
Ciudad de cristal cuenta la historia de un escritor de novela negra que, por designios del destino, es confundido con un detective privado. El escritor decide meterse en ese personaje y acude a una cita, donde otro pálido poeta le cuenta una historia aterradora: cuando nació, su padre, una combinación de místico y lingüista demente lo aisló en una habitación durante años para que aprendiera la “lengua original de los hombres”. Pero el niño fue rescatado y el padre recluido, pero está a punto de salir de su cautiverio. El hijo, que teme por su vida, desea que el detective le proteja. A partir de este planteamiento, la obra se convierte en una reflexión sobre el lenguaje (y la literatura), la identidad y el azar, los tres temas por antonomasia de las obras de Paul Auster.
Lo más interesante de esta adaptación de una novela al cómic no es su fidelidad, que lo es y mucho, sino la capacidad de los dos autores por trasvasar al lenguaje del tebeo (esto es, imagen y texto) una obra puramente narrativa, llevando al límite el lenguaje icónico y simbólico del que hace gala el cómic, proponiendo travellings conceptuales, disociando en diferentes momentos el discurso visual del textual, realizando collages, alternando estilos, imitando grabados medievales... Todo lo cual adapta el tono de narrativa poliédrica del relato de Auster, y da como resultado una obra nueva, ni igual ni diferente, sino complementaria, como dice Spiegelman en el prólogo, “un extraño doble, un doppelganger del libro original”. Mazzuchelli, que ya había contribuido a la renovación del cómic de superhéroes en los 80 junto a Frank Miller en Daredevil: Born Again y Batman: Año uno, firma aquí uno de los mejores trabajos de su carrera.
Editada por primera vez en España por La Cúpula de forma serializada, Anagrama la ha reeditado en un tomo dentro de la colección Panorama de narrativas, junto con el resto de obras de Auster. El mejor ejemplo de que el cómic es un medio tan válido como la novela.
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