En lo más recóndito de las buhardillas del Louvre vive una colonia de gatos. Desde que se tiene memoria, cuando el museo era un castillo, los gatos han habitado el lugar y convivido con los humanos. Entre ellos está Copo de Nieve, un pequeño gatito que parece haber quedado hechizado por la magia pictórica del museo: ha dejado de crecer y puede internarse a placer dentro de los cuadros de la galería. Y junto a esta colonia secreta de felinos, conoceremos a Cecile, una de las guías del museo, a Patrick, uno de los guardias, y a Marcel, el misterioso bedel que ha trabajado desde siempre en el museo, que custodia un extraño secreto.
Planeta recupera este mes Los gatos del Louvre, que antaño publicara en su momento ECC. ¿Conocéis a este autor? Porque el arte de Taiyō Matsumoto es simplemente espectacular. Ciertamente, Matsumoto es el menos mangaka de los mangakas que conozco. Lo descubrí en El samurái que vendió su alma (2006-2010) y me hechizó. Más tarde localicé algunas de sus primeras obras publicadas en español, Tekkonkinkreet (2008) y Sunny (publicada con posteridad en 2015, un manga que se inspiraba en su experiencia de niño acogido en un orfanato), y, aunque no me llamaron la atención en lo temático, estilísticamente ya apuntaban las maneras experimentales del autor. El samurái que vendió su alma ya era un manga que no parecía un manga, y en Los gatos del Louvre, encontramos al Matsumoto más europeo, nunca mejor dicho.
En 1986, cuando tenía 18 años, Matsumoto realizó un viaje a Francia que le resultaría de gran importancia en su carrera. Treinta años después, veía la luz este manga, una obra producida en colaboración con Musée du Louvre Éditions. Matsumoto nunca ha olvidado su influencia europea y esa visita parisina. Se nota, sobre todo, en el detalle de cómo reproduce los cuadros del Louvre, en cómo pone toda su atención en la arquitectura del museo (el autor hace un minucioso esfuerzo por recrear los alrededores y el contenido del Louvre). Pero, además, entre sus influencias declaradas se encuentran artistas europeos como Miguelanxo Prado, Moebius o Enki Bilal. Y efectivamente, en Los gatos del Louvre, creo que se pueden adivinar las líneas de Picasso, ¡las figuras estilizadas del Greco!, o las composiciones de mangakas clásicos como Shotaro Ishinomori, especialmente cuando Matsumoto retrata la cuadrilla de gatos del Louvre, que tienen la virtud de verse antropomorfizados cuando no hay seres humanos a su alrededor. Esta última característica debería ponernos sobre aviso de la manera que tiene encarar el mangaka la obra: la realidad se diluye en la ficción (el arte), especialmente con el planteamiento dual que hace Matsumoto entre el Louvre de día (el espacio de Cécile y el resto de seres humanos) y el de noche (posesión de los gatos, pero también de las obras de arte que habitan el museo). Y eso nos lleva a lo que el autor quiere contarnos.
Con Los gatos del Louvre, Matsumoto ganó su segundo Eisner. Y no es de extrañar para una historia de impecable y personalísima factura gráfica cuyo concepto gira, sobre todo, en torno a la mortalidad. La banda de gatos parecen habitar el museo desde tiempos inmemoriales: ellos mismos trascienden el tiempo, han estado ahí siempre. Pero es que, además, el propio Louvre actúa como ese testimonio de la inmortalidad del ser humano a través del arte: como esos gatos, el arte es eterno. Y aún más cuando Matsumoto explora el recuerdo, la infancia y la mortalidad en el personaje de Arrieta, la hermana perdida de Marcel. Ese recordatorio de la mortalidad, como tema (“el” tema) del arte, impregna todo el libro, desde el cuadro inicial que vemos (El cortejo fúnebre del Amor, de Antoine Charon) y un reloj detenido, a las pistas que nos van dando los personajes, como Copo de Nieve, eternamente joven como Arrieta, por su capacidad de introducirse en los cuadros, o ese fascinante y reflexivo personaje secundario de la araña que dialoga frecuentemente con el joven gato protagonista. Sabemos que los japoneses son muy fans de los mangas sobre gatos. Pero éste es diferente. No debería pasar desapercibido: Matsumoto eleva la propuesta a algo que trasciende un género aparentemente kawaii.
[Texto escrito para la revista Fórum]











