Federico García Lorca:
palabras mayores en la literatura española. Una de nuestras grandes
figuras nacionales, poeta internacional que supo aunar la tradición
de la lírica popular que tanto amaba con la rabiosa modernidad de la
vanguardia. Pero Lorca no fue solamente el excelente autor de
poemarios inmortales como
Cante jondo o
Poeta en Nueva York, sino que
su universo particular se expande a otras ramas artísticas.
Como dramaturgo, Lorca
exploró a fondo el teatro popular, y le apasionaban las obras de
guiñol. Se cuenta que tenía una mente prodigiosa y que, en su época
de la Residencia de Estudiantes, era capaz de recitar obras enteras
interpretando a todos los personajes. Entre sus obras más
destacadas, están Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda
Alba. Estas tres obras son las que Santi Rubio ha querido
homenajear y amalgamar en Lorquiana, su nueva novela gráfica,
junto a la joven ilustradora María Badía.
En Lorquiana, Rubio ha querido
yuxtaponer estos tres dramas de Lorca y, por tanto los tres conflictos
que estos plantean. En Bodas de sangre, la protagonista se encuentra en la
encrucijada de un amor prohibido y trágico: a punto de casarse con un hombre al que no ama, y con un amante que le pide que se fugue con él. En la obra, Lorca busca
captar toda la esencia de un pueblo que admiraba por su arrojo: el
gitano.
En Yerma, el conflicto se traslada a la
esfera íntima: Lorca explora de manera trágica la opresión del
deseo y las normas sociales a través de la figura de la
protagonista (en esta versión, Lorquiana, que ha hecho borrón y
cuenta nueva desde lo ocurrido en Bodas), una mujer
cuya identidad y destino parecen quedar reducidos a su incapacidad
para concebir un hijo. Su anhelo estéril no es solo personal, sino
también social y simbólico, pues la presión de la comunidad y las
expectativas de su matrimonio la empujan hacia un encierro emocional
que acaba destruyéndola. Esta tensión entre deseo íntimo y mandato
colectivo enlaza profundamente con la temática general del teatro de
Lorca, donde el choque entre la libertad interior y las fuerzas
represoras —familia, tradición, moral, destino— marca el camino
hacia lo inevitablemente trágico, como ocurrirá también en la
tercera parte de este tríptico: La casa de Bernarda Alba.
Finalmente, la historia de Salva Rubio
y realiza una tercera y última pirueta para convertir a una anciana
Lorquiana en la matriarca por excelencia, Bernarda Alba, en La
casa de Lorquiana. Aquí el conflicto es, efectivamente, el
choque entre la realidad y el deseo, y, sobre todo, el mundo
hipócrita del aparentar de las gentes del pueblo.
Una de las virtudes de esta novela
gráfica es que al amalgamar esta trilogía dramática, uno puede ver
con mucho más claridad y detalle cómo los temas de Lorca se
desarrollan, se amplifican y se pulen en las tres obras, puesto que
siempre están allí presentes.
Otra de las virtudes, esta la saco a
relucir como profesor de literatura castellana en secundaria, es la
absoluta fidelidad del guion sobre las palabras de Lorca. Rubio no ha
adaptado las palabras. Lo sé porque conozco muy bien las obras (leo
en clase La casa de Bernarda Alba desde hace quince años y me
sé la obra prácticamente de memoria) y literalmente los personajes
están recitando las palabras originales. Y eso para mí es un gran
valor, porque al ser las palabras totalmente fieles al original,
podemos disfrutar de la maravilla de las expresiones de Lorca, y
además es un rasgo que cohesiona aún más este tríptico.
No puedo ser imparcial con el teatro de
Lorca: vuela tan alto, conjuga tan bien la expresión de los
conflictos personales con un uso tan rico del lenguaje, que siempre
es un placer leerlo. Aquí la pericia de los autores ha sido notable,
al ingeniar coherentemente una trabazón para las tres obras, tanto
estética como literaria.