27 febrero 2026

'Mis rollos de cuarentona', de Aude Picault (Garbuix Books)

Todo lo que he leído de Aude Picault a lo largo de los años (Papá, Travesía, Diosa, Ideal estandarizado...) me ha gustado. Además, la autora y yo somos de la misma quinta, y es inevitable para mí sentir cierta conexión con ella. Me encanta su dibujo paródico, sencillo, deudor del manga cuando busca ser humorístico y expresivo en su faceta más chibi. Picault tiene (siempre digo lo mismo) una insultante facilidad para que sus personajes se expresen con apenas unas pocas líneas. En esta nueva obra que Garbuix Books nos trae de la autora francesa, Mis rollos de cuarentona (guiño a un título anterior: Mis rollos), explora de nuevo el territorio que había avanzado ya en Ideal estandarizado. En esta ocasión, el retrato es de ella misma, puesto que aparece como protagonista, junto a su compañero Mathieu y a su Zélie, y las historias que encontramos son pequeñas cápsulas, de una o dos páginas, que retratan un momento cotidiano de la vida familiar que todo adulto reconocerá, pero, sobre todo, toda mujer cercana a la edad de Aude. En esas páginas, el estrés del trabajo fuera de casa, las tareas domésticas, la crianza, la carga mental dibujan un terrible panorama femenino. Yo soy hombre, y me veo horriblemente reflejado en Mathieu, porque pese a que no deseo para mi compañera la terrible losa que es vivir jugando a los platos chinos constantemente, e intento llevar con ella los deberes domésticos, no sé si es machismo atávico o pura incompetencia lo que me hace sentirme mal por lo que Picault cuenta. Pero, y que conste, Aude lo ve desde una perspectiva no del todo pesimista. Cabe la luz, la esperanza, y cabe el reírse de sí misma pese a todos los "rollos de cuarentona". Porque la autora hace una crítica amable y tierna, en el fondo, de una situación que es, creo, la más común para las mujeres de su edad. Una mujer que reinvidica su propio espacio (y tiempo), que constantemente busca su identidad entre profesional, madre y compañera, y tiene la valentía, encima de sonsacarnos una sonrisa con ello. Niñas que no se peinan, maridos que roncan  o piden sexo a quien no tiene tiempo ni de pensar en ello, y, en definitiva, mujeres que son heroínas cotidianas. Todo ello, con el trazo delicioso de siempre de Aude Picault. Me encantan sus viñetas sueltas, abiertas, su expresividad con cuatro líneas, su parco pero tan bien aplicado color... En definitiva, siempre me encanta volver a leer a esta autora y en esta ocasión, con un tema que me toca tan de cerca -aunque me produzca cierta vergüenza- aún más. 

20 febrero 2026

'Lorquiana', de Salva Rubio y Maria Badia (Planeta)

Federico García Lorca: palabras mayores en la literatura española. Una de nuestras grandes figuras nacionales, poeta internacional que supo aunar la tradición de la lírica popular que tanto amaba con la rabiosa modernidad de la vanguardia. Pero Lorca no fue solamente el excelente autor de poemarios inmortales como Cante jondo o Poeta en Nueva York, sino que su universo particular se expande a otras ramas artísticas.

Como dramaturgo, Lorca exploró a fondo el teatro popular, y le apasionaban las obras de guiñol. Se cuenta que tenía una mente prodigiosa y que, en su época de la Residencia de Estudiantes, era capaz de recitar obras enteras interpretando a todos los personajes. Entre sus obras más destacadas, están Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Estas tres obras son las que Santi Rubio ha querido homenajear y amalgamar en Lorquiana, su nueva novela gráfica, junto a la joven ilustradora María Badía.

En Lorquiana, Rubio ha querido yuxtaponer estos tres dramas de Lorca y, por tanto los tres conflictos que estos plantean. En Bodas de sangre, la protagonista se encuentra en la encrucijada de un amor prohibido y trágico: a punto de casarse con un hombre al que no ama, y con un amante que le pide que se fugue con él. En la obra, Lorca busca captar toda la esencia de un pueblo que admiraba por su arrojo: el gitano.

En Yerma, el conflicto se traslada a la esfera íntima: Lorca explora de manera trágica la opresión del deseo y las normas sociales a través de la figura de la protagonista (en esta versión, Lorquiana, que ha hecho borrón y cuenta nueva desde lo ocurrido en Bodas), una mujer cuya identidad y destino parecen quedar reducidos a su incapacidad para concebir un hijo. Su anhelo estéril no es solo personal, sino también social y simbólico, pues la presión de la comunidad y las expectativas de su matrimonio la empujan hacia un encierro emocional que acaba destruyéndola. Esta tensión entre deseo íntimo y mandato colectivo enlaza profundamente con la temática general del teatro de Lorca, donde el choque entre la libertad interior y las fuerzas represoras —familia, tradición, moral, destino— marca el camino hacia lo inevitablemente trágico, como ocurrirá también en la tercera parte de este tríptico: La casa de Bernarda Alba.

Finalmente, la historia de Salva Rubio y realiza una tercera y última pirueta para convertir a una anciana Lorquiana en la matriarca por excelencia, Bernarda Alba, en La casa de Lorquiana. Aquí el conflicto es, efectivamente, el choque entre la realidad y el deseo, y, sobre todo, el mundo hipócrita del aparentar de las gentes del pueblo.

Una de las virtudes de esta novela gráfica es que al amalgamar esta trilogía dramática, uno puede ver con mucho más claridad y detalle cómo los temas de Lorca se desarrollan, se amplifican y se pulen en las tres obras, puesto que siempre están allí presentes.

Otra de las virtudes, esta la saco a relucir como profesor de literatura castellana en secundaria, es la absoluta fidelidad del guion sobre las palabras de Lorca. Rubio no ha adaptado las palabras. Lo sé porque conozco muy bien las obras (leo en clase La casa de Bernarda Alba desde hace quince años y me sé la obra prácticamente de memoria) y literalmente los personajes están recitando las palabras originales. Y eso para mí es un gran valor, porque al ser las palabras totalmente fieles al original, podemos disfrutar de la maravilla de las expresiones de Lorca, y además es un rasgo que cohesiona aún más este tríptico.

No puedo ser imparcial con el teatro de Lorca: vuela tan alto, conjuga tan bien la expresión de los conflictos personales con un uso tan rico del lenguaje, que siempre es un placer leerlo. Aquí la pericia de los autores ha sido notable, al ingeniar coherentemente una trabazón para las tres obras, tanto estética como literaria.

16 febrero 2026

'Violencia gratuita', de Patrick Hovarth (Astiberri)

Cuando se publicó el anterior trabajo de Patrick Hovarth (Bajo los árboles, donde nadie te ve, que reseñé aquí), ya comenté que no me había impresionado en absoluto su supuesta originalidad combinando el aspecto de una fábula infantil protagonizada por peluchitos con un contenido totalmente pasado de rosca y adulto. Y con la siguiente obra que Astiberri ha editado de este autor, Violencia gratuita, pasa tres cuartos de lo mismo, sólo que el autor quiere epatarnos ya desde la portada con una cabeza diseccionada, y es que el título de la novela gráfica da lo promete.

Violencia gratuita es una miniserie publicada originalmente por Oni-Lion Forge que nos lleva a un presente-futuro utópico donde los ricos son obligados a donar la mitad de su fortuna o a luchar en un combate a muerte: una especie de vuelta de tuerca del Perseguido de Stephen King, aderezado con pizcas de Los juegos del hambre, Battle Royale y Black Mirror y en lo formal una estética incómoda a lo Miguel Brieva. No deja de ser una curiosidad, un divertimento con una lectura social, un desahogo a través de una fantasía de izquierdas y a la vez una denuncia de los excesos de una sociedad turbocapitalista como la que vivimos.  

Lo digo porque, ¿qué podemos esperar de esta serie, que no sea lo ya dicho? Desde el primer momento sabemos qué va a ocurrir, y ni Hovarth es especialmente un buen narrador, ni tampoco destaca mucho en su dibujo. Su único aliciente parecen ser las escenas especialmente crudas, las gamberradas explícitas de piernas sajadas o cráneos reventados. Y, por encima de ello, y supongo que consciente y voluntariamente, los personajes amorales, en los que el autor se ceba: sólo son monigotes víctimas de sus propias bajas pasiones. Por eso empleaba "utópico" en el párrafo anterior, y no distópico, como podría parecer a priori: la sátira que propone no creo que sea crítica, sino sólo catártica, y maniquea si me apuráis, porque no hay por dónde empatizar con sus protagonistas. Es como si invitara al lector a sentarse, a disfrutar de la carnicería, y al final le pegara un codazo y le dijera "¿a que molaría, eh?".

En la entrevista final al autor, Russ Burlingame le dice "eres uno de los nombres más comentados del cómic". De verdad que no puedo entender todo el revuelo que está causando este autor; viene del sector audiovisual, y, aunque tiene madera para ser autor de cómic (no dibuja mal y narra con soltura), tiene dos obras que, a mi juicio, no tienen absolutamente nada de original, sólo esa aura de enfant terrible que parece flotar sobre lo que de momento ha hecho por su extrema crudeza (¿es porque lo ha hecho en pleno mainstream?). Por eso me cuesta creer que ganara un Harvey a obra del año y que fuera candidato al Eisner por el mejor dibujo con su anterior cómic. 

Evidentemente, si el lector ha llegado hasta aquí, entenderá que este cómic no era para mí y que leo, o voy a leer, lo que publique este hombre con pinzas.

10 febrero 2026

'Elmer', de Gerry Alanguilan (La Cúpula)

Haciendo un juego de palabras con su personaje principal y la trama, Elmer es una rara avis. Una muestra del cómic filipino, de un autor que desempeñó parte de su carrera en las grandes editoriales norteamericanas, pero también produjo trabajos más personales, como el cómic que tenemos delante. Alanguilan falleció en 2019, y en 2025, La Cúpula recuperó este cómic que se publicó originalmente en 2010.

Pero no es sólo una curiosidad este cómic por su procedencia. Su punto de partida es absurdamente original: ha ocurrido algo en el mundo de la obra por lo que los gallos y gallinas han alcanzado un raciocinio superior, similar al del ser humano. Primero titubeantes, y progresivamente más autoconscientes, esas aves alzan su voz para reivindicar su estatus. Los seres humanos tardan en reaccionar. Al principio no pueden verlos sino como meros animales de granjas: nada ha cambiado. Pero a medida que se prueba que son animales racionales, las relaciones entre hombres y gallos se va complicando. ¿Tenemos aún derecho a comérnoslos? ¿A esclavizarlos, a producirlos? ¿Qué son? ¿Puede haber amor entre ambas razas? Las preguntas de carácter moral y ético se disparan, pero la violencia sigue. Conocemos esta situación a través del protagonista, Jake Gallo, y, a su vez, éste va descubriendo la historia de su padre, Elmer, que vivió de primera mano los primeros días de odio contra sus congéneres, pero también encontró la amistad y el amor.

Elmer es una parábola durísima sobre la tolerancia y el racismo. Alanguilan utiliza un estilo realista, con unas tintas detalladas hasta el límite del grabado. No ahorra ningún tipo de detalle escabroso, porque estamos ante una historia muy dura, que nos enfrenta a lo peor del ser humano: la intolerancia, la incomprensión, la absoluta falta de empatía, las posiciones de superioridad moral fundamentadas en mitos. Elmer tiene la excusa de las gallinas haciéndose inteligentes (como aquel microrrelato de Cortázar, ¿lo recordáis? "Por escrito gallina una"), pero podría tratar de negros, de judíos, de gays, de cualquier colectivo marginado que haya sufrido el odio de una sociedad a la que no le gustan las diferencias. La alegoría es cristalina, pero precisamente porque la situación es absurda podemos reflexionar más profundamente sobre ella si la aplicamos interiormente a nuestra sociedad.

Alanguilan sabe jugar muy bien con el tono, y es que en Elmer cabe todo. Casi desde el humor inicial, con la viñeta del gallo en una oficina diciendo "¿Es porque soy un pollo, no?", cuando no tenemos apenas contexto, y eso nos hace reír porque es la típica situación humorística sobre una discriminación. Pero la cosa se complica aún más, y el autor sabe apelar al drama -hay sentimientos a flor de piel, y bien llevados, es más, ¿cómo se las ingenia para emocionarnos con una historia de amistad y amor... con gallos, gallinas y seres humanos?-, y hasta al terror, porque hay situaciones límites en los que la violencia que genera la intolerancia explota en la cara al lector.

En fin: toda una sorpresa este cómic. Aunque en el aspecto gráfico no me acaba de convencer el autor, la historia es tan potente, que sin duda la recomiendo. Una pena que hayamos perdido su talento. Esperamos que La Cúpula nos pueda descubrir el resto de su obra fuera del mainstream.

Puedes comprarlo aquí en la editorial o en Amazon

05 febrero 2026

'Night Force', de Marv Wolfman y Gene Colan (Panini)

Cuando apareció Night Force entre las novedades de Panini de diciembre (ver aquí), me llamó poderosamente la atención. Tanto su equipo creativo (Wolfman y Colan, viejos conocidos del cómic de terror), como su propuesta, y la edición de Panini eran una suculenta invitación a la lectura. No me pude resistir. ¿Y qué es este cómic? Night Force es una serie muy marciana. Hija del cómic de terror y misterio que en los 70 tenía tirada, su aparición en DC me da la sensación de que es como un cisne negro.

Marv Wolfman y Gene Colan venían de Tomb of Dracula en Marvel e iban a intentar hacer en Night Force un pastiche de influencias dispares: series de espías, acción, una sana dosis de satanic panic y ocultismo setentero.... Agitamos todo en la batidora, y he aquí Night Force, una serie que tiene como conductor a un misterioso hombre, el Barón Winters, que mediante su influencia y sus colaboradores, traza misteriosos planes (sí, y lo dejo así, porque todo es tan misterioso que uno no acaba de saber muy bien qué está ocurriendo. Este es también uno de los encantos de este cómic).

Marv Wolfman entrega un guion algo deslabazado: nunca acabamos de saber quién es el Barón Winters, ni qué poderes tiene, ni por qué no puede salir de su casa, o por qué su mansión tiene portales a otras épocas, o qué quiere de los "fichajes" que hace... ¿Es el bueno, es el malo? No lo sabemos, pero en cuanto al dibujo, ah, amigos, Gene Colan está en su salsa: demonios que surgen del fuego y las explosiones, figuras que corren atropelladas huyendo de no se sabe muy bien qué, mujeres que corretean alrededor de fuego desnudas (pero cumpliendo el Comics Code)...

Quizá el peor error de cálculo de Wolfman fue pensar que en una serie de estas características, unos arcos argumentales largos serían lo mejor para atraer al público. Desgraciadamente, esto no funciona así, y quizá la serie habría digerido mejor unas entregas autoconclusivas (o casi: dos, tres números encadenados). El primer arco, que ocupa ocho números, se centra en la figura de la nieta de Abraham Van Helsing, que resulta ser una extraña catalizadora de los poderes infraterrenales. A continuación viene la que, a mi juicio, es la mejor historia de la serie: La bestia, una entrega de cuatro números donde conocemos el caso de una extraña mansión habitada por unos personajes que no pueden salir de ella, y con un huésped alienígena. El tono irreal pero a la vez terrorífico de esta extraña propuesta a mí me pareció la más original y viva, y creo firmemente que Gaiman tuvo que inspirarse en ella en los números de Sandman donde Morfeo tiene que rescatar su ruby, la última prenda robada, de manos de John Dee, que causa una masacre en un bar de carretera (The Sandman #6, capítulo 24 horas - publicado en 1989, seis años que esta saga de Night Force. Por margen temporal sería posible). Cierra la colección (duraría 14 números, tras los que DC le daría carpetazo) otra marcianada en la que un misterioso grupo de aparecidos nazis estadounidenses usan el poder de las tinieblas para amenazar a los diferentes inquilinos de otra mansión.

Clásicos DC: Night Force de Marv Wolfman y Gene Colan - BRAINSTOMPING 

Así pues, hay que leer Night Force (del que Panini ha hecho una tirada limitada a 1.500 ejemplares numerados) como un cómic de una época (¿o de unos autores?) que se niega a ser olvidada. Da la impresión de que funciona por la cabezonería de un Wolfman empeñado en hacer lo que quiere hacer, sin prestar atención a si el público lo entenderá. Y eso, en términos de autor, está bien, no nos equivoquemos. El autor no debe crear para satisfacer al público, sino sus propias necesidades creativas. Eso conlleva un riesgo. Y Night Force sufrió de este riesgo. A día de hoy puede seguir siendo el pasto de un lector muy concreto: ¿te gustan las pelis de serie z de los setenta? ¿La imaginería del occult rock, los discos de Coven? ¿Los desnudos gratuitos de los sacrificios a Satán? ¿La mezcla de espías soviéticos con cultos innombrables? ¿Tramas demenciales animadas por el notable de un titán como seguía siendo entonces Gene Colan? Entonces quizá pertenezcas al nicho que disfrute de la lectura de Night Force. Tenemos que agradecer que Panini haya recuperado este cómic en un integral que nos permite leerlo completo y en su contexto. 

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