04 enero 2026

Lobezno y Veneno: Garras y fauces, de Howard Mackie y Sam Kieth (Panini, 2025)

Esto es un hecho: a medida que voy haciéndome viejo revisito con más fruición los cómics de los 90 que me forjaron como lector de Marvel. En 2025 fui recuperando los títulos y las cabeceras cuyos autores más me fascinaron de aquella época, que quizá no fue la mejor de Marvel objetivamente, pero para mí forma parte de mi educación sentimental. Así que cuando vi en las novedades de Panini la reedición de Lobezno y Veneno: garras y fauces, de Howard Mackie y Sam Kieth no me lo pensé.

Lobezno y Veneno: garras y fauces es una miniserie que originalmente se publicó en el Marvel Comics Presents 117-122, entre los años 1992 y 1993, justo en mi época más fanática como lector de cómics Marvel en Fórum. Este volumen me sonaba de haberlo visto en aquel momento, pero nunca llegué a leerlo, a pesar de que sus dos protagonistas son dos de mis favoritos de la época. Junto a esto, lo que me llamaba más atención del cómic son sus autores: Howard Mackie, el guionista, es un peso pesado en la Marvel de la época: responsable de la reencarnación del Motorista Fantasma como Danny Ketch, mítico encargado de la sección "tenebrosa" de la editorial, y escritor de miniseries como Gambito o Pícara. Por otro lado tenemos al dibujante, Sam Kieth. ¿Qué decir de él? Una auténtica rara avis en el panorama mainstream del cómic americano, alejado de la anatomía delirante de Rob Liefeld, y más interesado en la distorsión de las formas, la composición excéntrica de las páginas, conectando -de alguna forma inverosímil- con el sí, arte rupestre. Uno de los padres fundadores de la imaginería del Sandman de Gaiman, Kieth sería sobre todo recordado al mudarse a Image para crear su propia serie, The Maxx, con Messner-Loebs.

Pues aquí tenemos a estos dos aclamados titanes de la época (con el añadido del correcto color dado por Mike Thomas) en la clásica historia de enfrentamiento que se vuelve team up, en la que el mutante canadiense, acosado en sus sueños por Pesadilla, tiene sus toma y daca con el simbionte negro. La recuperación de este cómic, que originalmente estaba pensado para compartir páginas con otras historias, y que por tanto tiene un formato más breve de lo habitual en sus capítulos, es sobre todo para el lucimiento de Kieth. Desde las portadas en las que juega con romper los elementos típicos como la cabecera, o las cajetillas de precio y el Comics Code, pasando por las planificaciones de la página -no encontraremos dos iguales- o sus personajes grotescos, con larguísimos cuellos y abultados abdómenes, Kieth se muestra como un orfebre barroco en sus páginas, yuxtaponiendo pinups con cuerpos hiperbólicos, estiramientos imposibles, y llenando de tensión cada viñeta de cada página. La historia en sí misma no tiene mucho tiempo para desarrollarse -y aún menos para no finalizar casi en un deus ex machina-, pero el formato era el que era y los autores crean con lo que tienen un espectáculo de testosterona y sangre que era justo lo que se esperaba de este encuentro. (No en vano Sam Kieth realizaría, más adelante, algunos cómics de Lobo).


Vais a perdonarme que termine esta reseña apelando a mi espíritu adolescente, tal como indicaba al principio de ella: en definitiva, si la vibra de los 90 es tu rollo, si te gusta la visión radical del mainstream que plantea Sam Kieth en cada obra que entrega, o si te llama la atención el choque de dos personajes emblemáticos como Lobezno y Veneno, yo no me lo pensaría más, este cómic es para ti. 

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