David vive obsesionado por hacerse un nombre. Es lo que le prometió a su padre, y ese pensamiento es el que le motiva como personaje. De hecho tiene un nombre de lo más común (él mismo lo ve en la guía, hay decenas de personas que se llaman igual que él), y lo más importante en su vida es su obra. Tener un nombre representa tener una identidad, pero también que esa identidad sea reconocida por los demás. En el fondo, se trata de una cuestión de trascendencia que todo ser humano se plantea en algún momento de su vida.
El tío Harry/la Parca sabe qué será de la vida de David. Él mismo se la pronostica. Sabe que esa gloria en olor de multitud le será negada, pero tendrá una buena vida en todo lo demás. Como le dice Harry a David, “la vida no siempre sale tal y como la planeamos”. Pero David busca más, y es capaz de trocar el destino amable que le ofrece la muerte por otro destinado al arte. Este pacto fáustico dará un giro a su vida, que se ha acortado ostensiblemente para poder alcanzar su objetivo. Con todo, la irrupción de Meg en la vida de David será decisiva, porque con su ayuda se replanteará qué valor tiene su obra, a quién quiere llegar, por qué quiere ser recordado.
El protagonista se está preguntando por las certezas absolutas. En un momento importante de su vida en que todo se desmorona, necesita algo a lo que agarrarse: “Pero entonces, ¿todo es moda? ¿No hay ningún absoluto?”. Y no lo hay. No hay certezas absolutas, verdades eternas; sólo una: la muerte. Si David puede atisbar el increíble vacío existencial que hay tras la muerte por un segundo, el desolador vértigo de la no existencia, también puede replantearse qué “vida de la fama” quiere. Para Jorge Manrique, había tres vidas: una era la mortal, que vivimos con nuestro cuerpo físico. Otra, la inmortal, la vida eterna del alma que se unirá a Dios tras nuestra muerte. Para Manrique, ésta era la verdadera, pero, mientras tanto, quizá como consuelo, existía una tercera vida, esa “vida de la fama” que consistía en vivir en el recuerdo de los demás. Una vida finita, como la primera, pero significativamente más larga.
El pacto que hace David le sumerge en una espiral de frenética actividad. Ahora, todo ese mundo interior debe pasar al exterior a través de un filtro. Y ese filtro es el mercado. Si McCloud ponía en juego temas como arte y vida, trascendencia y muerte, también se apunta aquí otro: arte y mercado, y la dolorosa relación que tienen uno y otro, cuando las sublimes aspiraciones del artista se ven sometidas a leyes de oferta y demanda como paso previo a ese reconocimiento ansiado, leyes que nada tienen que ver con su propósito original.
Así pues, cada vez más desesperado por dejar un legado, David finalmente se dará cuenta de qué recuerdo quiere dejar. El arte otorga trascendencia al hombre de alguna forma; es una forma de superar a la muerte. Pero la vida, como dice el protagonista “siempre encuentra una manera de abrirse camino”. Vivimos no sólo en nosotros, sino también en los demás. Si la “vida de la fama” que proporciona el arte tiene una fecha de caducidad (aún recordamos al padre de Jorge Manrique por sus Coplas, pero… ¿alguien recuerda quién era el rey de Castilla en ese momento?) como la tiene el recuerdo que dejamos de nosotros en los demás, ¿cuál es más valiosa? La conclusión a la que llega McCloud y el cómic es conmovedora, el y final del cómic es sencillamente sublime.
El escultor es una lectura que me dejó tocado varios días después de finalizarla. Agitó algo dentro de mí y me entristeció, pero también me hizo pensar. En una primera lectura, la novela gráfica se hace algo larga, con escenas que demoran la acción más de lo deseable. Pero es sólo una primera impresión: en una segunda lectura, todo tiene sentido, y se perciben mejor los detalles que hacen de esta una obra redonda. En general, McCloud domina perfectamente la narrativa: sabe dotarla de velocidad cuando lo necesita o demorarse en un detalle que le otorga dramatismo. Fruto de su intenso trabajo de investigación teórica, McCloud ha llegado a una depuración técnica soberbia, asimilando elementos de la narración del cómic americano o del japonés en una mezcla única.
Labor titánica de su autor, El escultor podría considerarse la obra definitiva de Scott McCloud. La que, curiosamente, le recuerde a él como autor de cómic.
