Un mago de Terramar cuenta la historia de Ged, un joven con un talento innato para la magia que crece en una humilde aldea del archipiélago de Terramar. Tras descubrir su poder y aprender de su primer maestro, Ged decide ampliar sus horizontes partiendo al lugar donde se forman los grandes hechiceros de Terramar. Allí, su orgullo lo lleva a cometer un acto imprudente que desata una fuerza antigua y extraña. De esta manera, Ged emprende un viaje por mares y tierras lejanas, enfrentándose a peligros, aprendiendo el verdadero significado del equilibrio y la responsabilidad, y tratando de comprender la naturaleza del poder que ha liberado. Un mago de Terramar es una bildungsroman o novela de aprendizaje (como David Copperfield o El lazarillo de Tormes, para que me entendáis), pero disfrazada de novela de fantasía, donde hay mucho más de lo que el lector espera encontrar.
A diferencia de la fantasía tradicional centrada en la épica heroica y los conflictos externos, Le Guin introduce una narrativa más introspectiva, donde el verdadero viaje es interior a la vez que exterior. Introduciendo nociones de filosofía clásica y taoísmo, en Un mago de Terramar Le Guin vincula el poder mágico al lenguaje y al conocimiento verdadero de las cosas (una cuestión abordada en el seno de la filosofía desde Platón). Además, rompe con muchos estereotipos del género al presentar protagonistas diversos y un mundo que se aleja del modelo inspirado por la mitología eurocéntrica.
Esta adaptación de Fred Forham a la novela gráfica por fin hace justicia a uno de los grandes pilares de la literatura fantástica, tras una fallida adaptación por parte del Studio Ghibli en 2006 (pero sin Hayao Miyazaki, ojo, adaptación de la que la propia autora renegó) o el despropósito de su serialización para la pequeña pantalla en 2004, con tantos cambios que hacían prácticamente irreconocible el espíritu de la saga.
Fordham aborda su adaptación como un intento de ser espiritualmente muy fiel al texto de Le Guin, y lo hace no sólo siguiendo los acontecimientos de la novela, sino evocando en sus acuarelas la atmósfera introspectiva y el tono meditativo de la obra original. Observad las imágenes que acompañan este texto: cada viñeta de Fordham es una pequeña maravilla digna de ser enmarcada. Su estilo se acerca al estilo pictórico que tan bien dominaban autores como Scott Hampton (Batman: Gritos en la noche), Kent Williams (Dime, Oscuro) o Jon J. Muth (Un misterio religioso). Pero no ya por su mérito artístico, sino porque ha acertado plenamente en recrear el universo de Terramar: un universo de archipiélagos, con habitantes y geografías más cercanas a Oceanía que a una fantasía medieval europea, donde el inmenso mar azul es uno de los protagonistas del cómic. El dominio de Fordham en el color es aquí absoluto. El sentido que tiene la novela de aprendizaje de un viaje interior y exterior está plenamente conseguido con esas viñetas que se abren al horizonte infinito del mar, que dejan espacio a la reflexión y al silencio, elementos tan importantes en la novela original.
Fordham lo tenía complicado para trasladar a imágenes un texto en el que la palabra es -literalmente- tan importante como esta. Pero, en definitiva, podemos decir que estamos ante una monumental adaptación del texto de Ursula K. Le Guin. Teniendo la lectura fresca de la novela, puedo decir que Fordham ha capturado exactamente el espíritu de Un mago de Terramar .

No hay comentarios:
Publicar un comentario