Los que me leáis habitualmente habréis comprobado que soy lector habitual de manga, pero aunque puedo decir que fue el tipo de cómic que me enganchó definitivamente a la lectura cuando Dragon Ball provocó el boom del manga a principios de los 90, con el tiempo he ido seleccionando cada vez más mis lecturas. Y es que a los 40 y muchos para que un manga me interese le pido algo, alguna cosita, extraordinaria: o un dibujo fuera de lo común, o un planteamiento original, o un tema poco visto. Acepto, sobre todo, las obras más seinen, porque suelen encajar más en mis patrones de señor mayor. Y es por eso que quise leer Los artesanos del barrio, de Akihito Sakaue, un manga que Panini empezó a publicar este pasado mayo, casi de tapadillo, con apenas información disponible sobre él (ahora que me he puesto a buscarla, he encontrado una nota de prensa, pero el lector apenas va a tener información en la librería -y pensemos que el mercado del manga en la librería especializada está sobresaturado y es ultracompetitivo: la información es vital para que se pueda vender una obra).
Los artesanos del barrio es un cómic de puro costumbrismo: en su primer tomo, se nos cuentan cinco historias de otros tantos oficios tradicionales (el último de ellos, ocupa más: tres capítulos) del período Edo, en el barrio tokiota de Kanda. Sin más ni menos nos vemos inmersos en la rutina diaria de toneleros, herreros, tintoreros, tapiceros y enlucidores (algo así como un enyesador): los problemas diarios a los que se enfrentan, el mimo con el que trabajan, la puesta en valor de lo artesano, casi como insultante contraste con la deriva asquerosa que estamos viviendo poniéndonos de rodillas ante la IA. Algunos oficios tienen más épica que otros (la maestra herrera, que experimenta la fundición sin núcleo para una katana), pero el resultado final se salda con historias en las que poco pasa. Eso es muy japonés, en el fondo, porque a lo que asistimos es al ejercicio de la paciencia, al peso de la personalidad del artesano sobre su trabajo, la explicación de oficios perdidos que demandaban tiempo y reflexión. En definitiva: los misterios de la artesanía.
Por cierto, ojo: no sé si es histórico o no, pero de esos cinco oficios, el representante que conocemos en cuatro casos es una mujer. Ese detalle me ha gustado y me hubiera gustado saber más sobre el tema de la representación de géneros y su realidad en la época. Y aquí viene mi pero a este manga: creo que el autor, centrado en destacar la importancia de esos procesos artesanos, olvida la pedagogía que muchas veces el manga aprovecha para hacer en obras como ésta. No hubiera estado de más que, al final de los capítulos, se nos diera un poco más de contexto sobre cada oficio, su tipo de trabajo, los materiales, las técnicas... Porque en el propio manga, eso tampoco aparece. Quiero decir, el cómic no es divulgativo en sí mismo. No está hecho con esa función. Lo podría ser y mi demanda va por ahí: algunos artículos de apoyo, o un texto al final del tomo hablando un poco desde la divulgación histórica a mí me hubiera gustado mucho. En cambio, el autor prefiere encuadrar la obra de otra manera. En Los artesanos del barrio, lo importante es el día a día, el trabajo que sale, las preocupaciones del maestro artesano. No es un manga para que aprendamos cosas históricas. En sí mismo es muy zen. Por eso me parece arriesgado, y mucho más aún su publicación en español. Pero es curioso, cuando menos, que este enfoque haya tenido su reconocimiento: el Premio Cultural Osamu Tezuka a mejor autor debutante, la nominación al famoso galardón Manga Taishô o el tercer puesto de la prestigiosa lista Kono manga ga sugoi! en la categoría de lectores masculinos, todo en 2024. No está nada mal. Le deseo todo lo mejor a este manga, porque no lo va a tener nada fácil en el mercado.
