

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